Archivo para enero, 2018

POCILGA LITERARIA

Posted in Activismo desesperado, Crítica de las sociedades democráticas occidentales, Descarga gratuita de los libros (PDF) with tags , , , , , , , , , , , on enero 28, 2018 by Pedro García Olivo

Fragmentos en defensa de la no-escritura

1) Gracia de bufón
No espero nada de la literatura‭ ‬-a ella tampoco le cabe esperar mucho de mí.‭ ‬Me considero inmune a toda esa engañifa de‭ “‬la buena escritura‭”‬.‭ ‬La figura,‭ ‬clásica o moderna,‭ ‬del escritor de talento me parece odiosa‭ (‬y,‭ ‬a la vez,‭ ‬cómica,‭ ‬con un deje de patetismo que forma casi parte de su gracia de bufón‭)‬.‭ ‬Detesto el gran mundo corrompido de los autores de renombre casi tanto como el mundillo lastimero de los escritores en busca de prestigio.‭ ‬Me repele la idea de que pueda existir una crítica literaria que no mueva a risa y un mercado de la obra de arte que no atufe a pocilga.
Sin embargo,‭ ‬no escribo.

2) Bajarle Los Humos A La Literatura
No debo tener mucho que decir,‭ ‬ya que insisto una y otra vez en los mismos temas.‭ ‬Y acabo,‭ ‬al final,‭ ‬escribiendo lo mismo.‭ ‬La escritura desesperada se caracteriza por una absoluta pérdida de fe en sí misma.‭ ‬En este sentido,‭ ‬y por oposición a la escritura dominante‭ ‬-discurso satisfecho de sí,‭ ‬pagado de sí,‭ ‬inebriado de amor propio-,‭ ‬puede concebirse como‭ ‬no-escritura.‭
Ya no se presenta como llave de la verdad,‭ ‬ventana abierta a lo desconocido,‭ ‬a lo misterioso,‭ ‬instancia de revelación de la esencia de las cosas y de los hombres,‭ ‬exploradora,‭ ‬inquisitiva,‭ ‬indagante,‭ ‬luz que se arroja sobre alguna penumbra,‭ ‬sobre alguna oscuridad,‭ ‬mirada que escruta,‭ ‬que investiga,‭ ‬que descubre‭; ‬tampoco sitúa a su autor en un pedestal de talento,‭ ‬en una tarima del saber,‭ ‬en una cumbre de inteligencia o,‭ ‬al menos,‭ ‬de imaginación,‭ ‬administrador de la belleza,‭ ‬artífice del deleite de la lectura,‭ ‬encantador de serpientes,‭ ‬brujo,‭ ‬hechicero,‭ ‬mago,‭ ‬narciso pedantorro.‭
Desublimada,‭ ‬la escritura ya no espera nada de sí misma,‭ ‬y no tiene por qué hablar bien de su forjador.‭ ‬El escritor desesperado,‭ ‬consciente de su patetismo,‭ ‬de su flojera,‭ ‬hace lo que puede con los medios de que dispone,‭ ‬y no pretende grandes cosas.‭ ‬Nada tiene que enseñar a nadie,‭ ‬nada que hacer por nadie.‭ ‬Ni alumbra verdades,‭ ‬ni reparte placeres.‭ ‬Tampoco se ama a sí mismo a través del supuesto valor de lo que escribe.‭ ‬De hecho,‭ ‬la cuestión del valor le interesa aún menos que las expectativas penosas de los lectores.‭
Escribe por debilidad,‭ ‬por flaqueza,‭ ‬por no ser capaz de callar,‭ ‬acaso por alguna tara,‭ ‬alguna grave deficiencia de su carácter,‭ ‬por enfermedad,‭ ‬por propia miseria espiritual,‭ ‬por no tener nada mejor ni peor que hacer,‭ ‬por vicio,‭ ‬por estupidez,‭ ‬por cobardía.‭ ‬Y su escritura,‭ ‬que cuenta muy poco para él mismo,‭ ‬nada debe valer para el lector.
‭Como una piedra arrojada por una mano cualquiera, ahí están mis obras, perfectamente inútiles. Como un hombrecillo que trabaja para alimentar a su familia, y un día morirá y se acabará el hombrecillo, aunque no el trabajo ni la familia, aquí estoy yo, absolutamente irrelevante. Desesperado y feliz, sin nada que aportar a nadie, como un pastor arcaico en medio del monte contemplando sus ovejas; irrelevante e inútil, seguro de que no está en mi poder haceros daño, a salvo de influir sobre lectores aún más débiles que yo, incapaz de convenceros de nada; inservible, accidental como la circunstancia de haber nacido, vacío, ligero, hueco, hoja que arrastra el viento, con muy pocas mentiras a las que aferrarme, viviendo por instinto como los animales; hostil, odiador, enemigo.

3) Escribir Envilece,‭ ‬Degrada,‭ ‬Inmoraliza
Repelencia de escribir una novela,‭ ‬lo mismo que de obedecer.‭ ‬La escritura es obediencia.‭ ‬Qué bien entiendo ahora a Artaud,‭ ‬incapaz de escribir‭; ‬y a Bataille,‭ ‬incapaz de razonar.‭ ‬Qué bien me entiendo,‭ ‬incapaz de obedecer.‭
El gremio‭ ‬de‭ ‬los‭ ‬escritores tiende a sorprendernos con las más diversas fisonomías:‭ ‬rostros de amargura,‭ ‬de lucidez tópica,‭ ‬de cinismo facilón‭; ‬rostros de niños grandes,‭ ‬y de viejos prematuros‭; ‬rostros sesudos,‭ ‬rostros frívolos‭; ‬rostros de enigma prediseñado por la industria de la imagen,‭ ‬y también de fabricación propia,‭ ‬poco menos que‭ “‬casera‭”; ‬rostros de enloquecida cordura y otros de locura razonable,…‭
Pero nunca descubriréis,‭ ‬en ese círculo,‭ ‬una forma de mirar tan pura,‭ ‬limpia de interés y de ambición,‭ ‬unas facciones tan despejadas,‭ ‬grávidas de palpitante y desnuda quietud,‭ ‬que sugieran sencillamente‭ “‬libertad‭”‬.‭
En ningún momento produce un escritor la impresión de autonomía,‭ ‬de ese bastarse a sí mismo y ser capaz de prescindir de nosotros que delata al verdadero hombre libre.‭ ‬Acaso porque la escritura fue un engendro del mercado,‭ ‬bastarda de la tiranía‭; ‬o bien porque la auténtica libertad fructifica en el anonimato.‭ ‬Acaso porque todavía no conocemos lo que debe ser una escritura absorta en sí misma,‭ ‬pendiente sólo de sí misma.‭ ‬O,‭ ‬simplemente,‭ ‬tal vez porque el escribir envilece,‭ ‬degrada,‭ ‬inmoraliza.

