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VAGAMUNDOS Y EXTRAMUROS

Posted in Activismo desesperado, Autor mendicante, Crítica de las sociedades democráticas occidentales, Sala virtual de lecturas incomodantes. Biblioteca digital with tags , , , , , , , , , , , , , on enero 25, 2018 by Pedro García Olivo

Viviendo quieta e hipócritamente en falsos refugios

“Libre, ilimitadamente libre cruza este hombre por nuestro paisaje español, empujando un corazón dolorido y, a la par, reidor. Incapaz de pacto, vive señero, ausente de todos los partidos políticos o doctrinales que facilitan el éxito y hasta la congrua sustentación. No cuenta con resonadores preparados que aumenten el volumen de su voz. Perpetuo vagabundo, abre paso, entre los grupos que el interés compaginó, a su espíritu agudo y noble, como un acero antiguo. Siempre dirá lo que siente y sentirá lo que dice -porque no vive al servicio y domesticidad de nada que no sea su vida misma, ni siquiera el arte o la ciencia o la justicia. Llámese esto, si se quiere, nihilismo; pero entoces es nihilismo la actitud sublime (…).
Poco puede esperar de la sociedad quien de este modo se resuelve a afirmar su libertad íntegra. La sociedad es un contratista de servicios y la organización del utilismo. Por eso el puro amor y la pura verdad son arrojados de la plaza de abastos social. Baroja no es nada y presumo que no será nunca nada. Todavía, después de haber publicado cerca de treinta volúmenes, suena en el público su nombre como el de un escritor extramuros”.

1)
¿Para qué hablar de los vagamundos cuando ya, prácticamente, no quedan? Al interior de una cultura configurada desde el principio de la sedentarización, con gentes anhelando la fijación domiciliaria, laboral, ideológica y hasta política, ¿por qué una cierta «familia intelectual» occidental mostró una inconfundible simpatía hacia las personas voluntariamente sin-arraigo, hacia los nómadas espirituales? ¿Qué atesoran o qué denuncian los apátridas, los destechados orgullosos de sí, los errantes empedernidos, los últimos nómades del planeta, los peregrinos de los oficios y los enemigos del empleo, los odiadores de la Casa…, para que gentes, más bien «instaladas», con vidas bastante más convencionales, como Rilke, Baudelaire, Gorki, Pushkin, Dostoievski, Gide, Deleuze o Gatlif, entre tantas otras, los eligieran, casi con enamoramiento, como objeto de sus creaciones? ¿Por qué la «vida irregular» seduce o fascina a tantas personas culturalmente ilustradas y con una existencia casi perfectamente sistematizada?

A su manera, Pío Baroja era un vagamundo existencial que se ganó la estima de Ortega y Gasset, hombre de orden y de arraigo. Una índole de la obra del escritor vasco llamó la atención del filósofo castellano: «En el transcurso de diez años escribe Baroja veinte tomos de vagabundaje». Cuando, en «Ideas sobre Baroja», ese pensador conservador intenta explicarse y explicarnos la particular atracción del novelista por la gente sin asiento y hasta sin hogar, de alguna manera nos da la clave para responder a la pregunta con que se inicia este escrito…

Vamos a andar un trecho de su mano, rescatando el modo que tenía de leer a Baroja, un escritor entonces marginal. El novelista obseva a los vagamundos, y el filósofo mira esa forma de observar. Este texto contempla a Ortega escribiendo sobre Baroja y a Baroja
pensando en los vagadores; pero, sobre todo, canta a estos últimos, gentes a un paso de la desaparición absoluta, caracteres demasiado bellos para sobrevivir en los tiempos de las muy feas, y consentidas, cadenas demofascistas.

