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LA SUBJETIVIDAD ÚNICA Y SU MUNDO

Posted in Activismo desesperado, Autor mendicante, Crítica de las sociedades democráticas occidentales, Descarga gratuita de los libros (PDF) with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on junio 4, 2018 by Pedro García Olivo

1.

La disolución de la Diferencia en Diversidad, proceso occidental en vías de mundialización, prepara el advenimiento de la Subjetividad Única, una forma «global» de Conciencia, un modelo planetario de alma, un mismo tipo de carácter especificado sin descanso a lo largo de los cinco continentes. Cuanto más se habla de «multiculturalismo», cuanto más «diversas» son las formas que asaltan nuestros sentidos, cuanto más parece preocupar —a nuestros gobernantes y educadores— el «respeto a la diferencia», la «salvaguarda del pluralismo», etc., peor es el destino en la Tierra de la «alteridad» y de «lo heterogéneo», más se nos homologa y uniformiza.

Se avanza, con prisa, hacia la hegemonía en la Tierra de una sola voz y un solo espíritu, voz y espíritu de hombres dóciles e indistintos, intercambiables y sustituibles, funcionalmente equivalentes. La participación de la Escuela en este adocenamiento planetario del carácter es decisiva: a nada teme más que a la voluntad de resistencia de la Diferencia.

2.
En Tristes trópicos, Claude Lévi-Strauss sostiene que las sociedades «primitivas» despliegan una estrategia para conjurar el peligro de los seres extraños («diferentes») muy distinta a la que empleamos nosotros, los «civilizados». Su estrategia sería antropófaga: se comen, devoran y digieren (asimilan «biológicamente») a los extraños, que se suponen dotados de fuerzas enormes y misteriosas. Diríase que esperan así aprovecharse de esas fuerzas, absorberlas y hacerlas propias. Nosotros, por el contrario, seguiríamos una estrategia antropoémica (del griego «eméô»: «vomitar»): expelemos a los portadores del peligro, eliminándolos del espacio donde transcurre la vida ordenada —procuramos que permanezcan fuera de los límites de la comunidad, en el exilio, en enclaves marginales, en la periferia social…

Pero, como ha señalado Zygmunt Bauman, Lévi-Strauss está en un error, pues ambas estrategias se complementan y son propias de todo tipo de sociedad, incluida la nuestra: por un lado, se recurre a una estrategia «fágica», inclusiva, que busca la asimilación del adversario, su integración desmovilizadora, su absorción en el cuerpo social después de una cierta corrección de sus caracteres «diferentes»; por otro, se vehiculan estrategias «émicas», exclusivas, que expulsan al disidente irreductible y no aprovechable del ámbito de la «sociedad ordenada» y lo condenan a la marginalidad, a la pre-extinción, a la existencia amordazada y residual.

La disolución de la Diferencia en Diversidad se fundamenta en el empleo de ambas estrategias: lo «diferente» convertido en «diverso» es inmediatamente asimilable, recuperable, integrable; aquellos «restos» de la diferencia que no han podido diluirse en diversidad, aquellos «grumos» de alteridad que se resisten tercamente a la absorción, son expulsados del tejido social, llevados a los flecos del Sistema, lugar de la autodestrucción, excluidos, cercenados, segregados. De esta forma se constituye y gestiona el espacio social, instrumentalizando lo que Bauman llama proteofobia —temor general, «popular», a los extraños, a lo diferente y a los diferentes. El exterminio contemporáneo de la diferencia se basa en el despliegue de las estrategias «fágicas» y «émicas» habituales, a partir de una movilización y focalización inquisitiva de la «proteofobia».

¿De qué fuente se nutre el mencionado proceso de atenuación «global» de la Diferencia? ¿De dónde parte? Aunque con esta observación se contraríen los dogmas del insulso democratismo que se presenta hoy como prolongación —y casi estertor— de la Filosofía de las Luces, no son pocos los autores que han localizado en la Ilustración misma, en las categorías sustentadoras del Proyecto Moderno, la secuencia epistemológico- ideológica que aboca a la aniquilación de la Alteridad, al exterminio de la Diferencia (1) .

3.
La mayor parte de los «indicios» de que se está cancelando a nivel planetario la Diferencia y de que, en su lugar, solo nos va a quedar una tediosa y deprimente declinación de Lo Mismo, proceden del campo de la Cultura y de lo que está sucediendo, a escala global, con el choque contemporáneo de Civilizaciones. De una forma deliberadamente desordenada, y casi a modo de ejemplos, voy a mencionar algunas señales, algunas pruebas, de cómo se aniquila en nuestros días la alteridad…

Los inmigrantes

En la medida en que, entreabierta la puerta de la inmigración, nuestras ciudades se pueblan de gentes de otros países, no pocas evadidas del entorno indígena, con hábitos y mentalidades «diferentes», observamos cómo, con el paso del tiempo, estos hombres y mujeres empiezan a calcar nuestras pautas de conducta, nuestros modos de pensamiento, nuestras formas de interacción, hasta que llega un punto (a menudo coincidente con la adolescencia y juventud de sus hijos, inmigrantes de «segunda generación») en que la cultura de origen ya no «dicta» los comportamientos, ya no es sentida como referencia insoslayable, como código de interpretación de la realidad y patrón de actuación en los escenarios sociales.

