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EL SABOR DE LAS HECES. ¿De dónde el interés por los pobres?

Posted in Activismo desesperado, Autor mendicante, Breve nota bio-bibliográfica, Crítica de las sociedades democráticas occidentales, Descarga gratuita de los libros (PDF), Proyectos y últimos trabajos, Sala virtual de lecturas incomodantes. Biblioteca digital with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , on marzo 27, 2019 by Pedro García Olivo

COPRÓFAGO Y NECRÓFILO, COMO LAS GENTES MODERNAS

Me interesa el mundo de las “villas miseria”, de las favelas, de los asentamientos ilegales, del viviendismo marginal. Pero ¿por qué?
Un hombre que se desconoce tanto como yo, va a tropezar con dificultades insalvables para responder a esta pregunta. Si somos muchas personas a la vez, si cada uno de nosotros es un proceso vital donde la pluralidad, el cambio y la contradicción son rasgos fundamentales, como Freud solo reiteró, pues ya estaba dicho en la historia cultural europea, ¿desde quién y en cual de sus momentos, de entre todos los seres que me constituyen, voy a tomar la palabra para procurar comprender de dónde nace mi interés por la pobreza?

No lo sé; y es probable que quien empieza ahora a componer esta nota no sea ya la misma persona que la concluye y la firma…

Operaré por “descartes”:

1) Como mis naturales exigencias de “afirmación” y “autodefensa” ya no dependen de un Texto Sagrado, ni de la camaradería ruidosa con los explotados que propendía ese Oráculo (Biblia segunda que se titula “El Capital”), no lo hago entonces para contribuir a la Causa, suprema y universal, cínica y autojustificativa, de la Revolución… Desde que el comunismo y las militancias marxistas amigas de las urnas se convirtieron en el brazo izquierdo del Capitalismo, yo dejé de representarme y de presentarme como un “esclarecido luchador por la Emancipación de la Humanidad”. Me quité de encima un montón de mentiras auto-halagadoras…

2) Como mi comprensible necesidad de “afirmación” y “defensa propia” nunca ha requerido de “campos de trabajo” sociales o psico-sociales, de sucias intervenciones “pedagógicas” sobre la subjetividad de un otro vulnerable o marginado, para nada mi interés por las “villas miseria” deriva de las expectativas del “trabajo social”, la “labor en barrios”, los “proyectos para la integración” o las “estrategias educativas para la conscienciación transformadora de los oprimidos”. Estoy tan lejos de la Cruz Roja como de Paulo Freire, en el supuesto de que sus sotanas sean muy distintas…

3) Si mi interés por la pobreza ya no dimana de una Fe estúpida en el Relato de la Emancipación (toda fe es necia), ni de una voluntad mercenaria de intervención “reformista”, “progresista”, en la sociedad y en las mentalidades establecidas, todavía me resta una respuesta misericorde con mi propia condición: podría alegar que mi interés por la miseria responde a una “voluntad de saber”, a un sano instinto intelectual, a cierta linda clase de curiosidad… Pero, muy capaz de auto-engañarme, nunca he tenido suficiente fuerza turbia como para creerme tanta habladuría académica: hace mucho tiempo que la “voluntad de saber”, siendo desde siempre “voluntad de poder”, se convirtió por añadidura en “pretensión de enriquecimiento”, afán de ganancia, de venta, de hacer negocios… Por eso todas nuestras Universidades devinieron Antros Prostibulares y todos y cada uno de nuestros científicos, ya lo saben, son “vendidos que venden”.

Ni la Revolución, ni el Bienestar de las Poblaciones, ni el Saber… Alcanzando este punto, tras tres “descartes” fundamentales, empiezo a columbrar una hipótesis, un discurso explicativo, que nos llevaría al terreno de la necrofilia y de la coprofagia…

Cabe la posibilidad de que mi escritura, lo mismo que mi vida toda, se alimentara de lo negro, de lo triste, de lo muerto o moribundo, de lo feo, del horror, del sufrimiento y, al mismo tiempo, casi como condimento, de lo corrupto, podrido, vomitable, excretado, fecal… Cabe la posibilidad de que tanto el Relato de la Emancipación como la obsesión por la labor social y comunitaria en pos del progreso, no menos que el gusto perverso por la investigación y la publicación, contengan unos poderosos ingredientes necrófilos y coprófagos.

Creo, sí, que quienes se entregan a esas tres falacias, como yo mismo, han conocido o están conociendo “el sabor de las heces”. Estimo que la coprofagia y la necrofilia terminaron convirtiéndose en aspectos constitutivos de la civilización occidental.

