SABIDURÍA ANÁRQUICA ORIENTAL

Para descargar “Un sabio chino”, de Óscar Wilde: https://pedrogarciaolivo.files.wordpress.com/2021/10/wp-1633775360642.pdf

SABIDURÍA ANÁRQUICA ORIENTAL
En torno a Chuang Tzu y de la mano de Oscar Wilde

A Chuang Tzu, también nombrado Thuangzi, lo conocemos como uno de los mayores filósofos taoístas. Ha merecido infinidad de estudios en los últimos tiempos; en algunos de estos se muestran sus coincidencias con la disposición crítica del quinismo antiguo, Diógenes al frente, y también se le relaciona con el anarquismo clásico.

La vida de este pensador se dio muy lejos de la nuestra, con una separación de más de dos mil años; pero las ideas que esgrimió hubieran podido muy bien ser defendidas esta mañana:

“No hay nada peor que gobernar a la Humanidad. Todas las formas de gobierno son erróneas, son destructoras”.

“La acumulación de riquezas es el origen de todos los males. Hace al fuerte violento y deshonesto al débil. Crea ladronzuelos que instala en jaulas de bambú. Engendra grandes ladrones que sienta en tronos de jade blanco. Es el padre de la competencia, y esta significa desgaste y destrucción de energías. El malestar y la guerra son los resultados de una sociedad artificial basada en el capital”.

“La verdadera sabiduría ni se enseña ni se aprende. Es un estado espiritual que solo consigue el que vive en completa armonía con la Naturaleza. Tratar de hacer buenos a los demás es una ocupación tan ridícula como la de golpear un tambor en un bosque para encontrar a un fugitivo. Es malgastar energías. Eso es todo. ¿Qué importancia filosófica puede tener la educación cuando se preocupa simplemente de colocar a cada persona en un puesto diferente al de su semejante? Al final nos encontramos en un caos de opiniones, dudando de todo y cayendo en la vulgar costumbre de razonar. Solo razona quien se halla intelectualmente perdido”.

“La gente se desquiciaba cuando empezaba a moralizar, dejaba enseguida de ser espontánea y de actuar por intuición. Se volvía presumida y artificiosa, y tan ciega como para tener un propósito definido en la vida. Y entonces aparecían los gobernantes y los filántropos, las dos pestes de todas las épocas”.

“Cuando todo estaba sumido en un perfecto desorden, los reformadores sociales subieron a las tribunas y predicaron desde allí el remedio de los males que ellos y sus sistemas habían causado. ¡Los pobres reformadores sociales! No conocen la vergüenza ni saben lo que es ruborizarse”.

Ocar Wilde, adscrito a menudo al ámbito del anarquismo filosófico, se destacó muy pronto como un divulgador del pensamiento de Chuang Tzu. Adjunto, al final de esta nota, un enlace para descargar el artículo que le dedicó en febrero de 1890, aparecido en el períódico Speaker.

Desde que caló en mí una interrogación malévola de Sade (“¿Cómo puede ser la relación de la excepción con la excepción?”), he dedicado mucho tiempo a estudiar las obras en que un autor hablaba de otro, en que un creador se enfrentaba a la realización de otro y componía un texto por ella motivado. Eran siempre autores que estimaba y que se ocupaban de artistas que también me agradaban. Leí la correspondencia de F. Dostoievski, recogida y comentada por A. Gide; la composición de Charles Baudelaire sobre la vida y la obra de Edgard Allan Poe; el texto monumental que dedicó A. Artaud a Van Gogh, su “suicidado por la sociedad”; el emocionante artículo de Albert Camus sobre, precisamente, Oscar Wilde, titulado “El artista preso”; etcétera. Por estas fechas, he regresado al artículo en el que el escritor dublinés, antes de los días de su desgracia, manifestaba su admiración (y casi devoción) por Thuangzi, el sabio chino. En todos los casos la excepción parecía enamorada de la excepción…

Oscar Wilde reaccionó enseguida a la primera aparición de la obra de Chuang Tzu en Inglaterra. Con el tiempo, como decía, se fueron sucediendo los estudios sobre el sabio anárquico oriental. Completo esta nota con unas páginas, a propósito, de Emmánuel Lizcano, incluidas en su ensayo “El Caos en el Pensamiento Mítico”:

“Para Zhuangzi, distinguir, analizar, dividir, es empantanar el flujo caótico y vital, cercenar en las cosas su virtud, su virtualidad, “su natural poder ser”, y condenarlas -condenarnos- a ser lo que son, mera im-potencia, identidad, orden, muerte. Las cosas no son lo que son, sino su potencia: “No hay cosa sin su poder ser”.