La «diferencia» cultural que estos inmigrantes arrostraban ha sido abolida en lo esencial, y, como irrelevante rescoldo, solo nos ha dejado un variopinto crisol de aspectos (atuendos, símbolos, cortes de pelo,…), una «diversidad» fenoménica que coincide con la asimilación de estos hombres, con su integración en el orden cultural de la sociedad capitalista. Han sido absorbidos, «digeridos», por Occidente (consecuencia de las estrategias fágicas); y los «restos», los residuos de ese proceso, arrojados a los márgenes de la «sociedad bien», donde se mixtificarán, se fundirán con las restantes figuras de la exclusión (efecto de las estrategias émicas) y probablemente se autodestruirán (2).

La vivienda rural

La vivienda rural tradicional de media o alta montaña, fruto del saber arquitectónico popular, con sus materiales humildes tomados del terreno (madera, piedra, barro, paja,…), su disposición «defensiva» contra los vientos dominantes, sus puertas y sus vanos orientados preferentemente al mediodía, su forma de adosarse (en algunas regiones) como si cada una buscara el apoyo y el sostén de todas las demás, su composición «orgánica», rigurosamente interminable, una estructura interna estudiada para asegurar la subsistencia con medios económicos escasos (que no se pierda calor, que baste con la estufa de leña, que de por sí el habitáculo sea fresco en verano y abrigado en invierno, que alguna estancia haga de «nevera» para conservar los alimentos,…), y, en general, un resultado de los conocimientos informales de sus constructores no especializados —saber «del lugar», conservado por la tradición y ejercitado por las familias— y de la atención inteligente a las condiciones de la naturaleza (proximidad a las fuentes, a los arroyos, a los ríos; ubicación en parajes de acceso relativamente cómodo y particularmente protegidos contra las inclemencias climáticas habituales, etc.); esta «vivienda rural antigua», portadora indiscutible de la Diferencia, cede en casi todas partes ante la impostura de las «nuevas viviendas rurales» (consecuencia del poder económico y del capricho de algunos privilegiados, del ahorro de los jubilados o de los planes de promoción del medio rural tendentes a aprovechar la explosión del «agroturismo» y del «ecoturismo»), que obedecen siempre a la filosofía del Piso de Ciudad (rechazo de la sabiduría arquitectónica popular; materiales estándar como el ladrillo o los bloques de cemento; arrogancia del habitáculo, que se levanta donde «más le gusta» al propietario, al margen de toda consideración geográfico-climática; preferencia por el aislamiento y la independencia de las casas, que más bien huyen unas de otras; concepción unitaria, regular, finita; estructura interna más interesada en exhibir el poderío material del morador que en economizar los gastos de la existencia —habitaciones enormes, sistemas de calefacción caros, proliferación de electrodomésticos,…; etcétera) y, normalmente, devienen como el resultado de los conocimientos «técnico-científicos» de los ingenieros, arquitectos, constructores y albañiles (lamentables «expertos»), profesionales y asalariados que trabajan en el olvido de lo autóctono y de lo primario…

Estas «nuevas viviendas rurales», subvencionadas en ocasiones por la Administración, sancionan la extinción de la «vivienda rural tradicional», disimulando ese aniquilamiento de Lo Diferente mediante la conservación «retórica» de elementos identificativos falseados:verbi gratia, el recubrimiento, con losas de piedra, de los muros de bloques o de ladrillos; un cierta imitación del color de las paredes antiguas —que era el color del barro y de los materiales comunes originarios—, conseguido a través de sofisticadas «pinturas de exteriores» o «monocapas» cementosas; una característica redundancia de maderas, si bien demasiado nobles y exógenas y siempre subordinadas a las estructuras metálicas, o de hormigón, que configuran el espacio habitable… Y poco más.

La «antigua vivienda rural» ha sido excluida (hoy subsiste vinculada a propietarios pobres o particularmente «descuidados», especialmente en el mundo rural-marginal); y la «nueva» solo retiene de su antecesora elementos folclóricos, testimoniales, podría decirse «museísticos». La aldea se convierte así, herida de señuelo y de impostura, en algo parecido a un «parque temático»… En relación con la vivienda urbana, con el piso de ciudad o la casa de urbanización, estas «nuevas viviendas rurales» aportan, no cabe duda, un componente de «diversidad» (aunque solo sea visual: la piedra, el color, las maderas, los tejados,…); pero responden en lo profundo a una cancelación del habitáculo campesino «diferente» y a un trabajo de colonización del medio rural por los conceptos y las expectativas urbanas.

La música

La música «etno» que se difunde por Occidente, los experimentos de «fusión»o de «sincretismo» transcultural que promueven las grandes casas discográficas para explotar la moda del «multiculturalismo», etc., dan siempre la impresión de atenerse al código de la música euro-americana, que «incorpora» elementos accesorios de las otras culturas (africanas, orientales, sudamericanas, de los indios de las reservas estadounidenses, etc.) para asegurarse una nota de elegante exotismo, de aparente novedad, pero siempre en el respeto de lo que el oído occidental considera «aceptable», «armonioso», «no-estridente», «música y no ruido».

La diversificación resultante de las ofertas (mixturas, síntesis, cócteles,…), compatible con una universalización del concepto occidental de música y del código musical occidental, oculta así el exterminio de la Diferencia —esas músicas de los otros que «no» pueden gustarnos porque contravienen los principios tácitos de nuestra educación musical y de nuestros hábitos de escucha, y que, por tanto, al no «rentar», no se difundirán: las músicas de la Amazonía, por ejemplo, o las de los indígenas de Centroamérica, increíblemente repetitivas, si no «hipnóticas», con cadencias «sostenidas», casi interminables, y un uso preferente de instrumentos «propios», desconocidos en otros medios, como el caparazón de la tortuga y tipos particulares de flautas y de tambores.

