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DESDE QUE LOS EMPRESARIOS Y LOS POLÍTICOS COMPRENDIERON QUE LES INTERESABA UNA CIUDADANÍA MOVILIZADA

Posted in Activismo desesperado, Crítica de las sociedades democráticas occidentales, Indigenismo with tags , , , , , , , , , , , on enero 1, 2018 by Pedro García Olivo

Feliz Año Viejo, porque del Nuevo casi cabe temer lo peor

Se da, de forma inmediata, apasionada, casi visceral, a menudo también desinformada, precipitada y hasta «inducida», un respaldo mayoritario, en la izquierda política e ideológica, a cualquier proceso histórico que esgrima etiquetas como «revolución», «emancipación», «decolonial», etcétera. Como nos parece que casi nada se mueve en el mundo, cuando vemos que algo sucede, que algo acontece, y entra en sintonía con nuestra concepción política, nos entusiasmamos y lo abrazamos al instante. Históricamente, la izquierda ha ido cayendo así de error en error, suscribiendo fórmulas y experiencias que, más tarde, se revelaron despóticas y homicidas.

Entre los últimos apasionamientos izquierdistas catastróficos que se registraron en Europa, tenemos, por ejemplo, la identificación «religiosa» con el 15-M; las ilusiones depositadas en los tecno-políticos socialdemócratas de PODEMOS y, antes, de su paralelo en Grecia; los guiños amorosos al ultra-pedagogismo bolivariano en Venezuela o en Bolivia; el aplauso encendido al reformismo social-corrupto de Lula en Brasil, Correa en Ecuador y hasta los Kirchner en Argentina; no sé qué simpatía intermitente con Irán, con fracciones de Rusia, a veces hasta con Corea del Norte. Se daba al fervor, sin más, a modulaciones tentativas del propio Capitalismo…

Cuando, en España, amplios sectores de ese izquierdismo pulsional celebraron la irrupción de las «mareas» (que demandaban servicios públicos de calidad, universales y gratuitos, en esferas como la educación o la salud), es decir, la exigencia de una asistencia estatal integral, en detrimento de la auto-organización comunitaria, de la autogestión social e incluso de la autonomía individual, el rizo terminó de rizarse y todos los descontentos murieron en las playas del bienestarismo administrativo.

Ahora mismo, esa aceptación no-crítica de los proyectos que enarbolan banderas contra el sistema se está reproduciendo en muchas partes. Se está dando, desde hace tiempo, en torno al zapatismo en México y se regenera hoy a propósito de procesos político-organizativos de una parte del pueblo kurdo, por citar solo dos ejemplos. La recepción europea de la cuestión mapuche en Chile y en Argentina adolece con frecuencia del mismo síndrome: una mirada simplificadora, maniqueísta, apresurada, que no se toma el tiempo de investigar, de preguntar, de matizar, de relativizar, de pararse y atreverse a un análisis crítico.

Y es que sabemos, desde hace décadas, que el Sistema Capitalista no se sostiene desde la pasividad e inactividad de la ciudadanía. Para nada y nunca tuvo esa aspiración a una población que no se moviliza. Ni la Banca, ni la Empresa, ni la Burocracia quieren a sus «súbditos» callados y aburridos en un rincón de su privacidad. Los necesitan de otro modo; los prefieren «movilizados», «indignados», «reivindicativos»… Foucault habló con mucha claridad de la «desobediencia inducida», de la «gestión política de los ilegalismos», del suministro constante de motivos para la afiliación revoltosa, para la beligerancia ritual, para el antagonismo inofensivo. En Dulce Leviatán se me ocurrió una expresión más sencilla para decir lo mismo: «Conflictividad conservadora».