Me cansé de explorarme, de perderme en la multitud de seres que me habitan, en la selva de las identidades transitorias que me configuran. Así que termino esta nota con dos fragmentos, compuestos cuando me miraba menos o me miraba de otra forma: “Mi patio de mierdas secas” y “El sabor de las heces”.

Mi Patio De Mierdas Secas

Rememoro hoy otra vivencia de la infancia que me emparenta espiritualmente con los tipos como Basilio. En la casa de mis padres no había inodoro propiamente dicho, y el pozo ciego que hacía sus veces se encontraba embozado nadie recuerda desde cuándo. Los excrementos flotaban a ras del orificio, y el olor se expandía libremente por toda la vivienda. Si uno estaba enfermo, todavía podía usar el váter inmundo, cuidando de no salpicarse con las urgencias de la evacuación. Pero si se hallaba sano, tenía que salir al patio, lo mismo en verano que en invierno, de día o de noche, y defecar donde eligiese. Medio desmoronados los muros, entre sus piedras se esparcían, insalvables y testimoniales, agrupamientos de zurullos más o menos blandos, con sus orlas de moscas verdes, rechonchas y ruidosas, y un espolvoreo de minúsculos mosquitos atarantados. Éramos muchos en casa… Para mí suponía casi una aventura salir al patio y buscar el lugar idóneo donde acuclillarme y desocupar. Rincones limpios, claros de heces, quedaban pocos, pedregosos y de difícil acceso, lo que nos obligaba a husmear por todas partes hasta acomodarnos en las parcelas transitables donde las mierdas ya se hubieran secado. La faena se hacía allí con mayor decoro, a salvo del mosquerío y del hedor extremo, aunque era inevitable regresar a casa con los zapatos enfangados.

Tengo la impresión de que Basilio debe experimentar sensaciones muy parecidas a las que me embargaban en aquel patio en ruinas cuando, todavía saboreando los postres, se dirige cada noche al cuchitril del mulo y busca dónde defecar sin pisar las deposiciones de las jornadas precedentes.

Las mierdas secas molestaban poco, y ya apenas olían. Por eso las estimábamos… Se diría que la enfermedad respetó un habitáculo tan insalubre, consintiendo que nos criáramos robustos y alegres -al igual que tampoco asedia la choza miserable del pastor, que acostumbra a cenar codo a codo con su perro, en la misma vasija donde después los gatos repelarán las sobras. Mucho habría que observar acerca de la obsesión higienista que domina hoy a las poblaciones…

Desde que el aseo personal sirve de base a un negocio, y conforme el hombre se aleja fatalmente de sus sustrato orgánico, las cosas más sencillas de este mundo tienden a convertirse en abstrusos ceremoniales. ¡Qué imagen más desalentadora, la de esos rebaños de mujeres revueltas contra su propia e individual olor corporal y apestando (todas) a una misma pócima francesa, hecha según parece con orín de gato como fijador y unas cuantas hierbas de laboratorio! ¡Y quién tuviera la fuerza de un Diógenes el Perro, humano-humano, dicen que cínico, dándose goce en el ágora! Reivindico hoy el corral de Basilio, donde se acumula el futuro abono de sus campos; y mi patio lleno de mierdas secas, en el que cagar era divertido y además se hacía al aire libre.

Aunque sea al precio de la incomprensión, el ser desesperado, en tanto animal humano, restituye la franqueza elemental con las necesidades de su cuerpo. Sin sublimarlas, las satisface con la máxima economía de medios. No ama: jode.

El Sabor De Las Heces

Por mi parte, si tuviera que elegir una escena de algún modo reveladora de mi espíritu, tal y como a veces se me representa, no dudaría en lo más mínimo: una sofocante noche de verano, después de cenar, acuclillado debajo de la mesa de camilla, oliendo el sudor de los pies de mis padres, que repelan sus platos como si fueran los últimos y comentan algo del poco dinero que va quedando, emigrantes en Barcelona, discriminados por ser murcianos (“de una puta y un gitano -decía el refrán- nació el primer murciano”), me introduzco el dedo índice en el culo y me lo llevo a la boca rebosante de mierda. Me gustaban las heces, porque estaban dulces; y me las comía después de cenar no solo para acabar de matar el hambre…

¿Qué se puede esperar de un coprófago miserable? Nada, que escriba si acaso. En el patio de mierdas secas que es este mundo, se buscará un rincón olvidado por las moscas y nos defecará alguna novela. Llena de mal gusto. Pésima. Como esta página.