4) Navíos Sin Destino
Hay otra cosa que me irrita de los escritores y,‭ ‬sobre todo,‭ ‬no soporto de mí mismo cuando escribo:‭ ‬el aire de suficiencia,‭ ‬la pose de sabiduría que acompaña a este ejercicio inútil del monólogo sobre el papel.‭ ‬Parece como si el hecho de que nadie pueda rebatirnos mientras escribimos engendre la ilusión de que nos hallamos realmente cerca de la Verdad,‭ ‬o de que nos distingue del común de las gentes cierta especie de talento,‭ ‬determinada agudeza de la mirada,‭ ‬alguna clase de brillo cuanto menos…‭
Esa ilusión despliega a su vez las velas de los‭ ‬navíos sin destino de la egolatría,‭ ‬la presunción,‭ ‬el narcisismo.‭ ¡‬Menudo tufo a vanagloria,‭ ‬el de cualquier escritor‭! ¡‬Cómo apesto‭!

5) Aunque Se Diga La Verdad,‭ ‬Esa Verdad Tiene Atadas Las Manos
Lo verosímil se mezcla en mi espíritu con lo inverosímil.‭ ‬Es mi pensamiento una tierra estremecida donde lo sostenible cohabita con lo insostenible.‭ ‬Capaz de ser frío,‭ ‬de pensar con gravedad,‭ ‬lo más serio que termino haciendo es desacreditarme a mí mismo y reírme de mis escasas y nada originales ideas.‭
Basilio,‭ quien fuera mi compañero en el pastoreo, ‬en cambio,‭ ‬se conserva de una pieza.‭ ‬Hombre antiguo,‭ ‬habla poco y como si en cada una de sus muy meditadas observaciones estuviera comprometiendo toda su dignidad como persona.‭ ‬No miente.‭ ‬No exagera.‭ ‬Hombre de palabra,‭ ‬su decir cuenta lo mismo que un documento ante notario:‭ ‬pesa todo lo que puede pesar un discurso ayuno de dobleces.‭ ‬Habla tal si,‭ ‬sobre el mármol,‭ ‬cincelara un epitafio.‭ ‬Su acento se asemeja al del aforismo,‭ ‬al de la sentencia.‭ ‬Y diría que sus frases se disponen como cielos de tormenta sobre un mar calmo de silencio.‭ ‬Despliega el mismo rigor ante cualquier asunto‭ ‬-ningún objeto de conversación que por un momento secuestra la atención de una persona le parece frívolo.‭ ‬Restituye así el verdadero sentido de la comunicación,‭ ‬su utilidad.‭ ‬E involucra todo su ser en la verdad de lo que dice.‭ ‬Compra y vende de palabra,‭ ‬y exige del otro la misma absoluta fiabilidad de que hace gala en sus tratos.‭ ‬Si una persona lo engañara,‭ ‬faltara a su palabra,‭ ‬hablara en broma sobre una cuestión para él decisiva o se contradijera a cada paso,‭ ‬Basilio la borraría por completo de su mundo,‭ ‬apenas sí recordándola como lo fastidioso de un mal sueño,‭ ‬un tropiezo irrelevante de la realidad.‭ ‬No entiende a los hombres que no están hechos de silencio y de renuncia.‭ ‬No comprende cómo se puede hablar sólo para llenar el hueco del tiempo.‭ ‬No sabe lo que es una conversación de circunstancias.‭ ‬Y no responde a todo el mundo:‭ ‬únicamente toma en consideración las interpelaciones de aquellos seres que le merecen respeto,‭ ‬que de alguna manera se han ganado el derecho a dialogar con él.‭ ‬Administra el lenguaje como si fuera un bien escaso y carísimo.‭ ‬No despilfarra expresiones.‭ ‬El peor defecto que sorprende en sus semejantes es que‭ “‬hablan demasiado‭”‬.‭ ‬Cuando se entabla con él una conversación,‭ ‬el ritmo no es el de la charla habitual:‭ ‬escucha atentísimo,‭ ‬como si le costara trabajo entender lo que se le dice‭; ‬inmóvil,‭ ‬casi hierático,‭ ‬medita después un rato ante su interlocutor‭; ‬finalmente,‭ ‬contesta,‭ ‬muy despacio,‭ ‬repitiendo dos veces su aseveración‭ ‬-diría que una para escucharse y otra para ser escuchado.‭ ‬Si supiera leer,‭ ‬odiaría la poesía,‭ ‬por lo que arrastra de afectación y empalago‭; ‬y detestaría la novela,‭ ‬por su sometimiento a la ficción.‭ ‬Si supiera leer,‭ ‬no leería.‭ ‬Se tiene la impresión de que para él la palabra es,‭ ‬muy concretamente,‭ ‬aquello que quizá siempre debió ser y hoy ya no está siendo:‭ ‬un instrumento,‭ ‬un medio,‭ ‬una herramienta de la necesidad…
‭Su concepción del lenguaje no deja así el menor resquicio ni para la demagogia, sobre la que se asienta el discurso político; ni para la seducción, en la que se basa la literatura. Se halla, por tanto, muy lejos de Artaud, que proponía “usar el lenguaje como forma de encantamiento”. La palabra, para él, como una romana, como un trillo, como la guadaña, sirve para lo que está hecha y nada más.
‭Quiero decir con esto que desliga el asunto del lenguaje del problema de la esperanza. El discurso político se fundamenta en la esperanza de que puede haber una “toma de consciencia”, una “conversión” del oyente -cierta eficacia sobre el receptor, que se vería impelido a obrar, impulsado a intervenir en la contienda social siguiendo una línea determinada. Proselitismo y acción corren de la mano en este caso. La palabra ha de convencer (“iluminar”) y empujar (“movilizar”). Sin la esperanza de ese efecto, el discurso político carece de sentido. Por añadidura, se deposita también la fe en la “verdad” del relato; se espera mucho de ese compendio de certidumbres que habría de rearmar la voluntad de progreso de la Humanidad. La crisis actual del relato de la Liberación, fundado según parece en una cadena de verdades irrebatibles, muestra el absurdo de esa doble esperanza. Operan fuerzas exteriores al lenguaje, independientes del discurso, capaces de aniquilar su supuesto potencial conscienciador y movilizador. Aunque se diga la verdad, esa verdad tiene atadas las manos; llegando al hombre, no le hace actuar. De ahí el fracaso de la demagogia, aún en su vertiente revolucionaria…
‭El discurso literario se apoya a su vez en una esperanza aún más vana: la de que exista una clave universal del disfrute y un criterio absoluto del valor. Y no merece la pena insistir en que eso que llamamos “arte”, engendro sospechoso de intelectuales, funciona y circula exclusivamente por canales de élite, diciendo poco o nada al público “no ilustrado”. Por otra parte, no contamos en modo alguno con la menor garantía de que la “buena literatura” (si la hay) sea la misma que se inscribe en la tradición culta, oficial, dominante. Cuestionada también la justificación del discurso de seducción, sólo le queda a la palabra la tarea humilde, deslucida, que le confiere Basilio: servir a los hombres en sus asuntos rutinarios. Y no cosquillearlos de placer o educarlos en no sé qué esplendentes verdades redentoras…
‭Desinflado, el lenguaje recupera su antiguo valor pragmático. Basilio habla para comprar, vender, cambiar, pedir o prestar auxilio. El resto de su vida se halla envuelto en el silencio. A mí me dirige la palabra como si me hiciera un favor. Y se rebaja a departir conmigo, patético charlatán sin cura, movido por un elemental sentido del socorro mutuo: hoy por hoy, ésa es la ayuda que recabo y que su humanidad no me niega. Si divaga ante mí, es por un problema mío de debilidad e inconsistencia.