2)
«Pio Baroja (…) ha hecho de su obra una especie de asilo nocturno donde únicamente se encuentran vagabundos. Entre las varias suertes y modos de hombres, Baroja se queda solo con los de condición inquieta y despegada, que no echan raíces ni en una tierra ni en un oficio, sino que van rodando de pueblo en pueblo y de menester en menester empujados por sus fugaces corazones.
¿No es extraña esta predilección? Extraña, ciertamente (…), porque es la España actual una sociedad donde el vagabundo apenas existe. Antes al contrario, suele tener aquí la vida una estabilidad plúmbea (…). Cada cual entra en el carril de su oficio, atrozmente rígido y preestablecido, y suele, hasta la muerte, seguir en él, sin ensayar usos nuevos, sin protesta ni brinco. Y, no obstante (…), Baroja (…) no es eso lo que ve, sino todo lo contario. Ve craituras errabundas e indóciles, decididas a no disolver sus instintos en las formas convencionales de vida que la sociedad ofrece e impone. Temperamentos tales tienen que fracasar en una época como la nuestra, tiranizada por pincipios de hipocresía (…). Pero estas vidas, que son prácticamente fracasos y derrumbamientos, son moral y existencialmente victorias y gestos de ascensión. Al menos para el gusto de Baroja y para el mío (…).
Mirada desde sus resultados, la vida vagabunda e inadaptada es una cantidad negativa. Pero mírese a ella misma, al movimiento interior del espíritu, indócil, inquieto, arisco, exigente, que no se deja modelar por las imposiciones del medio, que prefiere ser fiel a su individual destino, aunque esto le cueste renunciar al «triunfo en la sociedad». Al punto notamos la nobleza, la dignidad que hay en esa manera de enfrontarse con la vida. Y si, frente a materia, «espíritu» quiere decir esfuerzo, ímpetu, dinamicidad, nos parece haber mayor porción de él en la figura vagabunda que en la normal y adaptada. Más aún: bajo esta nueva perspectiva la adaptación toma los caracteres de una caída, de una inercia, de una vil sumisión a esclavitud. Esto es lo que estima Baroja sobre todas las cosas (…). Ha tenido que ir al margen de la sociedad actual, y precisamente en eso que suele considerarse como el escombro social -los golfos, los tahúres, los extravagantes, los vividores, los suicidas- creyó encontrar su asunto. Pues qué, ¿iba a hablarnos de los senadores, los comandantes, los gobernadores de provincias y los financieros?
En el transcurso de diez años escribe Baroja veinte tomos de vagabundaje».

3)
Ciorán habló de una muy perceptible «nostalgia dolorosa de la barbarie», que asolaría al «hombre civilizado» de nuestro tiempo. Asaetado por la consciencia intermitente de la esclerosis terminal a que conduce la cultura occidental, siente la atracción del polo inverso, de todo aquello que apuntaba en otra dirección, de los «bárbaros» en definitiva, con su apego rotundo a la vida, con su forma resuelta de afirmar y de negar, de creer y de descreer.
Si la civilización castiga a sus fautores y victimados encerrándolos en una atmósfera sepulcral, «saturada», en un ambiente de agotamiento de todo y fin de todo, la barbarie despierta en los zombies que somos un desordenado apetito de infierno que es también apetito de vida.

De forma paralela, los individuos «sistematizados», las personas sujetas a una pan-lógica institucional y mercantil, los hombres y mujeres reguladamente «sedentarios», llevan un tiempo padeciendo otra nostalgia, en parte complementaria: «nostalgia adolorida del errar». Porque fue demasiado lo que las gentes de Occidente sacrificamos históricamente en aras del principio de fijación (residencial, laboral, económica, intelectual…), de ese «saltar de sistema en sistema» (escolar, de transporte, de alimentación, de salud, de seguridad, etcétera), en que ciframos nuestra existencia.

A partir de Deleuze, podemos sugerir que sacrificamos, en primer lugar, la sinceridad vital; y que la hipocresía se avecinó para siempre en nuestras almas:

«A los que dicen que huir no es valeroso, él responde: el valor radica en aceptar el huir antes que vivir quieta e hipócritamente en falsos refugios. Es posible que yo huya; pero, a lo largo de toda mi huida, busco un arma».

Y son estos dos aspectos los que se dejan ver en la aproximación de Ortega a la obra de Baroja: nostalgia dolorosa del errar y reconocimiento soterrado de la mentira constituyente de la existencia sedentaria moderna…