Pedro García Olivo
http://www.pedrogarciaolivo.wordpress.com
Buenos Aires, 27 de marzo de 2019

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LA ESCUELA EN LA DEMOCRACIA. Entrevista a Pedro García Olivo, para el periódico anarquista “El Amanecer”

Posted in Crítica de las sociedades democráticas occidentales with tags , , , , , , , , , , on febrero 18, 2016 by Pedro García Olivo

Ediciones Ocaso, Pedagogía Trágica y Rata Negra Ediciones, colectivos de la Región Chilena, estuvieron conversando con Pedro García Olivo sobre la cuestión de la Escuela y su reforma en el contexto de las nuevas y viejas democracias. El periódico libertario “El Amanecer” ha publicado la entrevista, que tuvo lugar el pasado verano:

https://www.dropbox.com/s/57im8gp8zdjg32k/La%20Escuela%20en%20la%20Democracia.%20Entrevista.pdf?dl=0

https://www.dropbox.com/s/mpgsevx5otle0j6/La%20Escuela%20en%20la%20Democracia.%20Entrevista.doc?dl=0

idea 1

Recogemos, a continuación, los primeros desarrollos de la entrevista:

LA ESCUELA EN LA DEMOCRACIA
Perspectivas para la denegación de toda forma de Escuela
(Pedagogía Trágica, Ediciones Ocaso y Rata Negra Ediciones conversando con Pedro García Olivo)
Entrevista para el Periódico Anarquista “El Amanecer”
Colaboran : Pedagogía Trágica, Ediciones Ocaso y Rata Negra Ediciones
Junio 2015 / Región Chilena

Pregunta núm 1
Universidad y Anarquismo

Siendo la Universidad un campo de concentración, donde circulan tanto amos como esclavos (académicos y estudiantes), estos últimos aún insisten en recurrir a ella como una salida o bien como un punto de encuentro: talleres, foros, encuentros, actividades, etc.
Usted también ha sido partícipe de ella, sea desde el espacio académico de formación y más tarde como un odiador (…).
Cabe preguntarse lo siguiente: ¿Es válido hacer desde allí un daño al aparato educativo y cómo ve usted esta enorme contradicción de seguir recurriendo o buscando en ella una especie de movilidad social o si, lo prefiere, una especie de concientización de masas?

