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EL SABOR DE LAS HECES. ¿De dónde el interés por los pobres?

Posted in Activismo desesperado, Autor mendicante, Breve nota bio-bibliográfica, Crítica de las sociedades democráticas occidentales, Descarga gratuita de los libros (PDF), Proyectos y últimos trabajos, Sala virtual de lecturas incomodantes. Biblioteca digital with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , on marzo 27, 2019 by Pedro García Olivo

COPRÓFAGO Y NECRÓFILO, COMO LAS GENTES MODERNAS

Me interesa el mundo de las “villas miseria”, de las favelas, de los asentamientos ilegales, del viviendismo marginal. Pero ¿por qué?
Un hombre que se desconoce tanto como yo, va a tropezar con dificultades insalvables para responder a esta pregunta. Si somos muchas personas a la vez, si cada uno de nosotros es un proceso vital donde la pluralidad, el cambio y la contradicción son rasgos fundamentales, como Freud solo reiteró, pues ya estaba dicho en la historia cultural europea, ¿desde quién y en cual de sus momentos, de entre todos los seres que me constituyen, voy a tomar la palabra para procurar comprender de dónde nace mi interés por la pobreza?

No lo sé; y es probable que quien empieza ahora a componer esta nota no sea ya la misma persona que la concluye y la firma…

Operaré por “descartes”:

1) Como mis naturales exigencias de “afirmación” y “autodefensa” ya no dependen de un Texto Sagrado, ni de la camaradería ruidosa con los explotados que propendía ese Oráculo (Biblia segunda que se titula “El Capital”), no lo hago entonces para contribuir a la Causa, suprema y universal, cínica y autojustificativa, de la Revolución… Desde que el comunismo y las militancias marxistas amigas de las urnas se convirtieron en el brazo izquierdo del Capitalismo, yo dejé de representarme y de presentarme como un “esclarecido luchador por la Emancipación de la Humanidad”. Me quité de encima un montón de mentiras auto-halagadoras…

2) Como mi comprensible necesidad de “afirmación” y “defensa propia” nunca ha requerido de “campos de trabajo” sociales o psico-sociales, de sucias intervenciones “pedagógicas” sobre la subjetividad de un otro vulnerable o marginado, para nada mi interés por las “villas miseria” deriva de las expectativas del “trabajo social”, la “labor en barrios”, los “proyectos para la integración” o las “estrategias educativas para la conscienciación transformadora de los oprimidos”. Estoy tan lejos de la Cruz Roja como de Paulo Freire, en el supuesto de que sus sotanas sean muy distintas…

3) Si mi interés por la pobreza ya no dimana de una Fe estúpida en el Relato de la Emancipación (toda fe es necia), ni de una voluntad mercenaria de intervención “reformista”, “progresista”, en la sociedad y en las mentalidades establecidas, todavía me resta una respuesta misericorde con mi propia condición: podría alegar que mi interés por la miseria responde a una “voluntad de saber”, a un sano instinto intelectual, a cierta linda clase de curiosidad… Pero, muy capaz de auto-engañarme, nunca he tenido suficiente fuerza turbia como para creerme tanta habladuría académica: hace mucho tiempo que la “voluntad de saber”, siendo desde siempre “voluntad de poder”, se convirtió por añadidura en “pretensión de enriquecimiento”, afán de ganancia, de venta, de hacer negocios… Por eso todas nuestras Universidades devinieron Antros Prostibulares y todos y cada uno de nuestros científicos, ya lo saben, son “vendidos que venden”.

Ni la Revolución, ni el Bienestar de las Poblaciones, ni el Saber… Alcanzando este punto, tras tres “descartes” fundamentales, empiezo a columbrar una hipótesis, un discurso explicativo, que nos llevaría al terreno de la necrofilia y de la coprofagia…

Cabe la posibilidad de que mi escritura, lo mismo que mi vida toda, se alimentara de lo negro, de lo triste, de lo muerto o moribundo, de lo feo, del horror, del sufrimiento y, al mismo tiempo, casi como condimento, de lo corrupto, podrido, vomitable, excretado, fecal… Cabe la posibilidad de que tanto el Relato de la Emancipación como la obsesión por la labor social y comunitaria en pos del progreso, no menos que el gusto perverso por la investigación y la publicación, contengan unos poderosos ingredientes necrófilos y coprófagos.

Creo, sí, que quienes se entregan a esas tres falacias, como yo mismo, han conocido o están conociendo “el sabor de las heces”. Estimo que la coprofagia y la necrofilia terminaron convirtiéndose en aspectos constitutivos de la civilización occidental.

Me cansé de explorarme, de perderme en la multitud de seres que me habitan, en la selva de las identidades transitorias que me configuran. Así que termino esta nota con dos fragmentos, compuestos cuando me miraba menos o me miraba de otra forma: “Mi patio de mierdas secas” y “El sabor de las heces”.

Mi Patio De Mierdas Secas

Rememoro hoy otra vivencia de la infancia que me emparenta espiritualmente con los tipos como Basilio. En la casa de mis padres no había inodoro propiamente dicho, y el pozo ciego que hacía sus veces se encontraba embozado nadie recuerda desde cuándo. Los excrementos flotaban a ras del orificio, y el olor se expandía libremente por toda la vivienda. Si uno estaba enfermo, todavía podía usar el váter inmundo, cuidando de no salpicarse con las urgencias de la evacuación. Pero si se hallaba sano, tenía que salir al patio, lo mismo en verano que en invierno, de día o de noche, y defecar donde eligiese. Medio desmoronados los muros, entre sus piedras se esparcían, insalvables y testimoniales, agrupamientos de zurullos más o menos blandos, con sus orlas de moscas verdes, rechonchas y ruidosas, y un espolvoreo de minúsculos mosquitos atarantados. Éramos muchos en casa… Para mí suponía casi una aventura salir al patio y buscar el lugar idóneo donde acuclillarme y desocupar. Rincones limpios, claros de heces, quedaban pocos, pedregosos y de difícil acceso, lo que nos obligaba a husmear por todas partes hasta acomodarnos en las parcelas transitables donde las mierdas ya se hubieran secado. La faena se hacía allí con mayor decoro, a salvo del mosquerío y del hedor extremo, aunque era inevitable regresar a casa con los zapatos enfangados.

Tengo la impresión de que Basilio debe experimentar sensaciones muy parecidas a las que me embargaban en aquel patio en ruinas cuando, todavía saboreando los postres, se dirige cada noche al cuchitril del mulo y busca dónde defecar sin pisar las deposiciones de las jornadas precedentes.

Las mierdas secas molestaban poco, y ya apenas olían. Por eso las estimábamos… Se diría que la enfermedad respetó un habitáculo tan insalubre, consintiendo que nos criáramos robustos y alegres -al igual que tampoco asedia la choza miserable del pastor, que acostumbra a cenar codo a codo con su perro, en la misma vasija donde después los gatos repelarán las sobras. Mucho habría que observar acerca de la obsesión higienista que domina hoy a las poblaciones…

Desde que el aseo personal sirve de base a un negocio, y conforme el hombre se aleja fatalmente de sus sustrato orgánico, las cosas más sencillas de este mundo tienden a convertirse en abstrusos ceremoniales. ¡Qué imagen más desalentadora, la de esos rebaños de mujeres revueltas contra su propia e individual olor corporal y apestando (todas) a una misma pócima francesa, hecha según parece con orín de gato como fijador y unas cuantas hierbas de laboratorio! ¡Y quién tuviera la fuerza de un Diógenes el Perro, humano-humano, dicen que cínico, dándose goce en el ágora! Reivindico hoy el corral de Basilio, donde se acumula el futuro abono de sus campos; y mi patio lleno de mierdas secas, en el que cagar era divertido y además se hacía al aire libre.