6) Gran Odiador
Debo ser un charlatán,‭ ‬puesto que me encuentro tan a gusto entre las palabras.‭ ‬Un charlatán enfermizo,‭ ‬ya que,‭ ‬a la vez,‭ ‬las odio más que a nada en la tierra.‭ ‬Y nunca descarté la posibilidad de estar loco,‭ ‬pues hablo a solas,‭ ‬al vacío,‭ ‬ni siquiera a mí mismo.‭
Lo que menos soportaba de la Enseñanza no era el hecho de tener que tomar la palabra,‭ ‬sino la circunstancia de que esas palabras fueran inmediatamente oídas.‭ ‬Una de las cosas que más detesto de la literatura y su mundo es la existencia del lector.‭ ‬Me parecería perfecta si también ella hablara vacío.‭ ‬Nada tendría que objetar a una escritura que no se firmara,‭ ‬absolutamente anónima,‭ ‬y que permaneciera por completo a salvo de ser leída.‭ ‬Pero eso no es escribir.‭
Si no hay un hombre pedante,‭ ‬vanidoso,‭ ‬soberbio,‭ ‬que se mira sin descanso el ombligo,‭ ‬y otro encandilado,‭ ‬fascinable,‭ ‬disponible,‭ ‬que le profesa estúpida admiración‭ (‬todo admiración es estúpida‭)‬,‭ ‬y quiere también echarle un vistazo a ese ombligo ajeno,‭ ‬entonces no hay literatura,‭ ‬no hay escritura.‭
Por ello,‭ ‬lo mío,‭ ‬sin lector y con un autor que se desconoce,‭ ‬será siempre un‭ ‬no-escribir.‭ ¡‬Cuánto deberíamos aprender de esos escritores anónimos de libros que se han perdido‭! ‬Ellos son mis inspiradores.‭ ‬A ellos dedico esta no-escritura.
‭El pensamiento no es lo mío. No lo practico. Cojo y dejo las ideas como conversaciones de parada de autobús, y con tan poco respeto hacia su pretensión de verdad que a veces me hundo en la contradicción y en la incongruencia. Todas las teorías me seducen unos segundos, y después me cansan. Estoy harto, incluso, de este dar vueltas mío en torno al desesperar.
‭Mi odio al Estado no es una idea: es un sentimiento que me entró por lo ojos antes de que intentaran enseñarme a usar el cerebro. Mi odio a la burguesía es también un sentimiento, pero éste me entró por el sudor del cuerpo, mientras el sádico de mi primer patrón se echaba una siesta surestina delante mismo de nosotros, sus trabajadores adolescente, borrachos y extenuados. Mi odio a la cultura es biológico, una reacción del organismo al exceso de saberes que me han administrado hasta hacerme perder la inteligencia natural y el conocimiento espontáneo.
‭Y mi odio a la escritura puede tomarse como una manía de viejo chiflado que olfatea algo podrido allí donde otros aspiran no sé qué fragancia embriagadora. En otra parte hablé de “husmo”: hedor a carne en descomposición.
‭Fuera de esto (y dejando a un lado la repelencia que siento hacia el hombre; no ya odio, sino desprecio y asco), no hay en mí ninguna constancia, ninguna fijación de la reflexión, nada mental permanente. A menudo, me defino como un gran odiador, boca enemiga.

7) Tierras Casi Inhóspitas
Debo escribir por atavismo,‭ ‬ya que no creo en la literatura.‭ ‬Lo más importante de estos últimos años,‭ ‬en lo tocante a mi espíritu:‭ ‬ya no necesito preservar ante el espejo‭ (‬no sé si mío o de todo el mundo‭; ‬igual da si roto,‭ ‬empañado o deformante‭) ‬una imagen de mi vida digna y sin mácula.‭ ‬No me es preciso estar orgulloso de lo que hago.‭ ‬Ya no me empeño en mantener un buen concepto de mis obras.‭ ‬Desesperé.
Mi desesperación no provino de la experiencia de la derrota‭ ‬-nunca me sentí vencido.‭ ‬Nada tiene que ver con la amargura:‭ ¡‬soy tan feliz‭! ‬El modo mío de haber dejado de esperar se forjó en tierras casi inhóspitas,‭ ‬enemigas de lo abstracto y de lo ilusorio‭; ‬se fraguó con el descubrimiento conmocionante de extraños seres marginales y ante la turbadora lección de la muy inteligente vida animal.

8) Tan Sucia Poquita Cosa
Había decidido escribir una novela a propósito de un pastor antiguo.‭ ‬Acerca,‭ ‬también,‭ ‬de otros seres desconcertantes que merodean por las aldeas,‭ ‬diríase que escapados de la historia y de la racionalidad moderna.‭ ‬Pero la literatura es tan falsa,‭ ‬tan miope,‭ ‬tan lisa,‭ ‬tan sucia poquita cosa,‭ ‬que pronto desistí de empotrar a mi amigo en el tapial indecoroso de un relato de género…‭
Por otra parte,‭ ‬casi lo mismo que reprocho a la labor literaria afecta a su vez a los modos de nuestro raciocinio:‭ ‬no sé muy bien qué es lo que nuestra rotosa y mezquina Razón tiene que discernir en un hombre como ese cabrero,‭ ‬pero descubra lo que descubra,‭ ‬maquine en su contra lo que maquine,‭ ‬jamás le hará justicia ni tampoco el menor daño.‭ ‬Lo convertirá en un esquema casi abstracto,‭ ‬en un prototipo desangelado,‭ ‬en el blanco enorme de media docena de etiquetas desgastadas y devoradoras,‭ ‬arrojadas como dardos y perdidas por el camino,‭ ‬y nada más…‭
Intuyo,‭ ‬sin embargo,‭ ‬lo que mi vecino hace cada día con esa ínfima y polvorienta Razón:‭ ‬enlatarla en sus oxidados botes de conserva,‭ ‬con sumo cuidado,‭ ‬y dispersarla por la cambra para que se ocupen de ella la humedad y los roedores.