En mi opinión, las demandas de educación pública, de calidad y gratuita, son un signo de la postración contemporánea del pensamiento crítico y de la praxis antagonista. La escuela pública, universal, como pretendido “derecho”, es una exigencia clásica del Capitalismo consolidado. El Sistema requiere escuelas, o bien estatales o bien para-estatales (privadas, concertadas, semi-públicas,…), con una preferencia creciente por los proyectos no-directivos, a menudo de inspiración libertaria… Acabo de participar en la Semana de las Educaciones Alternativas de Bogotá, evento sufragado con fondos públicos, desde los aparatos políticos y las cuotas de poder de la izquierda, de la socialdemocracia, del progresismo reformista. Se evidenció allí un interés mayúsculo de las administraciones, siguiendo pautas emanadas del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional, de la Unesco y de cierta tecnocracia educativa muy influyente a escala global (pensemos en E. Morin, con su celebrado y siniestro manifiesto: “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”) y de los modelos propuestos por las potencias hegemónicas, en “reformar” la Escuela, en alejarla de los prototipos autoritarios clásicos, que ya no sirven para reproducir el Sistema, y en organizarla desde las pautas de “lo alternativo”, lo “no-directivo”, lo “activo y participativo”, lo “dialógico”, lo “democrático”, lo “asambleario”, etc. La “Escuela alternativa” por la que se clamaba en ese encuentro (que se inscribe en una larga seria de eventos semejantes, en todos los continentes) será mañana la “Escuela oficial”, y de hecho ya lo es hoy en parte de Europa: es la Escuela por fin readaptada a una fase del Capitalismo que ya no requiere, sin más, “obreros dóciles y votantes crédulos”, sino “ciudadanos asertivos, emprendedores, organizativos; gentes creativas, imaginativas, asociativas” siempre —y este es el aspecto crucial— desde la aceptación franca de lo dado, desde la instalación plena en el sistema o, al menos, desde el deseo irrefrenable de acomodación. Para este nuevo perfil demandado por la máquina política y económica ya no sirve la escuela tradicional; se precisa una Escuela Renovada, y hay un interés mayúsculo, en las agencias económicas y en los poderes políticos, en promoverla.
Pero, como aconsejaba Maquiavelo, tal “exigencia del Sistema” no ha de ser meramente impuesta: conviene que sea el pueblo, la ciudadanía, el común de las gentes, quienes la demanden, quienes “luchen” por ella, movilizándose, llenando las calles, enfrentándose incluso con la policía, recibiendo golpes y padeciendo cárceles, soñando “conquistarla”. Cuando el clamor popular sea notable, y todo el mundo aspire a la reforma, el Príncipe, en un gesto de sensibilidad social y de amor a sus súbditos, “concederá” aquello que, desde el principio, deseaba “decretar”. No habrá “impuesto” nada: se dirá que ha cedido ante una aspiración ciudadana, o que la ha atendido al menos.
Este es nuestro caso: las demandas de Educación Pública Universal, de Escuelas Renovadas, de Pedagogías Aternativas, de Reformismo Metodológico, etc., son alentadas hoy por los poderes establecidos, aunque se permitan el guiñol de una represión de los demandantes, aunque encuadren frente a ellos policías y otras escuadras brutales. Estamos, aquí, en el ámbito de la “conflictividad conservadora”, de la “desobediencia inducida”, de lo que Foucault llamó “ilegalismo útil”, política e ideológicamente rentable.
Un mínimo punto de radicalidad en el cuestionamiento del dispositivo de enseñanza conduce a no aceptar la estatalización de la educación; a no tolerar la figura “demiúrgica” del Profesor, la hipóstasis del “encierro formativo” y el discurso anestésico-narcótico de las pedagogías todas, incluidas las nominalmente libertarias.
La segunda parte de vuestra pregunta plantea una cuestión compleja, que no tengo resuelta de un modo satisfactorio… Como “cementerio del espíritu”, que decía A. Artaud, es muy poco lo que cabe esperar de la Universidad para la crítica no sobornable y los anhelos de transformación. Pero cabe discutir el alcance de ese “muy poco”….
Yo nunca he simpatizado con las estrategias “entristas” o “de infiltración”, que hablaban de la necesidad de “tomar” progresivamente los centros de poder, para de algún modo desnaturalizarlos y volverlos contra su funcionalidad originaria. He visto ahí meras racionalizaciones del deseo de instalación, de la voluntad de acomodo. Los profesores de la Escuela de Frankfürt, con Adorno y Horkheimer a la cabeza, nos han ilustrado tristemente sobre la misera de dicha táctica: aspirar, decían, a la “pequeña desviación”, a la “diferencia mínima”, desde los mismos aparatos del Estado, incluida la Universidad, como refugio último de la esperanza emancipatoria. Un gran radicalismo verbal se conjugaba en ellos con la completa adaptación a la maquinaria política y cultural capitalista (de ahí su asentamiento en la Universidad, su éxito académico, su poderosa estructura editorial, sus confortables viviendas, su aburguesamiento existencial,…). Detesto esa suerte de cinismo, esa división esquizoide entre el pensamiento y la vida; y no me parece sincera su apuesta por una ingresión rebelde en el sistema universitario… En España, hemos tenido los casos, quizá aún más lamentables, de celebrados “anarcofuncionarios”, empoltronados en la Universidad, viviendo de su enemigo declarado: el Estado. El anarquista que trabaja para el Estado, dando clases por ejemplo, encarna la máxima contradicción concebible, el cinismo más vergonzante: no se engaña en absoluto, no es víctima de una ilusión, de una mentira interior (si fuera presa de un auto-engaño, en el sentido de Nietzsche, si “creyera” en su oficio, aún le cabría cierta disculpa), pues lo sabe todo, sabe para quién se vende, a cambio de qué se le paga, la ignominia de su ocupación y de su vida, y sigue no obstante adelante…