Sé que, al escribir, hablo a los afines y que solo me leen los afines (el mero título de mis escritos se basta para ahuyentar a los adversos). Sloterdijk anotó algo desconcertante y, sin embargo, certero: «Los libros son cartas voluminosas a los amigos». Dándole la razón, refiero ahora, con toda desnudez y a modo de confidencia, la lista de mis caídas en esa trampa de la movilización gobernada…

Muy joven, cuando todavía estaba bastante enfermo de literatura marxista, a pesar de mi talante y de mi declaración libertaria, corrí a la Nicaragua de la Revolución Sandinista, un perfecto Estado-Nación en ciernes, y me desempeñé como «alfabetizador» de la etnia misquita. Creía que, al enseñar a hablar y leer en castellano, estaba contribuyendo a la construcción concreta de un Reino de la Libertad en la Tierra. Ejercí de etnocida, de occidentalizador riguroso, lo que hoy más detesto. No es accidental tampoco que, por aquel entonces, yo fuera profesor y, en particular, profesor libertario, anarco-funcionario…

Luego me crucé al Este, a la esfera del llamado Socialismo Real, y me sumé a todos los movimientos contra el Sistema Comunista. Alentaba la espereranza de que el derribo del estalinismo llevaría a un comunismo por fin verdaderamente «libertario». Fui reclutado para la reinstalación del Capitalismo, a fin de cuentas. No carece de importancia que, durante aquellos años en que residí en Budapest, yo fuera un profesor anarquista en excedencia…

De regreso a España, me enamoró la figura altiva del pequeño pastor de subsistencia. Se me antojó un verdadero «resistente», un exponente de la autonomía posible, en fuga del salario y también del Estado. Y fui entonces pastor de cabras, durante ocho años. Todos tuvieron que dejarlo, yo también. Ya casi no quedan pequeños pastores tradicionales. Significativamente, a mí me llamaban «El Maestro» y mis cabras eran «las cabras del maestro»…

Como cabrero, estimé sobremanera las pequeñas aldeas del entorno rural-marginal, esa forma que tenían de sortear, hasta cierto punto, los tentáculos del Mercado y del Estado. Y quise vivir ahí. Ya no quedan… La modernización agraria, el turismo rural, el ecologismo institucional y otros afanes crematísticos le dieron el golpe de gracia….

Aún me quedó energía para cooperar con los viviendistas de Guatemala, actuando como «escudo humano» y teniendo que sufrir el asesinato de la primera persona que me correspondía proteger, Lionel Pérez, que siempre habitará en mi corazón. Me quedó energía para buscar a esos indígenas del continente americano que nos lamentaban como nos merecemos, para hablar con ellos, una de las cosas más difíciles y hermosas que he logrado en mi vida. Pero la mayor parte de los viviendistas se convirtieron en propietarios de sus viviendas en principio ilegales, y el campamento se transformó en una urbanización de corte capitalista, con tiendas, negocios, explotacion de unos vecinos por otros, etc. Y la parte principal del indigenismo derivó hacia la demanda de mera «integración» en la la sociedad mayor, capitalista y estatocéntrica, sin discriminaciones ni exclusiones…

Las siglas y las organizaciones, el llamado «movimiento», rodeaban la Nicaragua Sandinista, el anticomunismo del Este, el indigenismo de integración, el viviendismo de los que reclamaban viviendas para sí, etcétera. Fuera de las ideologías y de las militancias quedaban los pequeños pastores en extinción, los nómadas en todas partes perseguidos, los pocos indígenas que no nos admiten, los occidentales revueltos contra sí mismos… Esto es lo que viví, y por eso pienso así y escribo estas páginas.

Habiendo suscrito temporalmente todas esas revueltas, solo me asiste la certeza de una lucha verdadera, que se inició el día en que dejé la enseñanza y, de paso, también todos los empleos. Y me digo, a veces, que esa solidaridad emocionada con todos los procesos en los que parece que «algo se mueve» viene en parte determinada por la inmovilidad sustancial que hemos instalado en las cosas de nuestra vida personal. Mientras no me moví existencialmente, corrí a exaltar y respaldar todos los simulacros de movimiento social. Mientras el sistema me habitaba y yo era un «Anti-sistema del Sistema», con una vida perfectamente sistematizada, corrí a enamorarme de todos los pseudo-antagonismos organizados.