4)
«¿Quién no se ha sorprendido alguna vez tomando el pulso a la vida y no hallándolo? ¿Quién no ha sentido en ocasiones vacío el orbe de justificación? En esas horas de balance vital, sopesamos las grandes cosas que pretenden llenar la vida y darle solidez racional, sentido, precio o sugestión -el arte, la ciencia, la religión, la moral, el placer-, y a lo mejor nos parece como si estuvieran huecas, como si solo poseyeran la máscara de sí mismas y se alzaran fraudulentas ante nosotros al modo de falaces promesas (…). Si en los momentos de infelicidad, cuando el mundo nos parece vacío y todo sin sugestiones, nos preguntan qué es lo que más ambicionamos, creo yo que contestaríamos: salir de nosotros mismos, huir de este espectáculo del «yo» agarrotado y paralítico (…).
La creencia dogmática y fanática en los tópicos dominantes será siempre dueña de la sociedad, y los temperamentos críticos, originales, innovadores, habrán de sufrir ahora y dentro de mil años una temporada de lazareto que a veces no acaba sino después de su muerte (…). Nada más natural, pues, que el efecto producido por Baroja en la mayoría de los lectores. Este efecto es de indignación. Porque Baroja no se contenta con discrepar en más o menos puntos del sistema de lugares comunes y opiniones convencionales, sino que hace de la protesta contra el modo de pensar y sentir convencionalmente nervio de su producción.
En esta ansia de sinceridad y lealtad consigo mismo no conozco nadie en España ni fuera de España comparable con Baroja (…). En cierta manera, pues, es justo que el hombre «social» se sienta, al leer los libros de Baroja, herido e irritado (…). Cuando Baroja ha dicho de algo que es una farsa o de alguien que es un farsante, pasa a la orden del día. Y casi todas las cosas le parecen farsas y casi todos los hombres le parecen farsantes (…). Un hombre que defiende exuberantemente unas opiniones que en el fondo le traen sin cuidado es un farsante; un hombre que tiene realmente esas opiniones, pero no las defiende y patentiza, es otro farsante.
Según esto, la «verdad» del hombre estriba en la correspondencia exacta entre el gesto y el espíritu, en la perfecta adecuación entre lo externo y lo íntimo (…).
Para quien lo más despreciable del mundo es la farsa tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad. Baroja resumiría el destino vital del hombre en este imperativo: ¡Sed sinceros! Ese movimiento en que se hace patente lo íntimo es la verdadera vida, latido del cosmos, médula del universo.
No hay valores absolutos ni absolutas realidades. Todo puede ser absolutamente real si es sinceramente sentido. Ser y ser sincero valgan como sinónimos.
En sus rasgos generales esta manera de sentir tiene una ilustre genealogía. En Grecia se llamó cinismo. Baroja es un discípulo español de Diógenes el Perro y Krates el Tebano.
Mas a nuestro lenguaje ha llegado el nombre cinismo con una significación desviada. El cinismo, el verdadero cinismo, dice Schwartz, nace como oposición a la cultura convencional (…).
Una repugnancia indomable a ser cómplice en esa farsa de la cultura, a repetir en sí mismo -en su vida y en su obra- esos estériles lugares comunes, cuya única fuerza proviene precisamente de su repetición, le obliga a adoptar una táctica nihilista (…):

«No hay que respetar nada, no hay que aceptar tradiciones que tanto pesan y estristecen. Hay que olvidar para siempre los nombres de los teólogos, de los poetas, de todos los filósofos, de todos los apóstoles, de todos los mixtificadores que nos han amargado la vida sometiéndola a una moral absurda. El tiempo de la escuela ha pasado ya; ahora hay que vivir» (…).

La expresión de Baroja (…) es la prosa ideal para que en ella fluya una de las más delicadas maneras de ser hombre: la sinceridad (…). Sinceridad, lealtad consigo mismo, asco hacia la ficción y el artificio -son eje y motor de su alma, de su arte y de su vida. Merced a ella nos presenta el ejemplo de una independencia genial en una sociedad como la nuestra, donde todo es compromiso y rendimiento».

5)
Ortega, hombre del sistema, ejemplo de instalación burguesa, no puede evitar sentir algo parecido al amor ante su exacto opuesto, su antípoda encarnada. Hombre «civilizado», experimenta la nostalgia dolorosa de la barbarie. Hombre «asentado», fijado en una casa, una familia, unas propiedades, un oficio, una escritura…, sabe de la adolorida nostalgia de la errancia… Y la estima enorme que le merece Baroja, ese radical, ese extremista, ese desadaptado, ese infinito odiador de los valores burgueses, es un testimonio de algo que, estando en su consciencia, no asomó en su escritura: que Occidente era ya entonces, como lo es hoy y lo será mañana, un moribundo que mata; y que la nostalgia por aquello que no somos y que algún día pudimos ser, bárbaros y errantes por ejemplo, es la última palabra de una civilización condenada, una cultura que ojalá no hubiera llegado a darse.