En “El carácter destructivo”, W. Benjamin ofrece una descripción que se hace cargo admirablemente de la psicología de estos sucios personajes… En efecto, en un texto quizás ambiguo, este frankfürtiano díscolo describió un tipo de carácter, una estructura de la personalidad, que, en mi opinión, halla entre los “profesores izquierdistas” de nuestros días no pocos exponentes: el “carácter destructivo”. Esta psicología, que termina anegando el pathos destructivo en la conformidad y hasta en la reacción, que encuentra su referente social en la pequeña burguesía descontentadiza (o en los sectores revoltosos de la clase media, por utilizar otra expresión), y que también caracteriza a un segmento de la clase empresarial, se distingue por la insistencia en el rechazo visceral y en las propuestas demoledoras desde un cierto acomodo, desde una inocultable seguridad, desde un estar a salvo de las consecuencias previsibles de aquel rechazo y de aquella demolición. El “carácter destructivo” aboga por una conmoción en la que no arriesga personalmente nada, unos trastocamientos que en nada afectan a su mundo. No se compromete verdaderamente, no se involucra hasta el fin, en las luchas que proclama, en los conflictos que suscita, en las convulsiones a que asiste. Su beligerancia, su radicalismo, su disconformidad, es, exactamente, de índole ritual, escenográfica, y tiene que ver, por un lado, con cierta “subida del telón” profesional y, por otro, con una particular conformación de su carácter —con un desdoblamiento de su psicología que reconcilia, como decía, la sed de crisis con el conservadurismo secreto, el apetito de infierno con el amor de Dios, los gestos de la negación insobornable con el soborno de una afirmación no-declarada. En tanto “carácter destructivo”, el universitario progresista se incapacita para la verdadera praxis transformadora, disuelve e inoculiza su aparente insumisión en una parafernalia de ritos catárticos, en una gesticulación simbólica de hombre que niega las cosas de este mundo porque no peligra su bienestar en este mundo y que parece amar el desorden por el exceso mismo del orden que ha instaurado sobre los asuntos de su vida. Ritual y casi hipócrita, la ‘destrucción’ por la que suspiran muchos profesores contestatarios vale lo mismo que una consigna de rebelión escrita en la arena de la playa por un hombre desocupado que toma el sol entre bostezos: no es sincera, y la borrará cualquier pequeña ola…
Pero me ha parecido también que, en situaciones concretas, puede resultar interesante desatar discursos críticos, anti-escolares, anti-universitarios, en la misma Institución. Por un lado, el pensamiento des-sistematizado sale así, de alguna manera, de su gueto natural, de sus circuitos a veces sectarios, y alcanza a receptores, a públicos, en los que puede realmente “estallar”. Se trata de una cierta transgresión del orden del discurso, que se da raras veces, y en la que yo gusto de involucrarme. Plantear, por ejemplo, con toda rotundidad, sin medias tintas, un discurso desescolarizador en la propia Universidad, ante estudiantes desprevenidos, de cuya formación se han excluido sistemáticamente tales perspectivas (dos o tres línea concedidas a la figura de I. Illich, como máximo, en las clases de pedagogía), puede resultar conmocionante y puede lanzar a muchos jóvenes tras la pista de textos y experiencias que ni se imaginaban. Ya sabéis que yo abandoné hace años la enseñanza, mi propia condición de “educador mercenario”, experto en pedagogías alternativas que encantaban por cierto a las autoridades educativas y a la propia Inspección, procurando vivir de unos huertos en el medio rural-marginal, dando la espalda progresivamente al mercado y al Estado, en una experiencia terminal de la libertad posible. Por ese lado di el culo a la Universidad, y procuré soltar un pedo en su rostro… Pero, como mi autosuficiencia no es aún absoluta, y hay alimentos que no puedo producir, más el gasto de esta conexión mínima a Internet que me permite hablar con vosotros y con los amigos, para no volverme loco de soledad, a fin de cuentas, por esta imposibilidad temporal de la autarquía, decía, de vez en cuando me dejo contratar por alguna Universidad para desatar en su seno, como pedradas contra lo establecido, discursos anti-escolares. Los vínculos que he ido estableciendo con estudiantes que me escucharon asombrados y empezaron a replantearse alguna cosas, me hace creer que esa esporádica transacción (no me ocurre más de una o dos veces al año) arroja también unos “efectos colaterales” que son dignos de atender. También es posible, amigos, que me esté auto-engañando en este momento; y, de hecho, no tengo claro este asunto, lo confieso. A veces determino no pisar nunca más una Universidad, no volver a dar charlas incluso, en ninguna parte, recuperando el ideal de Antístenes el Quínico: “Esconde tu vida”, “borra tus huellas”, “prescinde de todo público”… Pero, en otras ocasiones, me seduce más la beligerancia de Diógenes el Perro, su discípulo, con sus espectáculos provocativos, disgregadores, su necesidad (¿patética?) de auditorio… Oscilo de un extremo a otro, porque no hay medio camino practicable. Me callo por meses, y luego hablo demasiado —también en Universidades.
Tiendo, en conjunto, a negar la practica docente en la Universidad, si se alientan fines antagonistas; pero no me cierro en banda a la utilización selectiva, circunstancial, de sus espacios, en la medida en que se preserve la autonomía e independencia de los convocantes y de los convocados…

Amanecer Chile