Desde que di la espalda a muchas cosas del Estado, cosas del Capital por tanto, desde que sentí que luchaba, no por afiliarme a todo aquello que bullera bajo el eslogán de la Revolución, sino por las cosas concretas que hacía en mi vida personal, privada y pública,
empecé a mirar de otro modo la política. Arrumbé los asuntos de siglas, de banderas, de organizaciones, y me acerqué a los procesos que se daban sin esas parafernalias y sin esos vínculos, apenas disimulados, con la Administración y el Mercado. Y resulta que, allí donde no se publicitaba «movimiento», donde no se solicitaban entusiasmos ideológicos y expresiones gregarias del apoyo, algo muy serio, muy grave, muy hondo, estaba en juego y se merecía la estima, no pedida, de todos los odiadores de lo establecido. Y era allí donde la vida individual y colectiva, que no se asemejaba a la de los rebeldes exhibidos de Occidente, constituía un verdadero atentado contra la pretensión de eternidad del Capitalismo. Lo comprendí en la medida en que yo ya abominaba de la conflictividad conservadora y había redescubierto mi interioridad como campo de batalla contra lo dado. Y hablé de pastores antiguos, de indígenas no asimilables, de nómadas irredentos, de occidentales en proceso de re-invención y de europeos procurando labrarse un margen para disentir desde la propia vida.

Feliz año viejo, amigos, que del que viene casi me temo lo peor.

Pedro García Olivo
Alto Juliana, Solana de la Madre Puta, Paraje del monte público de Sesga, Rincón de Ademuz, Península Ibérica
A pocos minutos del 1 de enero de 2018

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EL MAL OLOR DE LA UTOPÍA

Posted in Activismo desesperado, Crítica de las sociedades democráticas occidentales with tags , , , , , , , , , , , on noviembre 4, 2017 by Pedro García Olivo

Mito, Dominio y Trabajo

Variaciones en torno al duodécimo canto de «La Odisea»

[Narración del paso ante las sirenas]

[I]

Cuando, en Dialéctica del Iluminismo, Adorno y Horkheimer abordaron el nexo entre mito,dominio y trabajo, utilizaron como metáfora un canto de La Odisea. El héroe debía sortear una dificultad mayúscula: el canto de las sirenas y la inusitada tentación que arroja. Para los profesores de Frankfürt, hay una «promesa de felicidad» detrás de esa supuesta amenaza, por lo que podría estar designando el mito transformador, la utopía superadora, la esperanza de la liberación. Pero la Civilización se defiende por todos los medios de tal invitación desestabilizadora: «Quien quiere perdura y subsistir no debe prestar oídos al llamado de lo irrevocable», viene a decir a los trabajadores y consigue, en efecto, reafirmarlos como seres prácticos, que miran adelante y se despreocupan de lo que está a sus costados. Los marinos que obedecen a Ulises son por ello incapaces de percibir la belleza del canto de las sirenas, la promesa redentora que tal vez encierra, y solo encuentran ahí una ocasión de peligro; en realidad, no oyen nada. Ulises, en cambio, señor terrateniente que hace trabajar a los demás para sí, puede oír el canto; y, para protegerse, pide que lo dejen atado al mástil. Exige que lo amarren fuertemente, para superar la tentación.

Para Adorno y Horkheimer, Ulises anticipa la actitud de los posteriores burgueses, que se negarán con mayor tenacidad la felicidad aún cuando —por su propio poderío— la tengan al alcance de la mano. El burgués, lo mismo que Ulises, teme su propia emancipación. Encadenado, no menos que sus subordinados, a la Obediencia y al Trabajo, se muestra tan hostil a la propia muerte como a la propia felicidad. Ulises finalmente descubre que poco tiene que temer, disfruta estéticamente el canto y hace señas con la cabeza para que sus servidores lo desaten. Pero es tarde; los trabajadores, incapaces de oír la melodía, ineptos para el reconocimiento de la belleza, inmunes a la seducción utópica o liberadora, nada saben y nada hacen.