Los artistas

La concepción misma del «artista» occidental (escritor, pintor, escultor, músico, actor,…), contra la que con tanta insolencia se batiera Marcel Duchamp, que comporta invariablemente una renuncia al anonimato (soberbia de los nombres propios) y casi también a lo colectivo, que parte de una sacralización del autor como hombre «tocado» por el privilegio del talento, de la inteligencia, de la imaginación o de la creatividad —hombre siempre excepcional, en ininterrumpido celo de prestigio, de reconocimiento, de aplauso…— y que produce una curiosa fauna de hombrecillos estrambóticos, distintos por fuera e iguales por dentro, todos narcisistas, todos patéticamente enamorados de sí mismos, todos endiosados, muchos idiotizados; esta manida concepción del Arte y del artista se globaliza en la actualidad, acabando con formas «diferentes», y no-occidentales, de entender y de vivir el hecho estético: concepciones que giran aún en torno al anonimato del artista, o a la suma de incontables esfuerzos individuales en la génesis de una obra que termina siendo «de todos y de nadie»; que remiten más a la figura humilde del «artesano» que a la figura chillona del «artista»; que frecuentemente se imbrican con funcionalidades de orden extra-estético, ya sea religiosas, económicas, educativas,…; que no se compatibilizan bien con la lógica capitalista de exhibición, mercantilización y «entierro» en museos; etc., etc., etc.

De África, de Asia, de América del Sur, de las reservas indias, de los guetos, etc., nos llegan hoy artistas «a lo occidental», con sus obras rentabilizables (vendibles, consumibles) debajo del brazo. A su lado, los creadores anónimos, las factorías populares, las formas tradicionales de producción de objetos estéticos, etc., tienden a extinguirse, aunque hayan dejado un «rastro» importante en el mundo rural-marginal. Se diversifica así el resultado (obras y artistas con otros «formatos», otras referencias, otras connotaciones…), pero en el sometimiento a Lo Mismo estético, sometimiento a las categoría y a los usos occidentales. ¿Y si la misma idea de «estética», de «obra de arte» y de «artista», no fuera más que una acuñación occidental, un capricho o una manía de solo un puñado de hombres sobre la Tierra?

El mundo rural-marginal

La diferencia rural-marginal está también amenazada… El pastor antiguo, perfecta y exquisitamente «ágrafo», constituye ya una rareza, una curiosidad; y es percibido casi como un «residuo», cuando no como un «fósil». Las aldeas relativamente «sustraídas» del poder del Estado tienden a decrecer; y su marginalidad, de un tiempo a esta parte, ha sufrido un grave deterioro. La crisis de los pequeños agricultores, el abandono de los pueblos y la venta de los rebaños modestos, por la ausencia de «relevo generacional», quisieran convertir en «desierto» lo que, hasta ayer, esplendía como «insumisión». Muchas localidades recónditas, a duras penas accesibles, de media o alta montaña, han terminado «tercerizándose», tras la extinción de la actividad agrícola y ganadera, convirtiéndose en micro-urbanizaciones de veraneo, ámbito de la «segunda residencia» de unos cuantos privilegiados: asentamientos «diversos» para señoritos, hospedaje para los períodos de vacaciones, pero ya no poblados «diferentes». Y no son pocos los núcleos absolutamente deshabitados, literalmente «muertos».

Los indígenas

Las estrategias «fágicas» desplegadas por el sistema tardo-capitalista han abierto el abanico del indigenismo, concediendo cada día menos varillas a su facies sublevada, en «resistencia», diferente. Se sabe de tribus «no contactadas» en Bolivia, en diferentes regiones de la Amazonía; de comunidades muy beligerantes, aferradas a sus «usos y costumbres», a su «ley del pueblo», a su autonomía política y su comunalismo económico, en Chiapas, en Oaxaca, en otros rincones de América Latina. Pero, en muchos países, la norma es un indigenismo claudicante, que sucumbió a la propiedad privada y al mercado, a la escisión en clases y a la asalarización de una fracción de la comunidad. En buena parte de Colombia, por ejemplo, la «diferencia» indígena ha dado paso a una «diversidad» político-ideológica irrelevante; y encontramos indígenas en las listas electorales de los partidos de izquierda, candidaturas indígenas para el Senado, incluso «partidos políticos indígenas». Hace unos años, las calles y plazas de Popayán se llenaron de indígenas en demanda de «un sistema educativo propio», entendiendo por tal escuelas de planta occidental con profesores indígenas y un control indígena del presupuesto… Guatemala ofrece un panorama todavía más desolador; y cabe hablar de la emergencia, en muchas regiones, de un «indigenismo mendicante», absolutamente adulterado y asimilado, que solo aspira ya a merecer el «proyecto» de esta o aquella ONG, alguna subvención estatal, la «caridad» de los países ricos,… Mera «diversidad» en la súplica, y una disolución acelerada de la Diferencia sociocultural… Por no decir nada de los programas anti-indígenas de Chávez, de las tácticas «integradoras» de Evo Morales, de los proyectos avasalladores de la administración brasileña…

Las minorías sexuales

Probablemente, también las llamadas “minorías sexuales” están siendo neutralizadas como ‘diferencia’ y asimiladas en tanto inofensiva ‘diversidad’. Creo que, en relación con los homosexuales, el Sistema ha cambiado de táctica y va dejando atrás las estrategias exclusivas (marginación, discriminación, penalización tácita o efectiva) para abundar en las estrategias inclusivas, asimiladoras. El pasaje no se ha completado y las dos estrategias pueden estar aún conviviendo (una exclusión que se relaja pero no desaparece y una inclusión que va ganando terreno), aunque los indicios hablan de un decantamiento hacia la integración, hacia la absorción. Así, la conceptuación de la pareja homosexual como “pareja de hecho” y su progresiva equiparación legal con las parejas heterosexuales, junto a la posibilidad, abierta en algunos países, de que las familias homosexuales puedan adoptar niños, hacerse —de un modo o de otro— con ‘hijos’, revela el propósito (política e ideológicamente inducido) de encerrar la homosexualidad en los esquemas dados, establecidos, de Familia y Vínculo de Pareja. Una pareja homosexual con hijos es ya, únicamente, una variante ‘diversa’ de la pareja clásica, “familiarizada”.