Pero si llegó a cultivar la amistad de Baroja, a escribirse con él, a organizar viajes en su compañía, no fue solo por la fascinación que despierta en los decadentes la barbarie y la errancia: fue porque el escritor vasco, como la mayor parte de los vagamundos existenciales, era un hombre veraz, un ser a salvo de la hipocresía, y esa índole enamora a los sedentarios arraigados en la mentira, como el propio Ortega.

 

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ITINERARIO DEL EXTRAVÍO. SALA VIRTUAL DE LECTURAS INCOMODANTES

Posted in Sala virtual de lecturas incomodantes. Biblioteca digital with tags , , , , , , , , , on diciembre 16, 2013 by Pedro García Olivo

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LOS DISCURSOS PELIGROSOS EDITORIAL (FACTORÍA NO-ECONÓMICA DE HERRAMIENTAS CRÍTICAS) quisiera ex-propiar a los autores para que, de este modo, la comunidad pudiera re-apropiarse de sus obras. Progresivamente, iremos facilitando el libre acceso a los autores que constituyen nuestra “familia intelectual” y a las obras que más estimamos. Autores y obras que habrían de aparecer en una soñada pequeña personal Biblioteca de Viaje.

1. ¿Qué es la psicología?, de Georges Canguilhem, maestro de Michel Foucault. En solo diez páginas, Canguilhem “desnuda” la supuesta ciencia psicológica y la terrible práctica de los psicólogos. Recomendado para todas las víctimas y todos los odiadores de la psicología. https://www.dropbox.com/s/fywewrewl2fszf4/sicologia.pdf

2. Nacimiento de la Biopolítica, de Michel Foucault. El filósofo francés, en sus últimas clases, recordándonos que Estado Mínimo Neoliberal y Estado Dilatado del Bienestar son solo dos pigmentos, dos colores, en el cuadro abigarrado de la ausencia real de libertad (y de la explotación material continuada) que el poder-saber pintó para el hombre desde el siglo XVIII…
https://www.dropbox.com/s/0zejp9md2qvessg/biopolitica.pdf

3. Retrato del hombre civilizado, de E. M. Cioran. ¿Por qué hemos concedido tan fácilmente que la civilización es preferible a la barbarie? ¿Quién supuso que las sociedades subsumidas en el proceso histórico, como las nuestras, son de algún modo superiores a aquellas otras que escaparon del tiempo, se burlaron del Progreso y quisieron congelarse en una formación primitiva? La provocación Cioran, retratándonos magistralmente, suscita estas y otras preguntas.  https://www.dropbox.com/s/xkc3nh3mo96tkay/retrato.pdf

4. Dostoievski, de A. Gide. Cuando, en 1908, André Gide revisa la correspondencia de Dostoievski y escribe, a propósito, un libro, ¿de qué habla?: ¿trata de Dostoievski?, ¿de sí mismo?, ¿de la literatura? Un libro precioso para aproximarse a dos autores y al patetismo de toda condición escritora. https://www.dropbox.com/s/ovrl056qrgy0966/dostoievski.pdf

5. Edgar A. Poe: su vida y sus obras, de Ch. Baudelaire. “¿Cómo puede la excepción relacionarse con la excepción?”, se preguntaba, malicioso, Sade, sugiriendo antipatía, hostilidad, odio. Baudelaire, no obstante, se relaciona con Poe desde la estima, escritor excepcional admirando a otro escritor excepcional. https://www.dropbox.com/s/ntjongtse7jbzme/Poe.pdf

6. El terremoto en Chile, de Heinrich von Kleist. Goethe, hombre de Estado, razonable hasta el aburrimiento, no simpatizaba en exceso con Kleist, un temperamento romántico, indomable y turbulento, como reflejan las páginas de este pequeño relato descorazonador. https://www.dropbox.com/s/7o3evippnqoq5xb/terremoto.pdf

7. Reglas para el parque humano, de P. Sloterdijk. El filósofo alemán, en un pequeño bellísimo texto, se distancia del engendro ideológico progresista que, en la línea de J. Habermas, y bajo el aura del humanismo, sintetiza el imperialismo ético-jurídico de Occidente (“Comunidad Liberal de Grandes Dimensiones”, “Ética dialógica Universal”,…) con la vocación pedagógico-educativa de nuestras élites intelectuales, desde Platón hasta E. Morin (“Reforma Planetaria de las Mentalidades”).  https://www.dropbox.com/s/oguqevkz3lysfuk/reglas.pdf