Aunque sea al precio de la incomprensión, el ser desesperado, en tanto animal humano, restituye la franqueza elemental con las necesidades de su cuerpo. Sin sublimarlas, las satisface con la máxima economía de medios. No ama: jode.

El Sabor De Las Heces

Por mi parte, si tuviera que elegir una escena de algún modo reveladora de mi espíritu, tal y como a veces se me representa, no dudaría en lo más mínimo: una sofocante noche de verano, después de cenar, acuclillado debajo de la mesa de camilla, oliendo el sudor de los pies de mis padres, que repelan sus platos como si fueran los últimos y comentan algo del poco dinero que va quedando, emigrantes en Barcelona, discriminados por ser murcianos (“de una puta y un gitano -decía el refrán- nació el primer murciano”), me introduzco el dedo índice en el culo y me lo llevo a la boca rebosante de mierda. Me gustaban las heces, porque estaban dulces; y me las comía después de cenar no solo para acabar de matar el hambre…

¿Qué se puede esperar de un coprófago miserable? Nada, que escriba si acaso. En el patio de mierdas secas que es este mundo, se buscará un rincón olvidado por las moscas y nos defecará alguna novela. Llena de mal gusto. Pésima. Como esta página.

Pedro García Olivo
http://www.pedrogarciaolivo.wordpress.com
Buenos Aires, 27 de marzo de 2019

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MANTENIENDO UN GRADO “SOPORTABLE” DE DESIGUALDAD EN LAS FORTUNAS

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Antonelle contra Babeuf, y ambos contra el progresismo liberal contemporáneo

Donde hay hombres que sufren, hay opresores;

y hay, por tanto, enemigos de la humanidad”

Fouché de Nantes, terrorista y hombre de Estado (1794)

I)

Si la historia de Occidente se hubiera detenido en el tramo final de la Revolución Francesa, casi nada nos hubiéramos perdido en términos de praxis e ideología política. Como el mayor laboratorio sociológico y politológico de la Modernidad, la Francia de fines del XVIII da cuenta, en lo concerniente a los discursos y las prácticas del poder y contra el poder, de casi todas las opciones, de casi todas las oposiciones, de casi todas las reconciliaciones. Se le escapó, sin duda, el demofascismo de nuestros días y el “pensamiento cero” que lo recubre. Pero poco más…

En el último lustro del siglo, un cruce de cartas entre Babeuf y Antonelle, del que nos ha quedado como un eco en El Tribuno del Pueblo (1), manifiesta de un modo muy bello la ruptura primera en las filas de la contestación menos sobornable: la fractura entre el utopismo revolucionario (Babeuf) y el reformismo radical (Antonelle). Habían sido compañeros, combatiendo en el mismo bando, el bando de los “patriotas”, como decían de sí mismos, de los “amigos del pueblo”, de los revolucionarios…

En ningún momento Babeuf respaldó al poder establecido, que se decantaba en sentido “burgués”, frenando y reprimiendo las aspiraciones populares. Al contrario… Desde El Tribuno del Pueblo denunció sin cesar, con una lucidez desacostumbrada (puro “olfato”, puro “instinto”) el giro conservador del proceso revolucionario, su definición meramente burguesa, la forma de despotismo político que instauraba (germen del “representantivismo” liberal, de la democracia de partidos; y cancelación de la democracia directa, popular, de índole asamblearia) (2) . Y señaló también el error de cuantos empezaban a aceptar las novísimas reglas del juego demo-liberales, pensando en hacerlas servir para un proyecto revolucionario, trampa en la que han caído (y están cayendo hoy) muchas organizaciones políticas nominalmente “anti-capitalistas” (3) …

El horizonte socio-político de Babeuf (que los historiadores tildaron de “utópico”, pero que él estimaba perfectamente alcanzable) se resume en lo que nombró “el estado de comunidad”, un orden plegado sobre la absoluta igualdad económica (que exigía el fin de la propiedad privada, con todos sus acólitos, la herencia entre ellos) y sobre la más depurada “democracia directa” (preeminencia de la Asamblea, de la Reunión de Ciudadanos). Lo primero era condición de lo segundo, y Babeuf lo señala sin descanso (4) . Era su meta: la igualdad en las fortunas

Antonelle, alcalde de Arles, y también “hombre de la Revolución”, se distancia de su amigo, poco a poco, en ese punto. Doscientos años más tarde, casi podemos comprender el “realismo” de Antonelle, hecho de desencanto, de desengaño, casi de desesperación: “Es demasiado tarde; el principio de la propiedad privada se ha encarnado en el individuo empírico, concreto, existente, y ya en modo alguno se desea su erradicación nadie anhela desposeerse o renunciar a la expectativa de posesión”. Aceptado el hombre “real”, de carne y hueso, el individuo “tangible” que asoma todos los días por las calles, solo cabe aspirar, como máximo, al mantenimiento de “un grado soportable de desigualdad en las fortunas”… —concluye el revolucionario desilusionado (5) .

Antonelle apela a la desnudez de lo dado, a la verdad indecorosa, a los hechos crudos; y Babeuf prefiere mirar a otra parte o, mejor, prefiere no mirar. Raya en la crueldad, el veredicto de Antonelle, capaz de herir todavía a las mejores inteligencias y a las más finas sensibilidades del microcosmos disidente: “Aceptando a los hombres tal y como son, tal y como se nos muestran en nuestros días, viéndolos y no soñándolos, no nos queda más meta radical que la de mantener un grado soportable de desigualdad en las fortunas”…

II)

Cabía, desde luego, “no aceptar” a los hombres; soñarlos “enfermos”, “dañados”, “dormidos”, pero aún así “sanables”, “reparables”, susceptibles de “despertar” y de encaminar hacia los paraísos de la Igualdad Extrema y del Estado de Comunidad. Babeuf, en algunos artículos, casi avanza por esta vía, con lo que inauguraría otra patraña, prefigurando un mito fundamental de la Modernidad: el mito de la Falsa Conciencia, de la Alienación (6) .

Quiere ese mito que los hombres no son, en esencia, lo que vemos de ellos; que, cuando los miramos, no percibimos su “ser propio”, sino un elaborado, una formación (mejor: una deformación), un compuesto de engaño y de auto-engaño, de ilusión administrada, de manipulación… En lugar de “aceptar” la apariencia de los hombres, habría que educarlos para que lograran al fin ser ellos mismos, para devolverlos a su identidad soterrada, negada, perseguida. Correspondería a una Minoría Esclarecida, “ilustrada”, llevar a cabo la tarea crítica, des-alienadora, concienciadora de sí… Surgiría entonces un Hombre Nuevo, más verdadero que el coetáneo, identificable con el hombre como tal en la medida en que se le arrancan las máscaras de la Falsa Conciencia y se le borran los estigmas de la Alienación… Una parte de la tradición marxista desarrolló este mito hasta extremos de holocausto.