El Sistema intenta ‘atraer’ a los homosexuales y regular su sexualidad —de ese modo acabaría con la diferencia que hasta hoy connotaban. La ideología de la igualdad (de derechos, de oportunidades, de respetabilidad) le sirve de instrumento en esa tarea: prometer un “trato igual” a la pareja y a la familia homosexual para que, precisamente como ‘pareja’ y como ‘familia’, habiendo abdicado de su diferencia, contribuya a la reproducción del orden social general. El peligro, de cara al Sistema, que implicaba la figura del homosexual, no radicaba en su preferencia de género; sino en el modo en que atentaba contra la institución familiar, uno de los soportes incuestionables del entramado social. “Familiarizado”, el homosexual deja de constituir una amenaza. Habrá familias ‘diversas’, y ya no una decantación erótico-afectiva ‘diferente’…

Los gitanos

Contra la idiosincrasia gitana, los poderes de la normalización y de la homogeneización han desplegado tradicionalmente todo su arsenal de estrategias inclusivas y exclusivas, asimiladoras y marginadoras. Se ha pretendido sedentarizar al colectivo gitano; y se ha puesto un delatador empeño en escolarizar a los niños, laborizar a los mayores, domiciliar a las familias… El éxito no ha sido completo; pero es verdad que, aún a regañadientes, una porción muy considerable de la etnia gitana ha tenido que renunciar a sus señas de identidad, des-gitanizarse, para simplemente sobrevivir en un mundo que en muchos aspectos aparece como la antítesis absoluta, la antípoda exacta, de aquel otro en que hubiera podido ser fiel a sí misma. Otros sectores del colectivo gitano, por su resistencia a la normalización, han padecido el azote de las estrategias excluyentes y marginadoras, cayendo en ese espacio terrible de la delincuencia, la drogadicción, el lenocinio y la autodestrucción.

La tribu gitana, nómada, enemiga de las casas y amante de la intemperie, con niños que no acuden a la escuela y hombres y mujeres que no van a la fábrica, indiferente a las leyes de los países que atraviesa,…, era un ejemplo de libertad que Occidente no podía tolerar; un modelo de existencia apenas ‘explotable’, apenas ‘rentabilizable’ (económica y políticamente); un escarnio tácito, una burla implícita, casi un atentado contra los principios de fijación (adscripción) residencial, laboral, territorial, social y cultural que nuestra formación socio-política aplica para controlar las poblaciones, para someterlas al aparato productivo y gestionar las experiencias vitales de sus individuos en la docilidad y en el mimetismo.

La hipocresía del reformismo, particularmente la del “reformismo multiculturalista” (que extermina la Diferencia alegando que su intención es la de salvaguardarla), se ha mostrado casi con obscenidad en esta empresa de la domesticación del pueblo gitano. Recuerdo esas urbanizaciones proyectadas para los gitanos pensando —se decía— en su ‘especificidad’ (“en contacto con la naturaleza”, vale decir en los suburbios, en el extrarradio, donde el suelo es más barato y los miserables se notan menos; con patios y zonas destejadas para que pudieran ser felices contemplando sus luceros, sus lunas, sus estrellas, “de toda la vida”; con corrales y establos para sus “queridos” animales, caballos o burros, perros, algunas cabras, etc.; habitaciones amplias donde cupiera todo el clan; etc., etc., etc.) y a las que, en rigor, solo tengo una cosa que objetar: están muy bien, pero les faltan ruedas —pues esta gente ama el camino. ¡Ponedle ruedas y serán perfectas! Recuerdo los programas “compensatorios”, o “de ayuda”, con los que en las Escuelas se pretendía doblegar la altiva e insolente personalidad de los gitanos descreídos e insumisos. ¡Qué horror!

El asociacionismo obrero

A la par que se persigue la asalarización de la mayor parte de la población del Planeta, también se pretende mundializar el modelo de asociacionismo obrero, de supuesta ‘auto-organización de los trabajadores’, que mejor sirve al control y explotación de esa mano de obra universal: el sindicalismo de Estado, con su parafernalia de sindicalistas-liberados, subvenciones institucionales, apoyo material de la empresa, circo de las elecciones sindicales, falseamiento de la democracia de base, conformación de estructuras jerárquicas y burocráticas, etc.

Esta fórmula, adornada con cierta ‘diversidad’ en las siglas (en España: UGT, CCOO, CGT, etc.), con cierta singularización en la letra pequeña de los manifiestos y en el eco apagado de las filiaciones ideológicas, se va a imponer en todo el globo sobre la aniquilación de aquellas otras formas de “autodefensa” obrera que no se miran en el espejo estatal/occidental: modelos de auto-organización de los trabajadores que desconfían del tutelaje empresarial-gubernamental, que ven en cada subvención institucional un caramelo envenenado, que retienen savia obrera en sus cauces y han esquivado el peligro de la burocratización; entidades autónomas, en ocasiones temporales, que nacen de la exigencia de reunir y coordinar esfuerzos ante los abusos de la Empresa y el desinterés de las administraciones, y que no buscan forzosamente su normalización-regularización legal, etc.