Los autores de Dialéctica del Iluminismo aprovechan la peripecia para ilustrar que el goce artístico (posición de Ulises) y el trabajo manual (lugar de los marineros) se separan desde la salida de la Prehistoria. Y late en sus páginas, junto a la denuncia firme de una sociedad organizada sobre la exigencia de obedecer y de trabajar (un trabajo «que se cumple bajo constricción, sin esperanza, con los sentidos violentamente obstruidos», nos dicen), una cierta receptividad ante el horizonte utópico legado por la Modernidad, casi una fe en el filo transformador del mito revolucionario, en la «promesa de felicidad» portada por el discurso de la emancipación, simbolizado por el canto de las sirenas. Lo triste sería que a los oprimidos se les ha hurtado la capacidad de asimilarlo y que los opresores, casi tan víctimas como ellos del engranaje capitalista, aunque aptos para redescubrir la utopía, rehuyen su propia excarcelación.

[II]

Cuando Kafka reinterpreta el pasaje homérico, disloca la lógica tan simple, y aún así hermosa, de la exégesis precedente. Nadie puede esquivar sin más el peligro de las sirenas, nadie puede sustraerse fácilmente a la tentación, todo está perdido si se pasa ante ellas con meras precauciones físicas y sin una estrategia simbólica. Y Ulises lo sabe…

No habiendo posibilidad inmediata de salvación, cabía no obstante tentar procedimientos mediatos; cabía fingir, representar, manifestar y apelar, procurar seducir,… Soñando a partir de la recreación de Kafka, vislumbramos a un Ulises que pone en marcha su teatro del encadenamiento, consciente de la inutilidad inmediata del mismo, pero con la esperanza de enternecer de algún modo a las sirenas, de «engañarlas» en cierta medida o en cierto sentido, de hacerse estimar por ellas. Miente a sabiendas, actúa, escenifica; pero, en un momento dado, deslumbrado por la belleza del canto que de todas formas percibe, desea arrojarse voluptuosamente al abismo de la tentación. Como sus servidores no oyeron nada, pensando solo en salvar a su señor para así también salvarse, desestimaron desatarlo. Desde la perversidad crítica de Kafka cabe dar otra vuelta de tuerca: en realidad, las sirenas, conscientes de todo, sabedoras de todo, decidieron no cantar.

Ulises solo se engañó a sí mismo, fue victima de una Ilusión alentada por su estrategia. Las sirenas no cantaron, por lo que los marineros no pudieron oírlas; y Odiseo oyó en realidad algo así como su propio deseo de oír. En palabras de Kafka, en «El silencio de las sirenas»:

«Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz […]. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas […]. Pero las sirenas poseen un arma mucho más temible que el canto: su silencio […]. Es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo solo podía herirlo el silencio. Ulises, para expresarlo de alguna manera, no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban».

Desde esta reinvención, nos desprendemos del poso «elitista» que enturbia el análisis de Adorno y Horkheimer: los trabajadores no son tan ineptos, tan negados, tan sordos y tan miopes. No había nada que escuchar… La utopía, el mito revolucionario, la promesa de felicidad, habitan solo en lo ilusorio, en lo imaginario. Aún más: en la imaginación y en la ilusión de los Señores. La lucidez de los siervos mantiene lejos de sí tales supercherías.

[III]

De acuerdo con los planteamientos que desarrollé en Desesperar, me he permitido glosar de otro modo la escena. Como sugiere Kafka, estimo que las sirenas no cantaron. De haber cantado, suscribo la indicación de Adorno y Horkheimer: Ulises, como cualquier Señor, como todo burgués, habría hecho en principio lo posible por no oírlas. Pero estoy convencido de que no cantaron… Avanzaré, además, que las sirenas no cantaron porque no existían.

Sin embargo, creo de corazón que Ulises no es tan ingenuo ni presa tan fácil de la ilusión. El héroe, el señor, el poderoso, actúo de hecho, representó, fingió, teatralizó para engañar no a las sirenas, sino a sus servidores. Para embaucar a la marineros, Ulises simuló creer en la «promesa de felicidad» y al mismo tiempo temerla.