“No seas un instrumento poseído por tu nombre,
No te conviertas en un archivo de proyectos,
No te pre-ocupes de negocios,
No te en-cargues de sabiduría”.

La figura que aquí se propone es la antítesis del héroe occidental por excelencia: Prometeo. Más bien parece que está hablando de su denostado hermano, Epimeteo, el des-preocupado, el que actuaba sin la menor premeditación, el que con sus comportamiento caótico es fuente de todas las desgracias (para la mitología griega y su heredera, la mitología científico-técnica).

A diferencia de los confucianos, el sabio taoísta no pretende ilustrar a nadie. Y, de la clase dirigente, solo le interesan sus hijos díscolos o descarriados. Lo mejor que puede hacer el poderoso con el pueblo es dejarlo a su suerte, pues en el pueblo, como en el caos, está su propia energía autoconstituyente. “Cuando el gobierno es inactivo, el pueblo es diligente; cuando el gobierno es activo, el pueblo se hace indolente”. Por eso tampoco el pueblo tiene la menor necesidad de ser iluminado, ni de directrices ni dirigentes: “Eliminad los sabios, desterrad los ingenios y aprovechará cien veces más el pueblo”. Cuanto le venga de fuera, y altere así su virtud autoorganizativa, no puede sino corromperle. Son las leyes las que crean al delincuente. “Cuantas más prohibiciones, más pobre será el pueblo; cuantas más armas, más desorden habrá; cuantos más ingenios y artilugios, más monstruosidades surgen; cuantos más decretos y leyes se promulgan, más bandidos aparecen”. El desorden no es consecuencia de la anarquía sino, por el contrario, del afán de gobierno, del empeño por ordenar el tumultuoso y complejo discurrir de la naturaleza, de la vida y de las gentes (…).

El caos que así se elogia resulta ser sorpendentemente afín, en lo político, a ciertas tesis del anarquismo clásico y, en lo físico, a las de la recientemente llamada “caología”, que las ciencias de estos últimos años saludan como un “nuevo paradigma” del conocimiento (…). El caos del taoísmo es autoconstitución, autopoiesis. Es en el propio interior de su bullicioso acontecer donde se encierran todos los órdenes posibles. Cualquier intento ingenioso/ingenieril por ordenarlo desde fuera es letal. Imponer el orden es destrozarlo; la acción premeditada, planificada, aunque se anime de la mejor voluntad, condena a muerte toda potencia auto-organizativa (E. Lizcano, “El caos…”, recogido en Urdimbre, Suport Mutu, Castellón, 2003, pp. 11-13).

Cierro este escrito rememorando el final de una escena compuesta por Chuang Tzu y que fascinó tanto a Oscar Wilde como, un siglo después, a Emmánuel Lizcano. Confucio se enfrenta discursivamente con Chieh Yü, el loco, el ladrón, el bandido de Ch’u; y recibe, como despedida del intercambio, estos gritos sublimes:

¡Basta! ¡Basta! ¡Ya está bien de usar el Poder
para someter a los hombre!
¡Cuídate mucho de ir trazando a los demás
el camino que deben seguir!
¡Apaga esas claridades!
¡No estorbes mis paso!
Mi andar es errático y tortuoso.
¡No me entorpezcas! (…).
Todos saben de la utilidad de lo útil,
pero nadie conoce la utilidad de no ser útil para nada.
(E. Lizcano, op. cit., p. 16)

Para descargar el artículo de Óscar Wilde, titulado “Un sabio chino”:

Haz clic para acceder a wp-1633775360642.pdf

Pedro García Olivo

http://www.pedrogarciaolivo.wordpress.com

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