El estalinismo se construye, en buena medida, sobre ese discurso de la no aceptación del hombre empírico y de la necesidad de su re-elaboración, su des-alienación. Pudo así “decretar”, por ejemplo, sin temblor de manos, la colectivización generalizada de la tierra (el “apego a la posesión” constituía un signo de la Conciencia Mistificada), impulsando, a hierro y sangre, el programa de la abolición de la propiedad privada. Sorteando la censura soviética, Medvedkin denunció este extremo en 1934, en su película La felicidad, obra no suficientemente recordada. Denigrando acaso los métodos, Babeuf hubiera aplaudido el resultado…

Y, cada vez que este magnífico “conspirador”, guillotinado por importunar (7) , se presenta a sí mismo como el Guía del Pueblo, el “instructor” de las masas, el “patriota” que contará a los oprimidos toda la verdad, explicándoles cómo deben luchar para conquistar lo que anhelan desde el fondo de sus corazones; cada vez que Babeuf se ama tanto a sí mismo, y se embriaga de sí mismo, vemos dibujarse, como reflejan las páginas de El Tribuno…, el fantasma del Mesianismo, de un Elitismo por “ilustración” superado desde la izquierda, el espectro del posterior “culto a la personalidad” estalinista:

El deber de este Tribuno es decir siempre a todo el pueblo en dónde está, lo que está hecho, lo que queda por hacer, dónde hay que ir y cómo, y por qué” (en “¿Qué hacer?”, número 36 de El Tribuno del Pueblo).

Solemnemente me he comprometido con el pueblo a mostrarle el camino de la felicidad común, a guiarle hasta el fin, a pesar de todos los esfuerzos del patriciado y del monarquismo…; a hacerle conocer el porqué de la revolución…; a probarle que ésta puede y debe tener por último resultado el bienestar y la felicidad, la satisfacción de las necesidades de todos” (en El Manifiesto de los Plebeyos”, número 25 de El Tribuno…).

¡Patriotas!(…). Os haré ser valientes, a pesar de vosotros, si es necesario. Os forzaré a luchar contra nuestros comunes enemigos” (en El Manifiesto…”).

Si Babeuf inaugura la vía del estalinismo (re-educación del pueblo a manos de las “capas ilustradas”, concienciación y movilización desde arriba, igualdad económica y estado de comunidad a cualquier precio,…), Antonelle marca el camino del reformismo liberal, una aceptación del estado de las cosas que desemboca, en nuestros días, en mitos no menos siniestros: el mito del “Capitalismo de rostro humano”, de la “moralización de la economía”, del “rescate ético de los mercados”, etc.

Hemos llegado un poco tarde, tanto el uno como el otro, si hemos venido al mundo con la misión de desengañar a los hombres sobre el derecho de propiedad. Las raíces de esta institución fatal son demasiado profundas y dominan todo; son ya inextirpables en los grandes y viejos pueblos…

La eventual posibilidad de un retorno a este orden de cosas tan simple y tan bueno (el estado de comunidad) quizá no es más que un sueño…

Todo lo más que se podría esperar, sería un grado soportable de desigualdad en las fortunas…

(Palabras de Antonelle, recogidas en La posibilidad del comunismo”, número 37 de El Tribuno…).

La fisura era insalvable… Babeuf anticipa el utopismo revolucionario sectario lo mismo que Antonelle preconiza, en el límite, el Estado del Bienestar.

III)

Pero hay, en el pensamiento de Babeuf, una veta radicalmente anti-despótica, que sirve también para la crítica del estalinismo; como hay en Antonelle un acento de franca indignación y una intencionalidad crítica que, aproximándolo a Babeuf, lo distancia del contemporáneo cinismo demo-liberal. Replico a Antonelle, pero no somos de ningún modo antagonistas”, anotó, clarividente, el editor de El Tribuno…, poco antes de ser ejecutado (8) .

Babeuf no admite otra fórmula política que la democracia asamblearia, no mediada, de base. Y denuncia el modo en que las burocracias, las oligarquías, los detentadores del poder tienden a desnaturalizar, infeccionar, corromper (“controlar”, a fin de cuentas) el funcionamiento de los comités, de las asambleas populares, de las reuniones de los ciudadanos. Adelanta ahí la crítica del estalinismo como corrupción de la democracia directa. El título que eligió para uno de sus artículos es harto elocuente: Gobierno revolucionario, talismán que oculta todos los abusos” (número 25 de El Tribuno…).

El hombre que ha consentido una vez beber en la copa de la autoridad sin límites, es un tirano y lo será siempre. La libertad está perdida en sus manos, puesto que él se sitúa por encima de las leyes; y en el país en el que se ha hecho una revolución para la libertad, una tal creación, no importa que se le llama gobierno revolucionario, es la contrarrevolución misma” (número 25).

Y Antonelle anuncia un reformismo de estructura no-cínica, “honesto” podríamos decir, un reformismo sincero, a salvo de la hipocresía, un reformismo distinto al que hoy se ejerce en beneficio de la conservación…

[Antonelle], me das la razón en cuanto a los fundamentos del famoso derecho de propiedad. Convienes conmigo en la ilegitimidad de este derecho. Afirmas que es una de las más “deplorables creaciones” del error humano. Reconoces, también, que es de ahí de donde derivan todos nuestros vicios, nuestras pasiones, nuestros crímenes, nuestros males todos…

¡Qué confesión! ¿Lo habéis oído, millón de ricos desalmados, banda de infames expoliadores de los veinticuatro millones de hombres útiles, cuyos brazos actúan para mantener vuestra holgazanería y vuestra barbarie? (Babeuf, glosando a Antonelle, en La posibilidad del comunismo”).

Cuando Antonelle habla del “grado soportable” de desigualdad, está diciendo más bien “grado tolerable”, grado éticamente admisible, un grado deseablemente bajo. Está pensando en la fórmula de Rousseau: “Que todos tengan lo necesario y nadie en demasía”. Sin abominar ya del hecho en sí de la desigualdad, y sin apostar por la proscripción de la propiedad privada, deja abierta, no obstante, la vía de una intervención política para moderar los contrastes, atenuar las distancias. El demofascismo liberal no habla de “grado soportable” en la acepción de Antonelle: está pensando en un grado “socialmente” sostenible, en una contabilidad del sufrimiento y de su aguante, en la magnitud de desigualdad que cabe reproducir sin que acontezca un estallido social… La “soportabilidad” no es ya “ética”, sino socio-estadística, objeto de pesquisa.

Si todavía se puede ensanchar la brecha socio-económica sin que ocurra nada importante, esa brecha debe profundizarse”. Este es el axioma que se está aplicando, con el pretexto de la crisis, en muchas democracias occidentales… Está claro, valga el ejemplo, que, en España, el “grado soportable” de desigualdad es hoy mayor, a pesar de todo, que el “grado efectivamente soportado”, por lo que, calculadamente, se martilleará todavía más a los desfavorecidos. “Ya que los humildes y los pobres de España pueden sobrellevar un grado mayor de desigualdad, los haremos un poco más humildes y bastante más pobres”.