9) Tiempos Que Vivimos Sombríamente
Me había propuesto,‭ ‬alcanzado este punto,‭ ‬llevar a cabo una reflexión sobre el valor de la presente escritura en los tiempos que vivimos sombríamente.‭ ‬Pero mejor lo dejo para vosotros.‭ ‬La cuestión del valor permanece demasiado unida a la de la esperanza.‭ ‬No me interesa.‭ “‬Confieso que no tengo el concepto del valor de mis obras‭”‬,‭ ‬escribió Pessoa.‭ ‬Por mi parte,‭ “‬todo lo que he hecho a lo largo de mi vida ha sido perfectamente inútil‭; ‬no espero otra cosa de mi escritura‭”‬.‭ ‬Hay quienes escriben para la mayoría‭; ‬otros,‭ ‬para unos pocos‭; ‬algunos,‭ ‬para ellos mismos.‭ ‬Yo‭ ‬no escribo.‭ ‬Lo que sea esto,‭ ‬no vale ni para importunar al silencio.‭ ‬A mí no me sirve‭; ‬tampoco a vosotros.

10) Acto Sin Metáfora
La angustia de no saber qué escribir a continuación,‭ ‬como la de no prever qué ocurrirá el día de mañana,‭ ‬se disipa sola,‭ ‬sombra que borra la tormenta,‭ ‬diría que por un arrebato de este cerebro mío descentrado‭; ‬y nada en el párrafo que acabo de redactar resultaba‭ (‬al menos para mí‭) ‬previsible en la secuencia de textos que lo antecedía.‭
Por eso,‭ ‬en mi caso la escritura no evoca lo organizable de un periplo,‭ ‬una estancia en tierra extraña,‭ ‬esa administración de lo levemente inesperado en que se cifra el placer frío y desvaído del viajar.‭ ‬La concibo,‭ ‬mejor,‭ ‬como acto sin metáfora.‭ ‬En realidad,‭ ‬la escritura,‭ ‬para la que no hallo imagen,‭ ‬deviene muy nítidamente como alegoría‭ (‬única‭) ‬de mi vida.‭ ‬La‭ ‬escritura‭ ‬de‭ ‬mi‭ ‬existencia.‭

11) Decir Que Yo Era Uno De Los Medios De Que Disponía La Literatura Para Deshacerse,
Arma Con La Que Podría Suicidarse

A veces pienso que en este trabajo,‭ ‬como en la mayor parte de los anteriores,‭ ‬sólo abordo un tema,‭ ‬obsesión de fondo en relación con la cual todo es secundario,‭ ‬marco,‭ ‬aparejo,‭ ‬esqueleto:‭ ‬el tema del escribir,‭ ‬lo que sea mi escritura.‭ ‬Y puedo estar apuntando de alguna forma que ella sí que es superflua,‭ ‬accesoria,‭ ‬ella sí que pertenece al mundo de los recursos.‭
De más en mi existencia,‭ ‬prescindible como todo objeto,‭ ‬puedo representarme mi escritura como un útil para tristes fines,‭ ‬herramienta rota para la reparación de lo patético.‭ ‬De sobra,‭ ‬por un lado‭; ‬y,‭ ‬por otro,‭ ‬desdichadamente necesaria.‭ ‬No sé…‭ ‬En otro tiempo,‭ ‬me gustaba decir que yo era uno de los medios de que disponía la literatura para deshacerse,‭ ‬arma con la que podría suicidarse.‭ ‬Ahora digo que‭ ‬no escribo,‭ ‬como si yo fuera el suicidado y ella me hubiera deshecho…‭
¿Es mi vida un recurso literario‭? ‬Sé que,‭ ‬durante años,‭ ‬lo fue.‭ ‬Y me temo que,‭ ‬quizá a lo largo de ese mismo periodo de tiempo,‭ ‬la literatura fue para mí un recurso existencial.‭ ‬Ahora,‭ ‬no escribo.‭ ‬Esto no es escritura.‭ ¿‬Dónde está,‭ ‬en estas palabras,‭ ‬lo accesorio,‭ ‬y dónde lo esencial‭? ‬Un saco de palabras,‭ ‬siempre lo fui.‭ “‬Palabras,‭ ‬palabras,‭ ‬palabras que me ahogáis‭; ‬tengo sed de otra cosa‭”‬,‭ ‬escribió Bataille.‭ ‬Desde luego,‭ ‬no es mi caso.
Siempre me escondo detrás de las palabras,‭ ‬lo mismo cuando escribo que cuando pienso.‭ ‬Si no me escondiera,‭ ‬no sería lo que soy.‭ ‬No me sería.‭ ¿‬Cómo se puede escribir y decir al mismo tiempo la verdad‭? ¿‬Se puede‭? ‬No,‭ ‬creo que no.‭ ‬La verdad no está hecha de palabras.‭ ‬Las palabras dicen que yo soy Pedro García Olivo.‭ ‬Sin embargo,‭ ‬yo,‭ ‬que conozco mejor que nadie a ese Pedro,‭ ‬me desconozco profundamente a mí mismo.‭ ‬Saquito.‭

12) El Fantasma De La Identidad
Aparte de robar,‭ ‬dejarme la piel jornalera en los bancales,‭ ‬dar clases,‭ ‬publicar artículos,‭ ‬practicar el contrabando,‭ ‬presumir de‭ “‬solidario‭” ‬en Centroamérica,‭ ‬escribir cosas como éstas, llevar un hato de cabras, labrarme un bio-reducto para la libertad en el Alto y luego dejarlo por un dictado del corazón,‭ ‬ya no he hecho mucho más en la vida…‭
Habiendo ejercido de ladrón,‭ ‬asalariado,‭ ‬profesor,‭ ‬articulista,‭ ‬mafioso,‭ ‬cooperante,‭ ‬escritor, cabrero y campesino de subsistencia,‭ ‬no fui nada de eso.‭ ‬En parte,‭ ‬porque todo lo hacía mal‭ ‬y lo hacía sólo por hacerlo.‭ ‬Y en parte porque el fantasma de mi identidad no responde al nombre de un oficio o de una actividad.‭ D‬esesperado, del mismo modo que‭ ‬no escribo,‭ ‬no trabajo. Y, aunque “soy”, eso que soy no es decible. No soy un escritor, y esta es una no-escritura…

[A partir de “Desesperar”]

http://www.pedrogarciaolivo.wordpress.com

Buenos Aires, 28 de enero de 2018

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VAGAMUNDOS Y EXTRAMUROS

Posted in Activismo desesperado, Autor mendicante, Crítica de las sociedades democráticas occidentales, Sala virtual de lecturas incomodantes. Biblioteca digital with tags , , , , , , , , , , , , , on enero 25, 2018 by Pedro García Olivo

