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CAPACES DE AMAR POR ENCIMA DEL ODIO Y DE ODIAR DE VERDAD AQUELLO QUE MERECE SER ODIADO

Posted in Activismo desesperado, Crítica de las sociedades democráticas occidentales, Descarga gratuita de los libros (PDF) with tags , , , , , , , , , , , on diciembre 21, 2017 by Pedro García Olivo

El maquis

Me cuenta este anciano que al padre de Basiliso todavía se le recuerda en La Pesquera por lo mucho que sabía de su oficio: “Nació un burro sin culo, y él se lo hizo”. Basiliso, más tarde apodado El Manco, se ganó también desde crío el respeto de sus convecinos: “A trabajar, nadie le ganaba”. “En los bancales siempre les sacaba a todos, en cualquier cosa que hiciera, más de una hilera de ventaja”.

Creció y se labró un cuerpo membrudo. “Como era buen mozo, las mujeres lo festejaban a todas horas. Después se casó por lo legal, y quiso montar una taberna con las pocas perras que le había arrancado a la tierra”. Toda la muchachería le ayudó, pues parecía impulsarle un incontenible viento del pueblo. Era como si la aldea se regalara a sí misma una cantina en la que enjuagarse el sudor de cada día y ahogar sus penas de siglos. Un remolino de mozos y mozas convirtió, en muy pocas semanas, la cambra de su padre, el médico de cabecera, en un sencillo garito de labradores. El viejo que me relata esta historia participó en los trabajos y amenizó la inauguración del local con su guitarra y su cante. “A la postre aún iba los sábados por la noche a entretenerle a la parroquia”.

Como casi todos los campesinos de la zona, El Manco quería la tierra para el que la trabaja. Como algunos de ellos, los más audaces y los más leídos, se decía de la CNT. Cuando, brincando el año 36, estos y aquellos, los que encarnaban las ideas y los que representaban el número, pudieron por fin tocar la carne de su Sueño y el país se vistió de paraíso como una niña de novia, Basiliso figuró al frente de la Colectividad de La Pesquera.

Como el cura y el cabo de la Guardia Civil, tembló de pánico el terrateniente local. Pero El Manco era «más amigo de la vida que de las ideas», y su sed de venganza no se calmaba tanto con sangre y luto como con sudor y penitencia. Por eso, cuando las ruidosas camionetas de los milicianos exaltados, orladas de banderas rojinegras, irrumpían en la plaza del pueblo y los camaradas de hierro le preguntaban, con ese extraño aire de rutina enfebrecida, “¿quién sobra aquí?”, él respondía, henchido de firmeza y de coraje: “¡Aquí no sobra nadie. Falta pan y faltan brazos, compañeros!”.

Salvó así de la muerte al terceto de la crueldad destronada, pero no lo libró del trabajo. La Pesquera, asombrada y divertida, pudo ver cómo el cacique, su párroco y su perro de presa conocían por primera vez la fatiga de los pobres y caían rendidos, como alazanes reventados, al declinar lentísima la tarde. Era esa sin duda la mejor bandera que podía enarbolar Basiliso, el mejor resumen de su pensamiento, sumario pero preciso. Y, aún así, agradeció el terceto al campesino, manco más tarde y también bandolero, que lo hubiera salvado del paredón o el paseíllo.

Como se podría anotar, con el estilo arrobado de aquellos días, “se tiñeron los campos de rojo, de rojo justicia y de rojo igualdad. Un sol distinto y obrero, risa de los cielos repartidos, casi conquistados, bañaba de luz virginal las tierras de todos y de nadie”. Pero no pudo durar el sueño. Pronto fue un cadáver lo que tocaron los dedos campesinos. La niña vestida de novia fue abatida por la espalda, y se encharcó en sangre su blanquísimo atavío. Cayó la noche eterna sobre el Paraíso. Y regresaron los soles de antaño, gozo del señor y azote del labriego. El rojo igualdad se trocó rojo ira y se entristecieron para siempre los cielos, de nuevo fugados de la tierra.

El Manco no huyó. Debió pensar que tampoco ahora sobraba nadie. Que faltaba pan y faltaban brazos. Pero ya no tenía compañeros. Los camaradas ululantes que desembarcaban en la plaza, entre un aterrador ondear de banderas impuestas, y rojas y gualdas, eran otros, de aspecto más sombrío, mirada torva de despecho y corazón de alambrada. El cabo y el cura no salían a su paso con la resplandeciente energía del campesino… Sin firmeza y sin coraje, saboreando aún una especie pérfida de temor que les hacía sonreír como sonríe un moribundo, daban nombres y daban señas.

Mas no hablaron de Basiliso. El Manco se encerró en su casa como la libertad en el pasado. Lo encubrió el sacerdote que, como una espada de Dios y para el bien de la Patria, había delatado a los más audaces y a los más leídos. Y nada dijo, por aquel entonces, el amo restablecido de las tierras y de los hombres. Como la voz de sus dueños, el guardia civil mantuvo el secreto.

La tríada de la crueldad restituida no obró así movida por un sentimiento de compasión y gratitud hacia el anarquista caído de su cielo; en lugar de salvarle la vida, prolongaba su agonía y lo torturaba con la infamia de aceptar un auxilio de tan nefando origen. “Si vives, vives gracias a la inmundicia que dices que somos, al desecho de humanidad que no enviaste a la muerte para no ensuciarte las manos y que ahora te ensucia hasta el corazón, te ensucia hasta el recuerdo que dejarás en las familias de esos otros que no están teniendo tu suerte…”.