Antonelle clamaría ante esta perspectiva: su “grado soportable” es, casi, una determinación crítico-cultural, una conclusión ético-filosófica; y su deseo es, inequívocamente, el de una atención reparadora a la fractura social, el de un acortamiento progresivo de la distancia material entre ricos y pobres…

IV)

Contra el liberalismo del siglo XXI, Babeuf y Antonelle esgrimen, desde el ayer, “discursos de la verdad”, unívocos, sin doble fondo, sin trastienda… Cabe optar por uno o por otro, pero ese discurso “dice” lo que se piensa y no solo “piensa” lo que se dice.

En la actualidad, el progresismo liberal, de estructura netamente cínica (Sloterdijk), “piensa” efectivamente lo que tiene que decir pues ha de dosificar la mentira, la media verdad, el silencio, la reiteración hipnótica…; pero ya no “dice” lo que piensa. Se calla lo que de hecho piensa, por razones de cálculo electoral, de “política de la realidad”, de preservación de los intereses hegemónicos, de gestión de la opinión pública,… “Saber lo que se hace y seguir adelante”: esta es la fórmula del cinismo contemporáneo. “Conocer la infamia de lo que se hace, el horror que se propende, y perseverar no obstante en lo mismo”.

Los agentes políticos que, por acercar la argumentación, hoy en España están acabando con un engendro conocido como “Estado del Bienestar” (¿bienestar de quién?, ¿qué bienestar?), los actores empeñados en dinamitar a conciencia ese tinglado, aún así engañoso, proclaman justamente estar tomando medidas “impopulares” para salvarlo. Saben lo que hacen (desmantelar una modalidad de gobierno de las poblaciones que ya no les sirve, aunque con ello se ahonde la grieta social), pero no lo dicen. Saben lo que hacen (fingir, engañar, idiotizar, en beneficio de los opulentos), y siguen adelante.

V)

Aquel formidable laboratorio socio-político de la Modernidad que los historiadores nombraron “Revolución Francesa” anticipó ya casi todas las propuestas que habrían de desarrollarse en los siglos siguientes. En aquellos años, despuntaron las formas vigentes del utopismo revolucionario, del reformismo, del terrorismo (sectario y de Estado), del conservadurismo democrático, del populismo, del despotismo de las burocracias,… Solo una opción, la más terrible, puede presumir hoy de no estar “preconcebida” en aquellas turbulencias de fines del XVIII; solo una opción puede presentarse como “radiante novedad”: el demofascismo occidental, síntesis de docilidad en las poblaciones, disolución de la diferencia en inofensiva diversidad, expansionismo exterior, dulcificación de las posiciones subsistentes de autoridad e invisibilización de los mecanismos de poder y de las estructuras de dominación. La forma de subjetividad (única) que le corresponde es el “policía de sí mismo”. Y, al nivel de los discursos y de las prácticas políticas, el rasgo que lo distingue es el de un cinismo insuperable (9) .

Ante lo que ha significado en la contemporaneidad un Obama a escala global (o un Zapatero, en nuestro Estado), vale decir: la personificación del demofascismo, del cinismo liberal, Babeuf y Antonelle, a pesar de sus discrepancias, hubieran vuelto a luchar juntos. Nosotros, estando de acuerdo con uno y otro en tantas cosas, apenas lo hicimos…

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NOTAS

(1) El Tribuno del Pueblo, Ediciones Roca, México, 1975 (compilación de los más importantes escritos de Graco Babeuf, aparecidos en el periódico del mismo nombre en la década de los noventa del siglo XVIII). La polémica con Antonelle se recoge en el número 42 de El Tribuno del Pueblo, en el artículo titulado La posibilidad del comunismo” (págs. 115-142 del libro publicado por Ediciones Roca).

(2) “¿No ven que ya no se guillotina, que no se fusila, que no se nos ahoga como en tiempo de Robespierre, y que se dice y escribe más o menos lo que se quiere? ¿De qué os quejáis? (…) Pero el pueblo no ve en la creación de este rebaño de esclavos más que el medio de que se sirven todos los déspotas para multiplicar las raíces y sostenes de sus dominación. El pueblo no percibe ya las formas populares, democráticas, republicanas; se ve aniquilado, se ve reducido a nada (…). La República se sabe decepcionada, engañada, traicionada; conoce que se halla realmente bajo un gobierno aristocrático” (Gobierno Revolucionario: talismán que oculta todos los abusos”, op. cit., págs. 16-19). Este mismo análisis se retoma en “El Manifiesto de los Plebeyos”: “En vosotros (dirigentes) se nota el gran efecto de la moral del día, cuyas admirables máximas son: paz, concordia, calma, reposo, a pesar de que morimos casi todos de hambre; fijado está definitivamente, tras seis años de esfuerzo para conquistar la libertad y la felicidad, que el pueblo será vencido; resuelto está que todo debe ser sacrificado a la tranquilidad de un pequeño número; la mayoría no está aquí abajo más que para satisfacer sus pequeños placeres” (op. cit., pág. 43).

(3) En El Manifiesto…”, Babeuf adelanta la crítica de las estrategias políticas “entristas”, que confían en transformar el sistema político burgués participando en las instituciones y en el juego electoral. La “actualidad” de su denuncia es sorprendente, y no solo en lo que concierne al Estado español…

Dicen (los ultrapatriotas): Es necesaria la táctica; es necesario que los patriotas sepan ser políticos. Bien sabemos que todos los derechos del pueblo son usurpados o violados; bien sabemos que es avasallado y desgraciado. Pero no podemos salvarlo más que gradualmente. Hagamos como que damos nuestro asentimiento al gobierno usurpador (…), pero conservaremos contra él nuestra segunda intención. Trataremos de aumentar nuestro partido, ganando de nuevo a la opinión pública; y cuando seamos bastante fuertes, nos lanzaremos sobre los fautores de opresión. He aquí una mala imitación de Maquiavelo (…).

Pero los patriotas, con su sistema de silencio y de segundas intenciones, se engañan ellos mismos. Creen, como he dicho, que el gobierno no ve nada de lo que proyectan ni de lo que quieren hacer; sin embargo es él quien ve todo. Los patriotas, además, piensan que el pueblo percibe su secreto, que lo comparte y que se unirá a ellos cuando lo deseen. Pero es precisamente el pueblo, al que no se le comunica nada, al que no se le dice ya nada contra los que dirigen; es precisamente el pueblo el único engañado con el pretendido misterio. No lo comprende (…), se vuelve completamente indiferente y ajeno a los asuntos públicos(…).

El pueblo se aísla de este puñado de patriotas activos, el cual, solo y abandonado, se convierte en la pequeña, muy pequeña, “facción de los prudentes”, objeto de burlas, porque, de tan débil que es, resulta nula e impotente. Es así como la bonita política de los patriotas se vuelve contra ellos mismos.

El gobierno (…) aplaude el sistema del silencio (…). Tenderá también a diseminar a este resto de patriotas (…). Consentirá incluso en colocarlos dentro de la administración (…), para que se transformen en hombres vinculados al gobierno y al orden establecido (…). El pueblo, ya fatigado e indiferente (…), no pensará más que en el pan.

¡Y todo ello será el resultado de nuestra famosa táctica, de nuestra política incomparable!” (en El Manifesto…”, op. cit., págs. 52-54).