Viviendo quieta e hipócritamente en falsos refugios

“Libre, ilimitadamente libre cruza este hombre por nuestro paisaje español, empujando un corazón dolorido y, a la par, reidor. Incapaz de pacto, vive señero, ausente de todos los partidos políticos o doctrinales que facilitan el éxito y hasta la congrua sustentación. No cuenta con resonadores preparados que aumenten el volumen de su voz. Perpetuo vagabundo, abre paso, entre los grupos que el interés compaginó, a su espíritu agudo y noble, como un acero antiguo. Siempre dirá lo que siente y sentirá lo que dice -porque no vive al servicio y domesticidad de nada que no sea su vida misma, ni siquiera el arte o la ciencia o la justicia. Llámese esto, si se quiere, nihilismo; pero entoces es nihilismo la actitud sublime (…).
Poco puede esperar de la sociedad quien de este modo se resuelve a afirmar su libertad íntegra. La sociedad es un contratista de servicios y la organización del utilismo. Por eso el puro amor y la pura verdad son arrojados de la plaza de abastos social. Baroja no es nada y presumo que no será nunca nada. Todavía, después de haber publicado cerca de treinta volúmenes, suena en el público su nombre como el de un escritor extramuros”.

1)
¿Para qué hablar de los vagamundos cuando ya, prácticamente, no quedan? Al interior de una cultura configurada desde el principio de la sedentarización, con gentes anhelando la fijación domiciliaria, laboral, ideológica y hasta política, ¿por qué una cierta «familia intelectual» occidental mostró una inconfundible simpatía hacia las personas voluntariamente sin-arraigo, hacia los nómadas espirituales? ¿Qué atesoran o qué denuncian los apátridas, los destechados orgullosos de sí, los errantes empedernidos, los últimos nómades del planeta, los peregrinos de los oficios y los enemigos del empleo, los odiadores de la Casa…, para que gentes, más bien «instaladas», con vidas bastante más convencionales, como Rilke, Baudelaire, Gorki, Pushkin, Dostoievski, Gide, Deleuze o Gatlif, entre tantas otras, los eligieran, casi con enamoramiento, como objeto de sus creaciones? ¿Por qué la «vida irregular» seduce o fascina a tantas personas culturalmente ilustradas y con una existencia casi perfectamente sistematizada?

A su manera, Pío Baroja era un vagamundo existencial que se ganó la estima de Ortega y Gasset, hombre de orden y de arraigo. Una índole de la obra del escritor vasco llamó la atención del filósofo castellano: «En el transcurso de diez años escribe Baroja veinte tomos de vagabundaje». Cuando, en «Ideas sobre Baroja», ese pensador conservador intenta explicarse y explicarnos la particular atracción del novelista por la gente sin asiento y hasta sin hogar, de alguna manera nos da la clave para responder a la pregunta con que se inicia este escrito…

Vamos a andar un trecho de su mano, rescatando el modo que tenía de leer a Baroja, un escritor entonces marginal. El novelista obseva a los vagamundos, y el filósofo mira esa forma de observar. Este texto contempla a Ortega escribiendo sobre Baroja y a Baroja
pensando en los vagadores; pero, sobre todo, canta a estos últimos, gentes a un paso de la desaparición absoluta, caracteres demasiado bellos para sobrevivir en los tiempos de las muy feas, y consentidas, cadenas demofascistas.

2)
«Pio Baroja (…) ha hecho de su obra una especie de asilo nocturno donde únicamente se encuentran vagabundos. Entre las varias suertes y modos de hombres, Baroja se queda solo con los de condición inquieta y despegada, que no echan raíces ni en una tierra ni en un oficio, sino que van rodando de pueblo en pueblo y de menester en menester empujados por sus fugaces corazones.
¿No es extraña esta predilección? Extraña, ciertamente (…), porque es la España actual una sociedad donde el vagabundo apenas existe. Antes al contrario, suele tener aquí la vida una estabilidad plúmbea (…). Cada cual entra en el carril de su oficio, atrozmente rígido y preestablecido, y suele, hasta la muerte, seguir en él, sin ensayar usos nuevos, sin protesta ni brinco. Y, no obstante (…), Baroja (…) no es eso lo que ve, sino todo lo contario. Ve craituras errabundas e indóciles, decididas a no disolver sus instintos en las formas convencionales de vida que la sociedad ofrece e impone. Temperamentos tales tienen que fracasar en una época como la nuestra, tiranizada por pincipios de hipocresía (…). Pero estas vidas, que son prácticamente fracasos y derrumbamientos, son moral y existencialmente victorias y gestos de ascensión. Al menos para el gusto de Baroja y para el mío (…).
Mirada desde sus resultados, la vida vagabunda e inadaptada es una cantidad negativa. Pero mírese a ella misma, al movimiento interior del espíritu, indócil, inquieto, arisco, exigente, que no se deja modelar por las imposiciones del medio, que prefiere ser fiel a su individual destino, aunque esto le cueste renunciar al «triunfo en la sociedad». Al punto notamos la nobleza, la dignidad que hay en esa manera de enfrontarse con la vida. Y si, frente a materia, «espíritu» quiere decir esfuerzo, ímpetu, dinamicidad, nos parece haber mayor porción de él en la figura vagabunda que en la normal y adaptada. Más aún: bajo esta nueva perspectiva la adaptación toma los caracteres de una caída, de una inercia, de una vil sumisión a esclavitud. Esto es lo que estima Baroja sobre todas las cosas (…). Ha tenido que ir al margen de la sociedad actual, y precisamente en eso que suele considerarse como el escombro social -los golfos, los tahúres, los extravagantes, los vividores, los suicidas- creyó encontrar su asunto. Pues qué, ¿iba a hablarnos de los senadores, los comandantes, los gobernadores de provincias y los financieros?
En el transcurso de diez años escribe Baroja veinte tomos de vagabundaje».

3)
Ciorán habló de una muy perceptible «nostalgia dolorosa de la barbarie», que asolaría al «hombre civilizado» de nuestro tiempo. Asaetado por la consciencia intermitente de la esclerosis terminal a que conduce la cultura occidental, siente la atracción del polo inverso, de todo aquello que apuntaba en otra dirección, de los «bárbaros» en definitiva, con su apego rotundo a la vida, con su forma resuelta de afirmar y de negar, de creer y de descreer.
Si la civilización castiga a sus fautores y victimados encerrándolos en una atmósfera sepulcral, «saturada», en un ambiente de agotamiento de todo y fin de todo, la barbarie despierta en los zombies que somos un desordenado apetito de infierno que es también apetito de vida.