La vida cotidiana

También en la esfera cotidiana, y en lo que atañe a la privacidad de cada individuo, se deja notar esta tendencia a suprimir (debilitar, ahogar) la Diferencia. Es como si existiese una “policía social anónima”, una vigilancia de cada uno por todos los demás, que pesquisa nuestras decisiones, que registra nuestros actos y presiona para que nuestros comportamientos se ajusten siempre a la Norma, obedezcan a los dictados del “sentido común” y sigan la línea marcada por las costumbres. Una policía social anónima que se esfuerza, sin escatimar recursos, en que no nos atrevamos a diferir, no nos permitamos la deserción, no nos arriesguemos a la ‘mala fama’, no sintamos la seducción de esa terrible y maravillosa soledad de los luchadores desesperados —soledad de las personas que resisten persuadidas incluso de la inutilidad de su batalla, que combaten sin aferrarse ya a ninguna Ilusión, a ninguna Quimera, que luchan sencillamente porque perciben que está en juego lo más valioso, si no lo único, que conservan: su dignidad…

No se puede dudar de la verdad de esta “represión anónima”, a la que se han referido Horkheimer (“conciencia anónima”), Marcuse, Fromm y tantos otros en el pasado y, hoy mismo y en nuestro país, López-Petit, valga el ejemplo; y que casi todos hemos padecido en alguna ocasión o padeceremos toda la vida. Hay en los manicomios muchos hombres que le plantaron cara por decisión o fatalidad… Esta “policía de los ojos de todos los demás” trabaja también para que la Diferencia se disuelva en Diversidad y los irreductibles se consuman en el encierro o en la marginación. Podrían contarse tantas historias…

***

Mejor no continuar. Los «indicios» de la disolución de la Diferencia en Diversidad son innumerables; saturan todas las dimensiones de la existencia humana contemporánea…

Antes de dejar este asunto, quisiera sin embargo introducir una matización: no me gusta pensar que es la Diferencia misma la que se gestiona, la que se gobierna. He leído páginas de Calvo Ortega en las que habla de un «gobierno por la diferenciación», y no deseo suscribirlas. No es la Diferencia en sí la que se administra, sino la Diversidad en tanto forma degradada, vacía, de la Diferencia. Con este matiz escapo al «idealismo negativo» que sugiere que todo está controlado y todo está perdido. No soy apocalíptico: creo aún en el peligro de la Diferencia resistente y en la posibilidad de una lucha desesperanzada por su defensa y preservación.

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NOTAS

1) El Proyecto Moderno es un proyecto de orden homogéneo, con aspiración universalista, que parte de una cadena de «incondicionalidades», de abstracciones, de trascendentalismos y principios metafísico-idealistas; y que se ha revelado incapaz de tomar en consideración el dolor de los sujetos empíricos (Subirats). Intransigente frente a las diferencias, propenso a las cruzadas culturales y a resolverse en una u otra forma de despotismo político (fascismo histórico, estalinismo, democracia real), como subrayaron Foucault, por un lado, y Horkheimer y Adorno, por otro, el programa de la Ilustración fue inseparable desde el principio de las campañas de matanzas sistemáticas (recordemos el jacobinismo francés) y no ha sido ajeno en absoluto a la génesis intelectual del Holocausto (G. Bergfleth). En nombre de la Razón (y de todos sus conceptos filiales: Progreso, Justicia, Libertad,…), bajo su tutela, se han perpetrado genocidios y crímenes contra la Humanidad; y es por la pretendida excelencia de esa misma Razón (Moderna, Ilustrada) por lo que Occidente se autoproclama juez y destino del Planeta, fin de la Historia, aplastador de toda diferencia cultural, ideológica, caracteriológica, etc. La homologación «global», la homogeneización casi absoluta de las conductas y de los pensamientos, la uniformidad ideológica y cultural, el isomorfismo mental y psicológico de las gentes de la Tierra, están de algún modo ya inscritos en los conceptos y en las categorías de la Ilustración. Es la Modernidad misma, nuestra Razón Ilustrada, la que prepara y promueve, a escala mundial, el acoso y derribo de la Diferencia…

(2) En París, por ejemplo, hallamos a los africanos de los barrios del Centro, con su ropa y su psicología sustancialmente «occidentalizadas», viviendo y pensando a la europea, hombres que han sido asimilados, recuperados; y, por otra parte, a los africanos de los distritos de la periferia, de las zonas suburbiales, desesperadamente aferrados a sus vestimentas, a sus costumbres, viviendo como en un gueto, procurando conservar sus tradiciones, condenados a una existencia sumamente difícil, en precario —forman parte del subproletariado, de la llamada «nueva pobreza»— agonizando como «diferencia» que no ha querido o no ha podido disolverse en mera «diversidad»…

azul
Pedro García Olivo
http://www.pedrogarciaolivo.wordpress.com
Buenos Aires, 4 de junio de 2018

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UN MUNDO SIN ARTISTAS. Lírica de la Vida

Posted in Activismo desesperado, Crítica de las sociedades democráticas occidentales with tags , , , , , , , , , , , , , , , on febrero 13, 2018 by Pedro García Olivo
De las civilizaciones basadas en la esclavitud social, como la euro-norteamericana, no cabe esperar el anonimato creativo, la colectividad forjadora, una suerte de estética natural que ahuyente, por un instinto de higiene del espíritu, al individuo devorador, al comercio fracturante y a la política opresiva. De las culturas asentadas en la explotación siempre cabe esperar «artistas». Cabe esperar, además, si seguimos la sugerencia de Boris Groys, «artistas como Stalin»…