(4) “Escuchad a Diderot: (…) Discurrid tanto como os plazca -dice- sobre la mejor forma de gobierno; nada habréis hecho mientras no destruyáis los gérmenes de la codicia y de la ambición (…). En la mejor forma de gobierno es necesario que haya imposibilidad para todos los gobernados de devenir más ricos o más poderosos que cada uno de sus hermanos” (El Manifiesto…”, op. cit., pág. 74).

(5) En “La posibilidad del comunismo”, op. cit., pág. 121.

(6) “Que únicamente la democracia puede asegurarles su felicidad (…). Que se le demuestre esto enseguida, y enseguida el pueblo se despertará, aunque esté profundamente adormecido, y será conquistado para él mismo y para sus verdaderos defensores” (en El Manifiesto…”, op. cit., pág. 58).

(7) El diez de mayo de 1796 la policía del Directorio detiene a 47 “patriotas”, Babeuf entre ellos, precisamente por conspirar, por organizar la llamada “Conjura de los Iguales”. El editor de El Tribuno del Pueblo será condenado a muerte…

(8) En La posibilidad…”, op. cit., pág. 115.

(9) Remitimos a nuestro ensayo El enigma de la docilidad, reeditado por Virus en el otoño de 2009.

Grado soportable de desigualdad en las fortunas PDF

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En forma de libelo, «Grado soportable de desigualdad en las fortunas» ha sido publicado, en Valencia, por Ediciones Marginales: https://edicionesmarginales.wordpress.com/2019/01/10/novedad-antonelle-contra-babeuf/?fbclid=IwAR0rlCcbO-TEQKJ4GnNxpbyRcTnHvGP4crWoTDnatRgYSueqang792y-mxs

Pedro García Olivo
Buenos Aires, 17 de febrero de 2019
http://www.pedrogarciaolivo.wordpress.com

QUIEN NO SABE QUÉ HACER CON SU VIDA MIENTRAS VIVE  (Y LAS GENTES DEL MISMO CÍRCULO, OCUPANTES DEL HOYO)

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1.

‭“‬El que no sabe qué hacer con su vida mientras vive necesita una de sus manos para desviar un poco la desesperación por su destino‭ (‬y aún eso de modo imperfecto‭)‬,‭ ‬pero con la otra puede tomar nota de lo que ve por debajo de las ruinas,‭ ‬porque ve cosas diferentes y en más abundancia que los otros‭; ‬es,‭ ‬sin duda,‭ ‬un muerto en vida y,‭ ‬a la vez,‭ ‬el único superviviente,‭ ‬lo cual no presupone que no necesite las dos manos,‭ ‬y más,‭ ‬si las tuviera,‭ ‬para luchar contra la desesperación…‭”.

‭Kafka

“Dentro del mismo círculo,‭ ‬lo que se sabe es siempre lo mismo.‭ ‬Las conversaciones mantenidas por dos hombres del mismo círculo solo sirven para llenar el hueco del tiempo.‭ ‬Algunas veces uno de ellos mira al suelo,‭ ‬y el otro el vuelo de un ave‭; ‬en tales diferencias se materializa su trato.‭ ‬Otras veces se unen en la fe y,‭ ‬juntas las cabezas,‭ ‬se entusiasman mirando a lo alto…‭ ‬Pero el reconocimiento de la propia ligazón solo se manifiesta cuando ambos bajan la cabeza al mismo tiempo y el martillo común desciende sobre ellos‭”.
‭Dostoievski

“Habíamos cavado un hoyo en la arena.‭ ‬Por la noche nos enroscábamos todos juntos en el interior del hoyo‭; ‬nuestro padre lo cubría con troncos de árbol y ponía ramajes encima,‭ ‬lo que nos protegía dentro de lo posible de las tormentas y de los animales.‭ ‬Después nos quedábamos dormidos casi a la vez.‭ ‬El hoyo resultaba demasiado estrecho para nosotros,‭ ‬pero habríamos tenido miedo de no haber podido pasar la noche tan apretados y amontonados‭”.
‭Kafka

“Incluso un hombre del círculo como yo puede intuir que‭ ‬el hoyo no es una trinchera y que‭ ‬escarbar no es el arma.‭ ‬Hasta un hombre del círculo como yo puede atisbar que‭ ‬no hay más enemigo que el Padre.‭ ‬Y que no se sale del hoyo trepando por la pendiente‭ –‬allí arriba os espera el Padre.‭ ‬Incluso un hombre del hoyo como yo puede abducir que‭ ‬las tormentas y los animales,‭ ‬bajo su horror aparente,‭ ‬son vuestros secretos aliados,‭ ‬como vuestros hermanos y compañeros son los aliados secretos del Padre…‭ ‬Solo escapará del hoyo aquel que sepa blandir el cuchillo entre sus hermanos,‭ ‬hasta rodearse de cadáveres y pisar la sangre de sus compañeros‭ –‬aquel que haya acabado literalmente con todos los hombres de su círculo.‭ ‬No habrá salvación colectiva.‭ ‬Y,‭ ‬por supuesto,‭ ‬el que escape del hoyo no sabrá en adelante qué hacer con su vida.‭ ‬Kafka pudo hablarnos de él‭ –‬yo solo sé que ese será el martillo”.
De «El husmo…»

2.
A propósito de un hombre del círculo, que fuera mi mejor amigo, compañero de hoyo, comunista convencido represaliado por Pinochet…

‭“‬Un mar helado en sus ojos‭”

Dejando a un lado que es,‭ ‬por añadidura,‭ ‬una mirada homicida,‭ ‬fulgor de un rostro por cuyos ojos la muerte mira y habla y mata,‭ ‬me interrogo acerca de su insondable dureza.‭ ‬No es la mirada atisbona de un dictador o la expresión de lerdo regodeo de un burócrata estalinista‭ (‬ojos de rata en la oscuridad o de pavo cebón sobre la mesa de cocina‭)‬,‭ ‬pero tampoco es la aterrorizada mirada que Goya soñó en Saturno.‭

Como no hay en ella locura,‭ ‬aún menos cobijo presta a la inocencia:‭ ‬la dureza de esa mirada se fragua bajo un cielo todavía más inclemente‭ –‬fuego que se hace roca,‭ ‬alfanje remoto de pedrería,‭ ‬la cuchilla de ese torvo semblante distingue a un ser que hubiera sido capaz de matar por sus ideas y,‭ ‬por tanto,‭ ‬de morir bajo el yugo de sus ideas.

No es,‭ ‬simplemente,‭ ‬la mirada adusta y disecante de un fanático:‭ ‬el pedernal incendiario de sus pupilas delata a un hombre que cree saber en qué se diferencian sus convencimientos de los convencimientos de un fanático.‭ ‬Aparece,‭ ‬así,‭ ‬como un fanático doblado a sí mismo,‭ ‬un fanático a la segunda potencia…‭

Sin ser los ojos de un guerrero,‭ ‬sí son los ojos de un pensamiento que guerrea a la desesperada,‭ ‬hendiendo el aire con la roma espada de su verdad caduca y sin alcanzar jamás a un Enemigo antiguo que,‭ ‬de tanto haberlo odiado,‭ ‬ya empieza a amar en secreto.