De forma paralela, los individuos «sistematizados», las personas sujetas a una pan-lógica institucional y mercantil, los hombres y mujeres reguladamente «sedentarios», llevan un tiempo padeciendo otra nostalgia, en parte complementaria: «nostalgia adolorida del errar». Porque fue demasiado lo que las gentes de Occidente sacrificamos históricamente en aras del principio de fijación (residencial, laboral, económica, intelectual…), de ese «saltar de sistema en sistema» (escolar, de transporte, de alimentación, de salud, de seguridad, etcétera), en que ciframos nuestra existencia.

A partir de Deleuze, podemos sugerir que sacrificamos, en primer lugar, la sinceridad vital; y que la hipocresía se avecinó para siempre en nuestras almas:

«A los que dicen que huir no es valeroso, él responde: el valor radica en aceptar el huir antes que vivir quieta e hipócritamente en falsos refugios. Es posible que yo huya; pero, a lo largo de toda mi huida, busco un arma».

Y son estos dos aspectos los que se dejan ver en la aproximación de Ortega a la obra de Baroja: nostalgia dolorosa del errar y reconocimiento soterrado de la mentira constituyente de la existencia sedentaria moderna…

4)
«¿Quién no se ha sorprendido alguna vez tomando el pulso a la vida y no hallándolo? ¿Quién no ha sentido en ocasiones vacío el orbe de justificación? En esas horas de balance vital, sopesamos las grandes cosas que pretenden llenar la vida y darle solidez racional, sentido, precio o sugestión -el arte, la ciencia, la religión, la moral, el placer-, y a lo mejor nos parece como si estuvieran huecas, como si solo poseyeran la máscara de sí mismas y se alzaran fraudulentas ante nosotros al modo de falaces promesas (…). Si en los momentos de infelicidad, cuando el mundo nos parece vacío y todo sin sugestiones, nos preguntan qué es lo que más ambicionamos, creo yo que contestaríamos: salir de nosotros mismos, huir de este espectáculo del «yo» agarrotado y paralítico (…).
La creencia dogmática y fanática en los tópicos dominantes será siempre dueña de la sociedad, y los temperamentos críticos, originales, innovadores, habrán de sufrir ahora y dentro de mil años una temporada de lazareto que a veces no acaba sino después de su muerte (…). Nada más natural, pues, que el efecto producido por Baroja en la mayoría de los lectores. Este efecto es de indignación. Porque Baroja no se contenta con discrepar en más o menos puntos del sistema de lugares comunes y opiniones convencionales, sino que hace de la protesta contra el modo de pensar y sentir convencionalmente nervio de su producción.
En esta ansia de sinceridad y lealtad consigo mismo no conozco nadie en España ni fuera de España comparable con Baroja (…). En cierta manera, pues, es justo que el hombre «social» se sienta, al leer los libros de Baroja, herido e irritado (…). Cuando Baroja ha dicho de algo que es una farsa o de alguien que es un farsante, pasa a la orden del día. Y casi todas las cosas le parecen farsas y casi todos los hombres le parecen farsantes (…). Un hombre que defiende exuberantemente unas opiniones que en el fondo le traen sin cuidado es un farsante; un hombre que tiene realmente esas opiniones, pero no las defiende y patentiza, es otro farsante.
Según esto, la «verdad» del hombre estriba en la correspondencia exacta entre el gesto y el espíritu, en la perfecta adecuación entre lo externo y lo íntimo (…).
Para quien lo más despreciable del mundo es la farsa tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad. Baroja resumiría el destino vital del hombre en este imperativo: ¡Sed sinceros! Ese movimiento en que se hace patente lo íntimo es la verdadera vida, latido del cosmos, médula del universo.
No hay valores absolutos ni absolutas realidades. Todo puede ser absolutamente real si es sinceramente sentido. Ser y ser sincero valgan como sinónimos.
En sus rasgos generales esta manera de sentir tiene una ilustre genealogía. En Grecia se llamó cinismo. Baroja es un discípulo español de Diógenes el Perro y Krates el Tebano.
Mas a nuestro lenguaje ha llegado el nombre cinismo con una significación desviada. El cinismo, el verdadero cinismo, dice Schwartz, nace como oposición a la cultura convencional (…).
Una repugnancia indomable a ser cómplice en esa farsa de la cultura, a repetir en sí mismo -en su vida y en su obra- esos estériles lugares comunes, cuya única fuerza proviene precisamente de su repetición, le obliga a adoptar una táctica nihilista (…):

«No hay que respetar nada, no hay que aceptar tradiciones que tanto pesan y estristecen. Hay que olvidar para siempre los nombres de los teólogos, de los poetas, de todos los filósofos, de todos los apóstoles, de todos los mixtificadores que nos han amargado la vida sometiéndola a una moral absurda. El tiempo de la escuela ha pasado ya; ahora hay que vivir» (…).

La expresión de Baroja (…) es la prosa ideal para que en ella fluya una de las más delicadas maneras de ser hombre: la sinceridad (…). Sinceridad, lealtad consigo mismo, asco hacia la ficción y el artificio -son eje y motor de su alma, de su arte y de su vida. Merced a ella nos presenta el ejemplo de una independencia genial en una sociedad como la nuestra, donde todo es compromiso y rendimiento».

5)
Ortega, hombre del sistema, ejemplo de instalación burguesa, no puede evitar sentir algo parecido al amor ante su exacto opuesto, su antípoda encarnada. Hombre «civilizado», experimenta la nostalgia dolorosa de la barbarie. Hombre «asentado», fijado en una casa, una familia, unas propiedades, un oficio, una escritura…, sabe de la adolorida nostalgia de la errancia… Y la estima enorme que le merece Baroja, ese radical, ese extremista, ese desadaptado, ese infinito odiador de los valores burgueses, es un testimonio de algo que, estando en su consciencia, no asomó en su escritura: que Occidente era ya entonces, como lo es hoy y lo será mañana, un moribundo que mata; y que la nostalgia por aquello que no somos y que algún día pudimos ser, bárbaros y errantes por ejemplo, es la última palabra de una civilización condenada, una cultura que ojalá no hubiera llegado a darse.

Pero si llegó a cultivar la amistad de Baroja, a escribirse con él, a organizar viajes en su compañía, no fue solo por la fascinación que despierta en los decadentes la barbarie y la errancia: fue porque el escritor vasco, como la mayor parte de los vagamundos existenciales, era un hombre veraz, un ser a salvo de la hipocresía, y esa índole enamora a los sedentarios arraigados en la mentira, como el propio Ortega.

 

AL FIN Y AL CABO LA LIBERTAD TAMPOCO ES TAN GRAN COSA

Posted in Activismo desesperado, Breve nota bio-bibliográfica, Crítica de las sociedades democráticas occidentales, Uncategorized with tags , , , , , , , , , , , , , on enero 11, 2018 by Pedro García Olivo

Desde niño había sentido que no estaba hecho para una vida que se nos regala con instrucciones de uso. Donde la libertad no era posible, yo apenas podía respirar.