8. La noción de gasto, de G. Bataille. En 1933, Bataille alumbra una crítica pionera del productivismo y del descarnado racionalismo occidental, adelantando perspectivas que serán retomadas, décadas después, por autores como Baudrillard o Maffesoli.  https://www.dropbox.com/s/frdzsrjrxeq5git/gasto.pdf

9. Cuentos, de J. Joyce. A través de sus relatos breves, y prescindiendo de la artificiosidad que lasta Ulises, Joyce nos muestra su modo de mirar el mundo y no tanto el mundo, menos la gente entre la que está que su manera de estar entre la gente.  https://www.dropbox.com/s/sswewijn25zgjb1/joice.pdf

10. El mito de Sísifo, de A. Camus. De espaldas a la lógica y al sentido común, el “héroe absurdo” de Camus, dueño de sus días, consciente de su destino, hace callar a todos los ídolos…  https://www.dropbox.com/s/xay9sj4hqhnc1ab/sisifo.pdf

11. El arte se repliega en sí mismo, de P. Sloterdijk. El arte estuvo a punto de morir en los museos. Murieron, no obstante, los museos; y el arte huyó, sin saber a dónde ir. Morirá del todo, si no se abraza a la vida; vale decir, a la lucha. https://www.dropbox.com/s/p8q2lvr5pylhvlu/El%20arte%20se%20repliega%20en%20si%20mismo.pdf

12. Gozar no es obligatorio. Una entrevista a S. Zizek. Foucault señaló que, en nuestro tiempo, la “represión del sexo” era ya menos significativa que la “represión por el sexo”. Zizek añade que, en esta sombría actualidad, también la pulsión a gozar, la obsesión por el disfrute y la búsqueda frenética del placer pueden constituir momentos irreemplazables de una moderna tecnología del control social. https://www.dropbox.com/s/ep848ten26clwqr/zizek.pdf

13. La señorita Julia, de A. Strindberg. “¿Para qué queremos hablar, si ya no podemos engañarnos?”… Teatro filosófico, “metafísico” diría Artaud, en las antípodas de esa superficialidad psicológica que, procediendo de la peor literatura, ha degradado también buena parte del cine y de la dramaturgia contemporánea.  https://www.dropbox.com/s/8fu313w8g343dey/julia.pdf

14. Carta a los Poderes, de A. Artaud. La palabra insurrecta de Artaud (contra los directores de los psiquiátricos, contra los rectores de las universidades, contra el inquilino de la Santa Sede,…) en el número 3 de la revista “La Revolución Surrealista”: https://www.dropbox.com/s/rfukp46t3oi3yqt/poderes.pdf

15. La Carta Extraviada, de Pedro García Olivo. Regalo a La Carta…, mi primera publicación, la dicha de aparecer en esta lista, con una tan buena compañía. Detestando la falsa humildad, y tan bien un poco la más común humildad verdadera, tengo la sensación (aunque no estoy seguro) de que este es su sitio: https://www.dropbox.com/s/na4o9umwl5kp0cu/La%20Carta%20Extraviada.pdf

16. Andy Warhol: el esnobismo maquinal, de J. Baudrillard. Warhol desublimado a consciencia por Baudrillard, que lo concibe,  sin acritud, como una “nada” interesante:  https://www.dropbox.com/s/mfk9tedkr7hymw4/maquinal.pdf

17. Canto de amor y muerte del corneta Cristóbal Rilke, de Rainer María Rilke. Brillante alegato poético de Rilke contra nuestra Guerra y toda su estela (Estados, Banderas Nacionales, Muertes heroico-patriótico-patéticas de los soldados). https://www.dropbox.com/s/ogeot5e991l5tun/Rilke%2C%20R.%20M.%2C%20El%20canto%20de%20amor%20y%20muerte….pdf?dl=0

18. No tengo miedo de morir entre pájaros y árboles. Selección de poemas de Javier Heraud. De cuando a la guerrilla marchaban los poetas… https://www.dropbox.com/s/4ebyr3adisfvwqt/Morir%20entre%20p%C3%A1jaros%20y%20%C3%A1rboles.pdf?dl=0

Para contribuir al sostenimiento de esta labor: https://pedrogarciaolivo.wordpress.com/2013/12/18/autor-mendicante/