Como no persigue exclusivamente su propio interés,‭ ‬como no piensa de ese modo para salvarse o salvar a los suyos,‭ ‬no hay ambigüedad en sus ojos.‭ ‬Su mirada es pura,‭ ‬noble,‭ ‬límpida como el agua helada y helada como la ausencia de confusión:‭ ‬en el frío de sus ojos se congela un mar en calma,‭ ‬profundo,‭ ‬inmenso,‭ ‬amenazador.

No son los ojos escrutadores de un errabundo que halle consuelo en desnudar el alma de los demás y apenas sí ilumine con ese humilde candelero la senda,‭ ‬nevada de estrellas,‭ ‬de su bello extravío‭; ‬no brilla su iris escarchado al sol de la arqueología‭; ‬ni siquiera arañan la superficie herida de los hombres.‭ ‬Juegan a ello,‭ ‬como a la guerra el niño y el adulto al amor,‭ ‬pero tan solo juegan.‭ ‬Y,‭ ‬mientras fingen ese humano rebajamiento,‭ ‬se dedican a otra cosa.

Es cortante de suyo esa mirada,‭ ‬de suyo es oscura como un pozo.‭ ‬Es,‭ ‬en primer lugar,‭ ‬una mirada acusadora,‭ ‬en la que se denuncia y condena por un solo movimiento:‭ ‬la mirada del Juez dictando sentencia‭ –‬dictando siempre una sentencia de culpabilidad.‭ ‬No es la mirada del verdugo,‭ ‬ni la del sacerdote asistiendo por última vez al desahuciado.‭ ‬Siendo la mirada de un juez de hierro,‭ ‬es también la mirada del condenado que afronta con orgullo su propio destino.‭ ‬Sabiéndose más íntegro que el juez,‭ ‬que el público y que el cronista,‭ ‬persuadido de su necesidad y de su valor,‭ ‬este reo irredimible,‭ ‬escapado de una novela de Genet,‭ ‬ha juzgado asimismo a los magistrados que se ocuparon de su caso.‭ ‬Y los ha encontrado culpables,‭ ‬no importa si de bondad o de crimen consentido.‭ ‬En su mirada se funde el orgullo de acabar en la horca con la satisfacción de haber decapitado simbólicamente a quienes,‭ ‬por ritual o por encargo,‭ ‬se atrevieron a encausarlo.

Este hombre de los ojos de hielo se aferra a sus ideas para no perecer de levedad y para saber aproximadamente quién se despierta en su cuerpo cada mañana.‭ ‬Echó raíces en su pensamiento para que no lo arrastrara el arroyo de la vida ligera y por la común costumbre de hollar caminos de otro.‭

Por eso,‭ ‬en un tiempo en que la conmoción y el vértigo se ungen de Iglesia,‭ ‬en que las doctrinas estallan como los corazones y revelan su estruendoso vacío,‭ ‬en que se arremolinan los deseos en torno a hogueras de mezquindad y servilismo,‭ ‬en que las certezas enloquecen y se torna vagabunda la inteligencia,‭ ‬tiempo de las consignas furtivas,‭ ‬de las patrias sembradas de sal y de los discursos de humo,‭ ‬en estos días de ocaso y tránsito,‭ ‬de túnel y abismo,‭ ‬él no parpadea‭ –‬o mejor,‭ ‬su pensamiento,‭ ‬solo uno y siempre el mismo,‭ ‬no parpadea…‭

Condenado a vivir con un cadáver en la consciencia,‭ ‬con una ideología cadáver y hasta con el fósil doctrinal de esa ideología enquistado en la consciencia,‭ ‬más que pensar este hombre espera.‭ ‬Acepta el cruel veredicto de la época sobre su conducta pretérita con un gesto gastado de arrogancia y de sabiduría fingida,‭ ‬y acusa a quienes vuelven la espalda a la Razón‭ (‬su norte y su infierno‭) ‬de haber perdido el rumbo.

Ante la ventana de sus ojos no hay una piedra atravesada que dificulte la observación de lo real:‭ ‬hay un muro de ladrillos con una Biblia segunda pendiendo de un triste clavo,‭ ‬con una Biblia abierta por su penúltima página y a punto de caer.‭ ‬Cuando,‭ ‬sin caer el Capital,‭ ‬su libro caiga,‭ ‬cuando caiga con la Biblia también el clavo,‭ ‬y nada,‭ ‬salvo el horrible muro,‭ ‬se entregue a sus sentidos,‭ ‬entonces cerrará los ojos.‭ ‬Mientras tanto,‭ ‬este hombre de inhóspita mirada contemplará el mundo a través de sus ajadas páginas‭ –‬a través de lo que un segundo Mesías escribió para otorgar una hermosa patria de papel a los luchadores chinescos como él,‭ ‬combatientes de corazón de piedra y mano de acero,‭ ‬hombres de un mar helado en los ojos y en los labios un desierto de ceniza.

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Pedro García Olivo
www.pedrogarciaolivo.wordpress.com
Buenos Aires, 12 de mayo de 2018

LA FUGA, EL ÍDOLO MÁS CRUEL

Posted in Activismo desesperado, Autor mendicante, Breve nota bio-bibliográfica, Crítica de las sociedades democráticas occidentales with tags , , , , , , , , , , , , , , , , on marzo 21, 2018 by Pedro García Olivo

De militancias y de deserciones

(¡TAN GRANDE, LA DISTANCIA QUE NOS UNE!)

¿Hay «caracteres sedentarios» para quienes la lucha política y social se resuelve bajo los modos de la instalación (en un partido que se proclama «revolucionario», una profesión que se pretende «contrahegemónica», una ideología que se nombra «verdadera» o «científica», etcétera) y, frente a ellos, formas de subjetividad abrazadas a los motivos de la «fuga», de la movilidad incesante y de la reinvención? ¿Hay personas que se estiman rebeldes, inconformistas, “comprometidas”, “conscientes”, solidarias…, justamente por arraigar, por plantar las tiendas de su oposición en fórmulas dadas, consagradas, en prácticas vetustas, ritualizadas, en poses venerables que inventaron los venerados para uso de los desposeídos? Y, al lado, o enfrente, ¿hay seres que cultivan su presunción de beligerancia desde una épica del romper, saltar, partir, escapar? ¿Hay, de una parte, “militantes” y, de otra, “fugitivos”?