Por eso, hasta que el Alto Juliana, esta bella colina de Sesga, me permitió dar la espalda a todos los empleos y ser dueño absoluto de mis días, después de casi medio siglo de extravío en la existencia, yo solo había respirado a ratos.

Construyendo con mis propias manos, e indefinidamente, esta humilde morada; cultivando mis alimentos y recolectándolos por las sendas; sin vender más mi fuerza de trabajo o mis capacidades de creación; sin tener que pagar recibos; sin obedecer o, en todo caso, obedeciendo bajo mínimos; lejos de los mercados y de las administraciones; al amparo de una vieja y maravillosa estufa de leña y de la energía escasa proporcionada por pequeñas placas solares, pude, por fin, respirar a pleno pulmón.

Me convertí en el novio de la libertad, y creo hoy que un cierto deje de superioridad moral empezó a ensuciar mis escritos. Había logrado lo más difícil, lo único que consideraba verdaderamente importante: la soberanía sobre todas mis horas, la autonomía material, la independencia espiritual. Me sentía como un quínico sublimado, gritándole a todo el mundo: «A mí también me gustan los pasteles, pero yo no pago su precio en servidumbre».

Pasaron los años y, poco a poco, empezó a embargarme la sensación de que no era una vida lo que yo estaba viviendo, sino, más bien, una «filosofía de vida». Comencé a verme como un aristócrata, como «el más solitario de los aristócratas». Porque el novio de la libertad era asimismo el novio de la soledad…

Una nube de sepulcro, de «¿y esto es todo?», empezó a cernirse sobre las cosas del Alto, sobre todos los aspectos de este formidable bio-reducto: sobre los huertos, sobre las caminatas, sobre los animales que me acompañaban, sobre el orgullo de no vender y apenas comprar, sobre el gesto de vivir donde está prohibido vivir, en pleno paisaje, sobre mi obstinada inobediencia…

Y aquellas palabras que una vez me dedicó un pastor de Arroyo Cerezo me volvían y me volvían: «Mira, Pedro, en medio de esta libertad tan buena que tenemos, a nosotros ya nos da lo mismo levantar el carro que vender las yeguas». «A mí me da igual morir mañana o hacer otra cosa». Y me perseguían unos versos del “Fausto” que antaño me parecieron hermosos y ahora se me antojaban tétricos:

«Poder decirle a un instante: ¡Detente, eres tan bello!;
y después, no importa, morir!».

Porque, conquistada la libertad, ¿qué queda? ¿Para qué seguir cuando sabemos que todos los proyectos que nos oferta el mundo son reos de la estupidez y nos pasan una factura de esclavitud?

Algo demasiado parecido a la depresión enturbió mi ánimo, y un día me sorprendí escribiendo una frase que me sabía a suicidio: «Al fin y al cabo, la libertad tampoco es tan gran cosa. Con la libertad no basta».

Pero era verdad… La libertad de una persona sola en un mundo de no-libres no conduce a la felicidad. Una libertad individual rodeada de figuras de la subordinación duele y daña.

El más solitario de los aristócratas se levantaba casi sin ganas de respirar, esgrimiendo como siempre su estilo de vida, pero bajo la sensación de que ya estaba de más sobre la Tierra.

Y un día irrumpió el amar. Era abril, principios de mes; y, en alguna grietecilla del paredón rocoso de mi libertad, se hizo un manantial. Y brotó un mundo entero, brotó el deseo de salir al encuentro del otro como comunidad, brotó una selva de emoción, brotó una revolución en la sensibilidad y un motín en el pensamiento. Era Adara, como un hontanar…

Me emancipé en octubre de 2010, me fui entristeciendo a partir del 2014 y renací en la primavera de 2016. Porque ahora soy el novio de la vida.

Y preparo mi equipaje para regresar al lado de Awka, mi compañera, dejando el Alto y sus soledades. El próximo martes parto para El Palomar, esa localidad de Buenos Aires donde la mujer y los niños que amo me esperan. En realidad, no abandono el Alto: vive en mi corazón y, en cierto sentido, escribe por mí.

No vendo las yeguas, que quiero levantar el carro por toda la eternidad. Por toda la eternidad y un día.

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Alto Juliana, Aldea Sesga, Rincón de Ademuz.
11 de enero de 2018

DESDE QUE LOS EMPRESARIOS Y LOS POLÍTICOS COMPRENDIERON QUE LES INTERESABA UNA CIUDADANÍA MOVILIZADA

Posted in Activismo desesperado, Crítica de las sociedades democráticas occidentales, Indigenismo with tags , , , , , , , , , , , on enero 1, 2018 by Pedro García Olivo

Feliz Año Viejo, porque del Nuevo casi cabe temer lo peor

Se da, de forma inmediata, apasionada, casi visceral, a menudo también desinformada, precipitada y hasta «inducida», un respaldo mayoritario, en la izquierda política e ideológica, a cualquier proceso histórico que esgrima etiquetas como «revolución», «emancipación», «decolonial», etcétera. Como nos parece que casi nada se mueve en el mundo, cuando vemos que algo sucede, que algo acontece, y entra en sintonía con nuestra concepción política, nos entusiasmamos y lo abrazamos al instante. Históricamente, la izquierda ha ido cayendo así de error en error, suscribiendo fórmulas y experiencias que, más tarde, se revelaron despóticas y homicidas.

Entre los últimos apasionamientos izquierdistas catastróficos que se registraron en Europa, tenemos, por ejemplo, la identificación «religiosa» con el 15-M; las ilusiones depositadas en los tecno-políticos socialdemócratas de PODEMOS y, antes, de su paralelo en Grecia; los guiños amorosos al ultra-pedagogismo bolivariano en Venezuela o en Bolivia; el aplauso encendido al reformismo social-corrupto de Lula en Brasil, Correa en Ecuador y hasta los Kirchner en Argentina; no sé qué simpatía intermitente con Irán, con fracciones de Rusia, a veces hasta con Corea del Norte. Se daba al fervor, sin más, a modulaciones tentativas del propio Capitalismo…

Cuando, en España, amplios sectores de ese izquierdismo pulsional celebraron la irrupción de las «mareas» (que demandaban servicios públicos de calidad, universales y gratuitos, en esferas como la educación o la salud), es decir, la exigencia de una asistencia estatal integral, en detrimento de la auto-organización comunitaria, de la autogestión social e incluso de la autonomía individual, el rizo terminó de rizarse y todos los descontentos murieron en las playas del bienestarismo administrativo.

Ahora mismo, esa aceptación no-crítica de los proyectos que enarbolan banderas contra el sistema se está reproduciendo en muchas partes. Se está dando, desde hace tiempo, en torno al zapatismo en México y se regenera hoy a propósito de procesos político-organizativos de una parte del pueblo kurdo, por citar solo dos ejemplos. La recepción europea de la cuestión mapuche en Chile y en Argentina adolece con frecuencia del mismo síndrome: una mirada simplificadora, maniqueísta, apresurada, que no se toma el tiempo de investigar, de preguntar, de matizar, de relativizar, de pararse y atreverse a un análisis crítico.