1.
La concepción misma del “artista” occidental (escritor, pintor, escultor, músico, actor,…), contra la que con tanta insolencia se batiera Marcel Duchamp, y que admite no obstante una cierta diversificación interna, una especificación que va desde el “neobohemio” que sueña con escapar de la servidumbre laboral (vivir de su arte; y no como empleado del Estado, profesional de otra cosa o mero asalariado), al “creador a tiempo parcial” que compensa la humillación de su adscripción al aparato productivo con unas cuantas horas arrancadas al día para su obra, pasando por figuras emergentes, y tampoco desprovistas de interés, que apuntan a un nuevo “ascetismo” (autores que viven modestamente en provincias, en el medio rural, en países pobres o baratos,…; y desde ahí envían sus trabajos a los núcleos ciudadanos de la cultura, editoriales, galerías, etc.); esa concepción “occidental” del artista, que comporta invariablemente una renuncia al anonimato (soberbia de los nombres propios) y casi también a lo colectivo, que parte de una sacralización del autor como ser tocado por el privilegio del talento, de la inteligencia, de la imaginación o de la creatividad ‭—‬persona siempre excepcional, aunque en ininterrumpido celo vulgar de prestigio, de reconocimiento, de aplauso…‭—‬ y que produce una curiosa fauna de hombrecillos estrambóticos, distintos por fuera e iguales por dentro, todos narcisistas, todos patéticamente enamorados de sí mismos, todos endiosados, muchos idiotizados; esta manida concepción del Arte y del artista se globaliza en la actualidad, acabando con formas ‘diferentes’, y no-occidentales, de entender y de vivir el hecho estético: concepciones que giran aún en torno al anonimato del creador, o a la suma de incontables esfuerzos individuales en la génesis de una obra que termina siendo “de todos y de nadie”; que remiten más a la figura humilde del “artesano” que a la figura chillona del “artista”; que frecuentemente se imbrican con funcionalidades de orden extraestético, ya sea religiosas, económicas, educativas,…; que no se compatibilizan bien con la lógica capitalista de exhibición, mercantilización y ‘entierro’ en museos; etc., etc., etc.

De África, de Asia, de las reservas indias, de los ghettos, del Amazonas,…, nos llegan hoy artistas “a lo occidental”, con sus obras rentabilizables (vendibles, consumibles) debajo del brazo. A su lado, los creadores anónimos, las factorías populares, las formas tradicionales de producción de objetos estéticos, etc., tienden a extinguirse. Se diversifica así el resultado (obras y artistas con otros ‘formatos’, otras referencias, otras connotaciones…), pero en el sometimiento a Lo Mismo estético, sometimiento a las categoría y a los usos occidentales. ¿Y si la misma idea de “estética”, de “obra de arte” y de “artista”, no fuera más que una acuñación occidental, un capricho o una manía de solo un puñado de hombres sobre la Tierra?

2.
Acompañando paradójicamente ese proceso de «globalización capitalista» y esa modalidad de «imperialismo cultural» de las potencias hegemónicas, desde hace décadas se ha venido hablando en Occidente de «la muerte del arte»; y no han sido pocos los filósofos, los escritores, los creadores de un tipo o de otro que han manifestado su inquietud a propósito. Surgieron rótulos que sirvieron, antes que nada, para alimentar la industria cultural; y ya es sabido que los títulos con sugerencias fúnebres venden más…

En tiempos que gustaban de presentarse como «terminales» y que generaban etiquetas de «fin de todo» y de «pos-cualquier cosa» («fin de la historia», «fin de las ideologías», «pos-industria», «pos-modernidad», etcétera), también los cultivadores y los adoradores de las artes se apuntaron a la nueva moda «sepulcral» y hablaron, en efecto, de «la crisis del arte como ciencia europea» (J. C. Argan), del «final del arte» (A. Danto), del «ocaso de los museos»… «El arte está en barbecho», «se repliega en sí mismo», anotó P. Sloterdijk; e incluso se registró, con acentos crepusculares, «la huelga de los operadores estéticos». Una cierta poética del silencio sedujo a bastantes artistas con mala consciencia de su práctica, y optaron por abandonar los géneros, por dejar de pintar, de esculpir, de crear… Particularmente relevante fue la deserción de J. Beuys…

Y se prodigaron los congresos, los simposios, las conferencias, las reuniones, los eventos de toda clase, en los que gentes sesudas «buscaban salidas» para el arte, campos para la innovación o la reinvención, vías de resolución ante atascamiento o el fracaso de las «vanguardias» y las «pos-vanguardias».

3.
En mi opinión, no es el «arte», en su acepción más general, el que ha muerto, sino que son los artistas quienes, sencillamente, están de más. Siempre habrá arte y siempre sobrarán los artistas. En todos los pueblos, en todas las culturas, encontramos bellos poemas, músicas sugestivas, emocionantes obras plásticas, construcciones meritorias, canciones que no se olvidan… Pero no todas las civilizaciones conocieron el perfil psico-político del «artista». Esa repelente figura, meretricia y aristocrática al mismo tiempo, esa exacerbación de la vanidad y de la petulancia; ese ser egoísta en grado sumo, egoísta incluso, o sobre todo, cuando proclama «crear» en beneficio del otro o de la humanidad toda, aparece más bien como un engendro y una lacra occidental.

Los occidentales y los occidentalizados cargamos con esa aberracción moral del «artista». Porque todos los pueblos han elaborado, de mil maneras, objetos que podemos designar «estéticos»; y casi todos los pueblos en los que se mantenía vivo el sentir comunitario, el aliento de la igualdad y de la cooperación, supieron rehusar esa figura «individual» que firma su obra, la exhibe y la vende. Y se dieron, como apuntamos más arriba, factorías comunitarias; se produjeron hermosas obras colectivas; se compusieron canciones que, brotando de la fantasía de un hermano, pasaban enseguida al torrente re-creativo de todo el clan o todo el poblado. Y las obras eran exquisita y deliciosamente anónimas, de nadie, de cada uno y de todos; y los artistas, siempre tan penosos y siempre tan miserables, no existían.