El texto que comparto procede de una novela en elaboración (“El espíritu de la fuga”), y esboza la distancia enorme que unía a dos amigos. De un lado, Juan Contreras Figueroa, militante comunista chileno, exiliado en los tiempos de Pinochet, con toda su familia encarcelada y desaparecida bajo la Dictadura, cooperante armado de muchos proyectos guerrilleros africanos, sociólogo e historiador marxista. De otro, Víctor Araya, mi “alter ego”, un fugitivo sin más, desertor de todo, espiritualmente libertario. Juan toma la pluma en cierta medida contra Víctor, su mejor amigo. Una enorme distancia unía al sedentario y al nómada…

[Me hice amigo de Juan Contreras en la Budapest del bienestar comunista (1987). El Muro de Berlín cayó, para entusiasmo de las democracia occidentales. Cayó también sobre nosotros… Los anticapitalistas declarados fuimos expulsados, pues nada aportábamos ya a un país que se sentía orgulloso de retomar la senda del liberalismo burgués. Él regreso a La Serena, en Chile, y yo me fui a Ademuz. Juan murió hace dos años. Hace poco estuve en La Serena, para dar una charla en un local ocupado: un marxista convencido como él no se hubiera pasado nunca por un centro así, orgullosamente anarquista. Pero sentí su espíritu sobre la sala y su huella palpitó en mis palabras…]

* * * * * * *

LA FUGA, EL ÍDOLO MÁS CRUEL

La Fuga. He aquí otra hermosa fantasía de Araya. Otra quimera… Me consta que, durante muchos años, Víctor Araya permitió que los ídola de la Huida, de la pasión errática, determinaran sus más importantes decisiones vitales. Por “creer” en la Fuga abandonó, quizás precipitadamente, todo aquello que había conquistado o que le había sido concedido, los frutos de su esfuerzo y los regalos de la fortuna. ¡Con qué periódica obstinación se obligó Araya a renacer, a empezar de nuevo, a abrirse otra vez un hueco en este mundo! ¡Y cuántas cosas valiosísimas para el común de los mortales arrojó alegremente por la borda! ¡De cuánto se desposeyó a sí mismo! ¡De cuánto se privó!

Como en el caso de la Sexualidad Poética, el mito de la Fuga se alimenta en Araya, a la vez, de un criterio político-ideológico y de una oscura inclinación de su carácter un antojo inextinguible de su voluntad. En El Irresponsable se avanzaba la justificación teórica de esta exigencia de la huida, particularmente en el capítulo décimo, titulado, con toda elocuencia, “Huir, el arma”

Huir, el arma

Esquizofrenia y Corrosión

Presentimos una verdad que vosotros, pobres ratas,

ni siquiera os atrevéis a imaginar:

Esquizofrenia”.

Eskorbuto

La lucha política contra la Institución no puede concebirse al margen de un peligroso proceso esquizofrénico (…). El Esquizo escapa. Escapa a toda definición porque, trabajando oscilante y hasta simultáneamente como profesor-policía, profesor-verdugo, profesor-amigo, profesor-cómplice, profesor-ausente, profesor-conciencia, profesor-experto, profesor-payaso, no-profesor, profesor-suicida,…, añade siempre un plus desquiciante que desborda cualquier modelo y arruina la pretensión carcelaria del prototipo. Solo su movilidad incesante le permite huir, transgredir el Orden de la Escuela hasta el momento de la quiebra definitiva.

Mientras el Ingeniero de los Métodos Alternativos se atrinchera en un Modelo presuntamente progresista o emancipador, convirtiéndose así en un “prisionero de su propio ideal”, fácilmente capturable por la empresa legitimadora…, el Esquizo se hace cargo de la imposibilidad de la coherencia, de la inevitabilidad de la traición, para buscar en la promiscuidad de las Máscaras y en la colisión de los Disfraces la condición profunda de la Corrosión. Sabe que la Escuela siembra la contradicción en la práctica de los rebeldes y prepara luego la ilusión de la unidad como conquista, de la consistencia como propósito, con el objeto de agotar sus fuerzas en una guerra sin enemigos. Sabe que la neurosis espera al reformista desilusionado y pese a todo inquieto, como la esquizofrenia aguarda al irresponsable que no quiere dejar de serlo.

El Esquizo se distingue del Ingeniero en que ha comprendido que la “reforma” es solo un refugio y, por ende, nada menos que una trampa. Y en que no reniega de la inconsistencia radical, de la incoherencia manifiesta hasta ese punto ama Lo Necesario. Artaud lo vio: “Heliogábalo o el anarquista coronado”. El Irresponsable como contra-profesor magistral, como pedagogo de la deseducación o educador en la anti-pedagogía.

El Esquizo huye. Huye de cada figura para caer en todas las demás, para acabar con todas las demás. Es lo que destruye al destruirse, y evita los lugares de complicidad al instalarse en ellos solo por un momento y partir de nuevo hacia ninguna parte. Al borde siempre de cualquier cosa, huye de sí mismo tanto como de los otros: por eso, no se tira de los cabellos, no se queja, desconfía de los que sufren y se entretiene en los desniveles de la risa. “A los que dicen que huir no es valeroso, responde: ¿Quién no es fuga? El valor radica, más bien, en aceptar el huir antes que vivir quieta e hipócritamente en falsos refugios. Es posible que yo huya, pero a lo largo de toda mi huida busco un arma” (G. Deleuze).

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Esta obsesión (la de “evitar los lugares de complicidad”; la de no tolerar que, en razón de una permanencia o de un enquistamiento, el Sistema lo “asimilara”), exacerbada quizás por alguna moda literaria o filosófica de la época, o por el retallecer de cierta prescriptiva libertaria heterodoxa, puesta más tarde en cuarentena por el brutal auto-criticismo de Desesperar, se recobra no obstante, si bien amortiguada y bajo los nuevos acordes de una caución teñida de melancolía, en la Carta a Fernando Hilador:

He transformado el escapismo en una estrategia personal de la Fuga. Evitar los lugares de complicidad, de connivencia con los sujetos de la opresión política y económica: esa es mi meta. Incapaz de obedecer, negarme también a mandar. Renunciar a servirme del trabajo de otro hombre, ya que no consiento que nadie me explote. Esquivar, por medio de la Fuga, las cláusulas de solidaridad con el sistema de dominación imperante, sortear los cepos de una aquiescencia culpable ante Lo Dado. Subsistir a salvo del salario y de la nómina no menos que del beneficio empresarial o de la renta bancaria. Que no se me identifique con un empresario, ni se me confunda con un obrero. Desterrar la mentalidad del empleado lo mismo que la del gobernante. Que no se me encuentre arriba, ni tampoco abajo. Que no se me encuentre. O que se me encuentre en otro lugar, no se sabría decir dónde. De ahí las cabras, en parte… No es este, por supuesto, un modelo intersubjetivamente válido, un ideal que se pueda proponer a todo el cuerpo social. Pero a mí me sirve. Me sirve, sobre todo, para acallar, no por cuánto tiempo, a mi peor enemigo: esta consciencia mía, desgraciada y vigilante.

* * *

El discurso de la Fuga resulta, pues, de la sinergia de esas dos instancias que han pesado como una condena sobre la vida de Araya: una consigna política y una disposición de la personalidad, un “arma” y un “talante”. Así aparece en la novela que estáis leyendo y así se presentaba en El Irresponsable:

Sin hogar

Nómada, siempre nómada

Cuando caiga, lloraré de felicidad”

S. Beckett

Sin Hogar. El Apátrida se declara “nómada, siempre nómada”. Nada logrará jamás detenerle retenerle. Nadie lo poseerá. Nunca se convertirá en el siervo de sus propiedades, recluso de la Familia, esclavo de una pasión. Para aprender a huir tuvo que abandonar primero el Hogar de Sus Padres y, más tarde, Su Propio Hogar. Para enseñar a huir tendrá que abandonar además el Hogar de Sus Gentes esos amigos “bastante escandalizadores pero monocordes a su manera”, aquellos bares inequívocos, las conversaciones del café rojo, las preguntas exigidas y las respuestas de siempre tan exaltadas como siempre, las ceremonias narcóticas de la Lucha de los Lúcidos, y los ritos tranquilizadores del Viejo Compromiso… Abandonar el Hogar de Sus Gentes: sin duda, la deserción definitiva, la huida en la huida y hasta de la huida, la fuga que ya es la Fuga (…).