Y es que sabemos, desde hace décadas, que el Sistema Capitalista no se sostiene desde la pasividad e inactividad de la ciudadanía. Para nada y nunca tuvo esa aspiración a una población que no se moviliza. Ni la Banca, ni la Empresa, ni la Burocracia quieren a sus «súbditos» callados y aburridos en un rincón de su privacidad. Los necesitan de otro modo; los prefieren «movilizados», «indignados», «reivindicativos»… Foucault habló con mucha claridad de la «desobediencia inducida», de la «gestión política de los ilegalismos», del suministro constante de motivos para la afiliación revoltosa, para la beligerancia ritual, para el antagonismo inofensivo. En Dulce Leviatán se me ocurrió una expresión más sencilla para decir lo mismo: «Conflictividad conservadora».

Sé que, al escribir, hablo a los afines y que solo me leen los afines (el mero título de mis escritos se basta para ahuyentar a los adversos). Sloterdijk anotó algo desconcertante y, sin embargo, certero: «Los libros son cartas voluminosas a los amigos». Dándole la razón, refiero ahora, con toda desnudez y a modo de confidencia, la lista de mis caídas en esa trampa de la movilización gobernada…

Muy joven, cuando todavía estaba bastante enfermo de literatura marxista, a pesar de mi talante y de mi declaración libertaria, corrí a la Nicaragua de la Revolución Sandinista, un perfecto Estado-Nación en ciernes, y me desempeñé como «alfabetizador» de la etnia misquita. Creía que, al enseñar a hablar y leer en castellano, estaba contribuyendo a la construcción concreta de un Reino de la Libertad en la Tierra. Ejercí de etnocida, de occidentalizador riguroso, lo que hoy más detesto. No es accidental tampoco que, por aquel entonces, yo fuera profesor y, en particular, profesor libertario, anarco-funcionario…

Luego me crucé al Este, a la esfera del llamado Socialismo Real, y me sumé a todos los movimientos contra el Sistema Comunista. Alentaba la espereranza de que el derribo del estalinismo llevaría a un comunismo por fin verdaderamente «libertario». Fui reclutado para la reinstalación del Capitalismo, a fin de cuentas. No carece de importancia que, durante aquellos años en que residí en Budapest, yo fuera un profesor anarquista en excedencia…

De regreso a España, me enamoró la figura altiva del pequeño pastor de subsistencia. Se me antojó un verdadero «resistente», un exponente de la autonomía posible, en fuga del salario y también del Estado. Y fui entonces pastor de cabras, durante ocho años. Todos tuvieron que dejarlo, yo también. Ya casi no quedan pequeños pastores tradicionales. Significativamente, a mí me llamaban «El Maestro» y mis cabras eran «las cabras del maestro»…

Como cabrero, estimé sobremanera las pequeñas aldeas del entorno rural-marginal, esa forma que tenían de sortear, hasta cierto punto, los tentáculos del Mercado y del Estado. Y quise vivir ahí. Ya no quedan… La modernización agraria, el turismo rural, el ecologismo institucional y otros afanes crematísticos le dieron el golpe de gracia….

Aún me quedó energía para cooperar con los viviendistas de Guatemala, actuando como «escudo humano» y teniendo que sufrir el asesinato de la primera persona que me correspondía proteger, Lionel Pérez, que siempre habitará en mi corazón. Me quedó energía para buscar a esos indígenas del continente americano que nos lamentaban como nos merecemos, para hablar con ellos, una de las cosas más difíciles y hermosas que he logrado en mi vida. Pero la mayor parte de los viviendistas se convirtieron en propietarios de sus viviendas en principio ilegales, y el campamento se transformó en una urbanización de corte capitalista, con tiendas, negocios, explotacion de unos vecinos por otros, etc. Y la parte principal del indigenismo derivó hacia la demanda de mera «integración» en la la sociedad mayor, capitalista y estatocéntrica, sin discriminaciones ni exclusiones…

Las siglas y las organizaciones, el llamado «movimiento», rodeaban la Nicaragua Sandinista, el anticomunismo del Este, el indigenismo de integración, el viviendismo de los que reclamaban viviendas para sí, etcétera. Fuera de las ideologías y de las militancias quedaban los pequeños pastores en extinción, los nómadas en todas partes perseguidos, los pocos indígenas que no nos admiten, los occidentales revueltos contra sí mismos… Esto es lo que viví, y por eso pienso así y escribo estas páginas.

Habiendo suscrito temporalmente todas esas revueltas, solo me asiste la certeza de una lucha verdadera, que se inició el día en que dejé la enseñanza y, de paso, también todos los empleos. Y me digo, a veces, que esa solidaridad emocionada con todos los procesos en los que parece que «algo se mueve» viene en parte determinada por la inmovilidad sustancial que hemos instalado en las cosas de nuestra vida personal. Mientras no me moví existencialmente, corrí a exaltar y respaldar todos los simulacros de movimiento social. Mientras el sistema me habitaba y yo era un «Anti-sistema del Sistema», con una vida perfectamente sistematizada, corrí a enamorarme de todos los pseudo-antagonismos organizados.

Desde que di la espalda a muchas cosas del Estado, cosas del Capital por tanto, desde que sentí que luchaba, no por afiliarme a todo aquello que bullera bajo el eslogán de la Revolución, sino por las cosas concretas que hacía en mi vida personal, privada y pública,
empecé a mirar de otro modo la política. Arrumbé los asuntos de siglas, de banderas, de organizaciones, y me acerqué a los procesos que se daban sin esas parafernalias y sin esos vínculos, apenas disimulados, con la Administración y el Mercado. Y resulta que, allí donde no se publicitaba «movimiento», donde no se solicitaban entusiasmos ideológicos y expresiones gregarias del apoyo, algo muy serio, muy grave, muy hondo, estaba en juego y se merecía la estima, no pedida, de todos los odiadores de lo establecido. Y era allí donde la vida individual y colectiva, que no se asemejaba a la de los rebeldes exhibidos de Occidente, constituía un verdadero atentado contra la pretensión de eternidad del Capitalismo. Lo comprendí en la medida en que yo ya abominaba de la conflictividad conservadora y había redescubierto mi interioridad como campo de batalla contra lo dado. Y hablé de pastores antiguos, de indígenas no asimilables, de nómadas irredentos, de occidentales en proceso de re-invención y de europeos procurando labrarse un margen para disentir desde la propia vida.

Feliz año viejo, amigos, que del que viene casi me temo lo peor.

Pedro García Olivo
Alto Juliana, Solana de la Madre Puta, Paraje del monte público de Sesga, Rincón de Ademuz, Península Ibérica
A pocos minutos del 1 de enero de 2018