4.
De las civilizaciones basadas en la esclavitud social, como la euro-norteamericana, no cabe esperar el anonimato creativo, la colectividad forjadora, una suerte de estética natural que ahuyente, por un instinto de higiene del espíritu, al individuo devorador, al comercio fracturante y a la política opresiva. De las culturas asentadas en la explotación siempre cabe esperar «artistas». Cabe esperar, además, si seguimos la sugerencia de Boris Groys, «artistas como Stalin»…

En tanto crítica radical de todas las figuras del elitismo y del dirigismo moral e intelectual,‭ ‬la antipedagogía mira de reojo a los artistas…Y es que sí,‭ ‬es que salta a la vista que tenemos muchos,‭ ‬muchísimos, artistas como Stalin.‭

Desde que,‭ ‬en la Modernidad,‭ ‬el arte tomó por bandera la transformación del mundo,‭ ‬los creadores se convirtieron en detestables aspirantes a‭ “‬demiurgos‭”‬,‭ ‬procurando,‭ ‬con sus obras,‭ ‬influir en el espectador,‭ ‬moldear al público,‭ ‬preparar las inteligencias y las afectividades para la mejora de la Humanidad.‭ ‬Se supone que ellos sabían lo que no andaba bien en ese mundo,‭ ‬el tipo de sujeto apto para revertir la situación y el modo de elaborarlo a través de sus propuestas estéticas.‭ ‬O que sus exploraciones avanzaban,‭ ‬al menos,‭ ‬en esa dirección,‭ ‬que cabe designar‭ “‬re-educadora‭” (‬pensemos,‭ ‬por referir un caso límite,‭ ‬en la Bauhaus‭)‬.‭ ‬Duele examinar los manifiestos de las sucesivas‭ “‬vanguardias‭” ‬del siglo XX y advertir cómo se edita y reedita esa bochornosa pretensión,‭ ‬admirablemente ilustrada por J.‭ ‬C.‭ ‬Argan en su monumental‭ “‬El arte moderno‭”‬.‭

Es esto lo que acerca el espíritu de nuestros más aplaudidos artistas a la personalidad de Stalin…‭ ‬El dictador soviético también se hallaba persuadido de que algo no estaba en orden en la cabeza de sus súbditos,‭ ‬en el corazón de los rusos y de los no rusos‭; ‬también se esforzó por cauterizar esas partes infectas‭ (‬o‭ “‬contaminadas‭”‬,‭ ‬o‭ “‬alienadas‭”‬,‭ ‬o‭ “‬primitivas‭”‬,‭ ‬o‭ “‬pre-críticas‭”)‬,‭ ‬esas deformaciones o malformaciones enquistadas en la subjetividad de las gentes que quería emancipar‭; ‬también se comprometió en el proyecto‭ “‬eugenésico‭” ‬de la forja de un Nuevo Hombre para el Mundo Nuevo.‭ ‬Dispuso,‭ ‬a tal fin,‭ ‬el aparato del Estado,‭ ‬el sistema de la labor y de los empleos sociales,‭ ‬con los educadores en primer término,‭ ‬a la estela de Makarenko,‭ ‬y los artistas no muy lejos,‭ ‬con su propio movimiento vanguardista conscienciador,‭ ‬el llamado‭ “‬constructivismo‭”‬.

“‬Artistas como Stalin‭” ‬poblaron ayer nuestros museos,‭ ‬nuestras enciclopedias de historia,‭ ‬nuestros manuales universitarios…,‭ ‬y reaparecen hoy,‭ ‬por las calles o por las galerías,‭ ‬con sus‭ “‬instalaciones‭” ‬y sus‭ “‬performances‭”‬.‭ ‬El viejo Pikmin Swagger‭ ‬llevaba tiempo remarcándomelo,‭ ‬en lo que atañe a la música,‭ ‬su campo:‭ “‬Debemos dar la espalda al rap caduco de los curatos,‭ ‬de los predicadores,‭ ‬de los amigos del sermón,‭ ‬de los reformadores de sus semejantes,‭ ‬como Nach Scratch o el Chojín.‭ ‬Hay que decir otras cosas y decirlo de otro modo‭”‬.

Cuando el investigador europeo miró fuera de su propia guarida geográfica y cultural,‭ ‬acompañado de misioneros,‭ ‬profesores y soldados,‭ ‬descubrió que no había‭ “‬arte‭” (‬en el sentido occidental del término‭) ‬en todas partes y que el‭ “‬artista‭”‬,‭ ‬tal y como se conocía en su continente,‭ ‬no se daba en ningún lugar…‭ ‬Nosotros tenemos artistas como Stalin,‭ ‬docentes como Stalin,‭ ‬médicos como Stalin,‭ ‬políticos como Stalin,‭ ‬escritores como Stalin…‭ ‬O como Obama,‭ ‬cuyo perfil no cambia los datos de este diagnóstico,‭ ‬pues cabe ver en el demagogo yanqui una réplica‭ “‬dulcificada‭” ‬del soviético.