Sabiéndose protegido por las fuerzas del horror y de la mezquindad, como un Fausto débil que no vende su alma pero se la deja robar, El Manco sufrió su trato de favor como la más sutil de las vejaciones. Y si no se entregó, fue porque «era más amigo de su vida que de sus ideas»; y presintió de algún modo que todavía no había dicho su última palabra. Buscado por todas partes, Basiliso descansaba bajo el cerezo de su huerto.

El mismo día en que la prensa del Régimen le imputó sus primeras cinco muertes, “en un encuentro con la Benemérita –decía la nota–, cerca de su guarida en la Sierra de Santerón”, El Manco fue visto por mi anciano confidente justamente debajo de aquel cerezo, a más de tres jornadas del lugar de los hechos… “No le pude decir nada porque no estaba solo y además él no quería comprometer a la gente del pueblo, que ya había padecido bastante solo por conocerlo y haber hablado con él cuando lo de la Colectividad. Yo no supe que pensar ese día… Llevaba mis ovejas por detrás de su casa, como otras veces. Oí ruidos y me empiné sobre la tapia de su patio; y allí lo vi, tomando el sol, desnudo, en cueros, como vino al mundo, junto al otro hombre, que no era de La Pesquera, cogido de su mano”.

Pero la policía del Nuevo Estado no tardó en columbrar la engañifa. Encerró a medio pueblo. Arrestó asimismo, por unas horas, al cura y al cacique. Trasladó o hizo desaparecer al cabo reo de negligencia y traición. La inocencia maltratada apenas sí arrojó un vislumbre de la verdad. Fueron el amo del pueblo y su abogado ante Dios quienes descubrieron el asunto. Para entonces, Basiliso ya había sido alertado por un sobrino del anciano que, entre pausa y pausa, también entre lágrima y lágrima, me desgrana con toda meticulosidad esta historia. Medio ciego, no creo que perciba la tibia fascinación que se enciende en mis ojos; pero me habla sin desconfianza, con el aplomo de quien ya se sabe casi fuera de este mundo, justamente en la plaza del pueblo, ante la casa del médico que le hizo un culo al burro y en cuya cambra nuestro hombre montó su taberna.

“Mi sobrino aún le llevó en carro a la estación de Utiel, medio oculto, como había hecho con otros no tan marcados. Allí Basiliso tomó un tren, y nunca más se le vio por aquí. De vuelta, mi sobrino fue detenido por la Guardia. Murió en la cárcel… A mí no me hicieron nada porque, aparte de lo del bar, no me encontraron ninguna relación con El Manco”.

A partir de ahí, mi informante enmudece. De las andanzas de El Manco entre los guerrilleros se han ocupado los libros de historia y la publicística del Franquismo. La literatura amarilla lo convirtió en un asesino desalmado, y la ciencia de la historia en un maquis prototípico. De hacer caso a esta última, Basiliso se habría erigido en un luchador contra la Dictadura –un insumiso que de algún modo debería creer en las posibilidades de triunfo de su insurgencia, o en su utilidad al menos, y que prolongaría así su largo batallar en favor de los ideales libertarios… Esa es la versión de los historiadores, que anegan a El Manco en un légamo de siglas y estrategias, directrices que vienen de fuera y se siguen o no se siguen, agrupaciones guerrilleras, secesiones, disputas doctrinales, etc.

Pero nadie que esté en su sano juicio se tomará muy en serio lo que esas gentes consumidas escriben para disimular su propio vacío y justificar sus emolumentos. Por otro lado, aún cuando hablan de Basiliso con sus medias palabras un tanto halagadoras, aún cuando se diría que su adormecedor charloteo transfunde una simpatía tímida y acobardada hacia el campesino, aún entonces, como saben desde siempre los más audaces y los más leídos, trabajan en secreto para los enemigos de su antiguo, bello, noble, olvidado Sueño –para el cura, el cabo y el terrateniente.

Me sugiere mi anciano, casi como despedida, que tal vez Basiliso se hizo maquis para salvar la piel, que era demasiado inteligente para no darse cuenta de que todo estaba perdido; y que si luchó y mató, mató y luchó a la desesperada, más como una alimaña acorralada que como un héroe o un fanático; que quizá se echó al monte por no poder estar en otra parte ni con otra gente, y que una vez allí haría lo que todos aunque solo fuera para dedicarse a alguna empresa –la única a su alcance– en lo que todavía le quedaba de vida condenada.

Antes que yo, otro recolector de historias de los maquis se detuvo en La Pesquera. Y recogió este testimonio:

“En La Pesquera todo el mundo me habló bien del Manco. Y cuando les dije que se habían escrito libros en los que se le acusa de ser responsable de treinta y tantas muertes, sus paisanos se alzaron de hombros. A un campesino, con el que estuve paseando largo rato por las afueras del pueblo, se les escaparon estas palabras: «Si es verdad eso, aún mató a pocos. Ustedes, los de la ciudad, no saben la de perrerías que nos hicieron pasar algunos ricachos después de la guerra. Son los amos hasta del aire que respiramos. Y eso, no se le olvide, dura desde el año 1939»”.

Si el más temido de los maquis hizo lo que se le supone, quizá aún hizo poco. Aún hizo poco. Y ya no quedan médicos que abran un culo entre los cuartos posteriores de los burros deformes, ya no quedan personas capaces de amar por encima del odio y de odiar de verdad aquello que merece ser odiado. Solo quedamos nosotros, ni siquiera un rescoldo del coraje.

[Últimas páginas de «El husmo. Los filos reseguidos del dolor»]

Pedro García Olivo
21 de diciembre de 2017

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