Una Ruptura tal no esconde ya secretas continuidades, no promueve insidiosamente el enmascaramiento de lo Mismo bajo el falso ropaje de lo Inédito. Como Último Viaje (desplazamiento vertical, desprendimiento), borra todas las huellas, arrincona la fidelidad al pasado y transforma repentinamente al viajero construye al Viajero como negación festiva de cualquier Refugio, de cualquier Hogar, de cualquier Patria. La Evasión Radical: reivindicación inactual del vagabundo, de la intemperie, del cielo proscrito por nuestros techos conyugales y a punto de ser alquilado.

El Apátrida abandona la Escuela porque no puede soportar por más tiempo el Éxito momentáneo de su práctica corrosiva. Suspende la lucha política en la Institución porque no aguanta ni un segundo más la Victoria provisional de su estrategia del sabotaje. Sentirse molesto por arraigar en el éxito, saberse incapaz de instalarse en la victoria: he aquí la señal del Apátrida. “Huyendo a tiempo…”. Solo así conserva la esperanza de que la Máquina no termine integrándolo como signo de salud, momento del Engranaje, dinámica reproductora. “Recuperemos el sentido de lo perecedero y echemos a correr antes de que se nos atrofien las piernas o nos las roben”: esta es su consigna. “No ve nada duradero. Pero por eso mismo ve caminos por todas partes. Donde otros tropiezan con muros o montañas, él ve también un camino. Y como lo ve por todas partes, por eso tiene siempre algo que dejar en la cuneta. Y no siempre con áspera violencia, a veces con violencia refinada. Como por todas partes ve caminos, siempre está en la encrucijada. En ningún instante es capaz de saber lo que traerá consigo el próximo. Hace escombros de lo existente, y no por los escombros mismos, sino por el camino que pasa a través de ellos” (Benjamin).

* * *

Sostengo, en relación con este punto, la tesis de que, si bien Víctor pudo, en un momento dado, “dejar de creer” en la Fuga como panacea política, como estrategia de lucha, y llegó a desengañarse de sus propias soflamas, pasando a cuchillo, uno tras otro, todos sus ideales, todas sus ensoñaciones, desde la Sexualidad sin Figura a la Vida como Obra, desde el Suicidio Antiguo a la “fuga que ya es la Fuga”, etcétera un arrumbamiento de su armadura mitológica particular que, curiosamente, trabajaba en beneficio de un super-mito, de un mega-mito, el de la Desesperación, como si este hombre paradójico solo supiera des-mitificar para re-mitificar, deicida e idólatra al mismo tiempo, “mitóvoro” siempre…, lo que ya no estuvo en sus manos, lo que en modo alguno logró, fue dejar de ser en sí mismo un fugitivo, un implacable “espíritu de la fuga”, aplastar aquel erizo de la sed de tempestad que se despertaba de vez en cuando en su cerebro y trashumaba dolorosamente hasta su corazón, incitando a los estragos del abandono repentino y de la partida crudelísima.

Y creo que, habiendo minado el edificio intelectual de la Fuga, pero recogiendo y guardando casi con veneración los cascotes, esos pequeños agregados de ideas; morando todavía, por así decirlo, entre sus escombros, como si llevara para siempre en el alma las ruinas, acaso irreemplazables, de su más soberbia construcción, Víctor Araya se ha fugado de hecho, se ha fugado en la verdad palpable de las cosas, en la realidad inmediata y consumada del acontecimiento. Víctor ha sido una vez más él mismo y ha hecho lo de siempre: romper, tirar, huir,… Y siento ahora la tentación de añadir que mi amigo debe haberse fugado, a pesar de todo, como creyente, “buscando un arma”, tal el hijo pródigo de una inflexible teodicea de la Huida, gacha la cabeza de arrepentimiento y herida la sensibilidad por un imprudente exceso de hogar. Probablemente, Araya “creyó” para “descreer” y, al fin, “volvió a creer” aunque de otra forma

No es mi propósito polemizar con el autor de El espíritu…, rebatir sus opiniones, medir el calibre de sus ideas. Nuestra amistad se ha basado siempre en la disensión, en la imposibilidad del acuerdo… Debo anotar, sin embargo, que en modo alguno simpatizo con todos esos “fantasmas” que pueblan las obras de mi amigo, con todos esos “demonios” de su corazón. Como Araya, yo he consagrado mi vida a la lucha (contra el imperialismo yanqui y al lado de Allende, contra Pinochet más tarde, contra las dictaduras del Tercer Mundo, aquí y allá por la Revolución,…); y he luchado de verdad, con el cerebro y con las manos, en la edición y en las fábricas, en las aulas y en las calles, sobre el asfalto y sobre el barro, en los suburbios y en las selvas, en las huelgas y en las guerrillas, hablando y disparando,…, pero sin hacerme, por ello, la vida intolerable, sin complicármela todavía más, sin renunciar al disfrute de la existencia, sin mortificarme y causar daño a mis camaradas, sin tirar por el balcón los frutos de mi trabajo, la cosecha de mi experiencia, sin abandonar lo que estimo y a quienes estimo, sin obligarme a ir de un lado para otro como un titiritero, sin abusar tanto de una elocuencia vana en su narcisismo, sin tanta ininteligible retórica filosófica (o seudo-filosófica), sin tantas complejidades metafísicas paralizantes, sin desgarrarme estéticamente ante el espejo…

Reconozco que vindicar hoy la “fuga”, en este mundo de hombres sedentarios, instalados, aferrados a la conservación de lo que han hecho suyo, clavados en sus casas, en sus oficios, atornillados a sus bienes y a sus afectos, tiene algo de atentatorio, de subversivo, de hostigador… Viene a ser como una denuncia saldada en desafío. Acaso valga la pena, a ese nivel… Pero vivir en la Fuga, constituirse en “fugitivo”, al modo de Araya, me parece ya histriónico, excesivo: es esa, considero, una senda de espinas que no lleva a ninguna parte, una extraña auto-inmolación (sacrificio bárbaro en nombre de no se sabe qué ideal fantasioso), una forma de negarse la felicidad y de hacerse los días todavía más angustiosos, más lacerantes de lo que ya son…

Uno lucha para crearle problemas al Opresor, no para resolvérselos ensayando la auto-destrucción y el propio fastidio. Uno va a la huelga, grita en las manifestaciones, apedrea a la policía, abre fuego horrorizado,… pero, allí donde el combate desfallece, cuenta siempre con un pequeño mundo suplementario, el mundo precioso de su gente querida y de sus otras cosas amables, un horizonte precario sobre el que se afirma la dignidad de su dolor y hasta de su rabia, y que sería suicida descuidar… Abandonarlo, huir de sus dulzuras tan humanas, se me antoja necio, si no fúnebre. No, por “inhóspita”, por “torturante”, por “desalmada”, la mística de la Fuga nunca ha merecido mi aprobación. Perdonad este excurso…

 

Pedro García Olivo

http://www.pedrogarciaolivo.wordpress.com

Buenos Aires, 21 de marzo de 2018