Frente a los que consideran que‭ “‬el Arte ha muerto‭”‬,‭ ‬hay quienes mantienen una tesis menos optimista:‭ “Los artistas‬ viven,‭ ‬pero por desgracia‭”‬.‭ ‬La Industria Cultural permite que los‭ “‬artistas como Stalin‭” ‬se busquen las habichuelas‭ (‬es decir,‭ ‬el chalet,‭ ‬el auto,‭ ‬la fama,‭ ‬la cocaína y no sé cuántas estupideces más,‭ ‬incluido a menudo el suicidio‭) ‬gracias al consumo baboso que hacemos de sus mercadurías ególatro-filantrópicas. Separada de la praxis,‭ ‬autonomizada,‭ ‬pendiente solo de sí y extraña al mundo de los que resisten en lo concreto y en lo mundano,‭ ‬la obra de arte contemporánea obtendrá el apoyo y el sufragio de las administraciónes,‭ ‬de los gobiernos,‭ ‬aunque contenga un rechazo o una negación extremosa de lo establecido,‭ ‬aunque se afinque en el escándalo y en la provocación,‭ ‬como constataba tempranamente Th.‭ ‬W.‭ ‬Adorno.‭ ‬A uno y otro flanco de esta‭ “‬sociedad de mercado‭” ‬que todo lo engulle,‭ ‬entre los vendedores como entre los compradores,‭ ‬del lado de los artistas lo mismo que de la parte del público,‭ ‬asecha la misma toxicopedagogía…

Concluyo este apartado‭ ‬recordando,‭ ‬como muchas otras veces, un tema de La Polla Records,‭ ‬grupo punk previo al‭ “‬punkismo de postal‭” ‬que él mismo denunciara,‭ ‬siempre en las antípodas de esa suerte de nuevo‭ ‬Despotismo Ilustrado‭ ‬que nos asalta allí donde,‭ ‬en términos de I.‭ ‬Illich,‭ ‬se citan,‭ ‬se abrazan y se funden una Institución,‭ ‬una Profesión y una Mente Escolarizada:

Has venido a salvarme
de la otra parte del mundo;
me traes la solución
a todos mis problemas,
pero eso es por tu cuenta y riesgo.

Yo quiero saber
quién cojones te ha mandao.
Una patada en los huevos
es lo que te pueden dar.

¡Vete a salvar a tu viejo,
solo pretendes cobrar!
¡Gurú!

5.
Y, entonces, casi es una suerte que estén muy preocupadas las gentes que vivían de ese tan lamentable negocio occidental, de esa tan miseriosa industria del arte. Porque toda la esfera occidental del arte se hundió, sin más, en el mercado y en la administración. Y es una suerte que los «operadores estéticos» deserten y renuncien, que el «arte de los artistas» huela en todas partes a cadáver y a podrido. Es una suerte que ya casi nadie crea en los Museos, en los Talentos, en las Academias, en las licenciaturas de Bellas Artes, en los Genios publicitados por los medios y por las enciclopedias.

Se alcanza, así, un punto en el que el arte regresa a la gente; pero regresa sin artistas. Un punto en el que el arte pierde la palabra que lo designa y se disuelve en la vida cotidiana, en el hacer potencial de cada persona, en la existencia misma. Y cabe hacer arte con los días que nos correspondió vivir, con los gestos que desplegamos en cada jornada, con nuestro modo de afrontar el futuro; se puede hacer arte sin cesar y a cada paso. Pero sin artistas…

Para nada suscribo la opinión, tan correcta en la política progresista, de que «todos somos artistas». Lo que apunto es otra cosa: «Mejor un mundo huérfano de artistas y en el que arte sencillamente acontece, puede darse y carece de firmas». «Mejor un mundo que no es el nuestro».

En la época de la plena «industria cultural», expresión en cierto sentido contradictoria, lo genuinamente cultural perece ante la aplastante lógica productiva de la industria. Salimos entonces del ámbito del espíritu y entramos en el capítulo de la mercancía. Y en eso se han convertido nuestros artistas, en meras mercancías, irrelevantes y tediosas en su mayor parte, calculadamente «llamativas» unas pocas.

6.
«Rara avis» es la persona que protege sus creaciones del mercado, liberándolas absolutamente y ofreciéndolas como un regalo. Gentes así, que siempre se ganan mi estima, aparecen esporádicamente por las rutas marginales de la música. De vez en cuando, se interrogan por el sentido de su práctica y buscan palabras para engalanarla. En algunos casos, apuntan que lo suyo es «poesía»; y me gusta esa manera de robar la palabra «poesía» a los poetas y pasearla por esferas más vitales. Últimamente, algunos raperos nos cuentan que sus obras son «líricas», que hay «lirismo» en ese modo de enlazar músicas y palabras. Me parece interesante recuperar esa expresión, darle un nuevo sentido, una nueva vida, apartándola de las celdas cartesianas que la aherrojaban.

Pienso que, entre todos, vamos a resignificar la palabra «lírica»; que esa expresión ya está empezando a sugerir algo distinto y hermoso. Para mí, la lírica, en esta acepción díscola y desplazada, adviene cuando se concilian, entretejiéndose bellamente, la vida, la música y el relato; cuando una armonía profunda, y también inobediente, necesariamente desafiadora, envuelve los días de esos pocos seres que donan sus creaciones sin considerarse «creadores», que escriben sin ir de «escritores» y que cantan dando la espalda a los «cantantes». En el des-hacerse de la etiqueta se re-hace la posibilidad de la lírica… Hablaría de una lírica de la vida, de la vida lírica como obra consciente y de la obra lírica como jirón de vida decidida.

Algo de todo esto he estado percibiendo en las últimas composiciones de Pikmin Swagger, un ser definitivamente lírico.

https://www.facebook.com/PikminSwagger/

Pikmin Swagger

Pedro García Olivo
Buenos Aires, 13 de febrero de 2018