Para dominar y explotar mejor a los trabajadores, los burgueses levantan el guiñol de la Utopía, de la esperanza revolucionaria. «La Utopía ha perdido su inocencia», escribió Sloterdijk. Y muchos otros han denunciado que el discurso de la emancipación está sirviendo hoy solo para lavar la conciencia de intelectuales y gentes de la clase media enquistados en el aparato del Estado o asociados a intereses de empresa. Uno cree en la Utopía y luego exprime a sus trabajadores en una fábrica «progre», o gobierna a un hatajillo de alumnos en antros escolares «libertarios», o fortalece al Estado en su calidad de «funcionario» (en ocasiones, «anarco-funcionario»), o miente para un periódico, o produce a sabiendas basura televisiva, o se prostituye intelectualmente para vender sus libros, o… Pero cree en la Utopía, mantiene la esperanza emancipatoria…

Yo apunto aún algo más: como, de hecho, los trabajadores temen la perspectiva revolucionaria (sienten horror, por ejemplo, ante el proyecto de una cancelación de la propiedad privada); como, en verdad, detestan, en su inmensa mayoría, los sueños igualitarios; sus opresores disfrutan aterrorizándolos con el monstruo de la Revolución posible, con el fantasma de la liberación social, con el engendro del comunismo o la acracia. El canto de las sirenas es un invento de los poderosos y de los explotadores para aherrojar aún más, si cabe, a sus subordinados. Ante el peligro del canto, Ulises y los marineros son un solo hombre: si la hay, la salvación será colectiva. Unidos ante la adversidad común, el Señor y sus servidores hacen frente a la tentación. El Señor, por su cultura, es más vulnerable a la seducción de las sirenas, que realmente están ahí, se nos dice, y cantan, y alimentan un presagio de felicidad.

Ulises afianza primero la idea de que hay sirenas, hay cantos de las sirenas, visos de dicha, utopías realizables, logros revolucionarios que no se nos escurrirán entre los dedos. Por eso, ante todos, toma sus precauciones, manifiesta su inquietud. En segundo lugar, certifica que tales utopías, tales proyecciones míticas, constituyen en realidad una calamidad, una desgracia inusitada, no menos para los Señores que para los siervos. Denuncia que hay algo siniestro en la belleza del canto, una malevolencia insuperable en las sierenas. ¿Quién querrá ser desposeído de sus bienes particulares? ¿Quién querrá borrarse en el magma de la colectividad? ¿Quién querrá renunciar a la posibilidad de convertirse algún día en Héroe, en Señor, posibilidad de hacerse obedecer y de no trabajar por contar con sobrados esclavos? En tercer lugar, en un ejercicio didáctico insuperable, muestra que no cabe descartar la eventualidad de que un hombre sucumba al encanto de las sirenas: él mismo así sucumbe, en su escenificación, cuando mueve la cabeza para pedir que lo desencadenen. Pero concluye de inmediato que esa «flaqueza» no lleva a ninguna parte: nadie acudirá a socorrerlo. El círculo está cerrado…

Un amigo jubilado, durante toda su vida activa cuerpo de trabajo desmesurado y carne de salario exiguo, me dio la clave para leer así la payasada de Ulises: «Al fin y al cabo, la Utopía siempre ha sido cosa de ricos».

[IV]

Hablando desde un realismo atroz, desde un prisma desmitificador no hay «promesa de felicidad» en el canto de las sirenas porque las sirenas no cantan. Y no hay «canto de las sirenas» porque estas no existen. Arrumbado el mito, todo mito, denunciada la Utopía como ungüento venenoso con que los ricos y los poderosos curan las heridas de sus víctimas de obediencia y sus víctimas de trabajo, sigue abierto no obstante el campo de la lucha. Entendida la «desesperación» como ausencia de toda engañifa, ya se revista de mito transformador, ideal humanitario, anhelo emancipatorio, «canto de sirenas», etc., cabe otear el horizonte de un conflicto recrudecido en el que los sublevados, desengañados y sin-esperanza, no necesitarán ya aferrarse a un Sistema Ideológico, a una Doctrina, a una Idea luminosa, a un Telos garante de júbilo futuro, a un Paraíso discernible que aguarda a la vuelta de no pocos siglos… Será la hora del nihilismo, desde luego; pero de un nihilismo insurrecto, beligerante: hora de nihilistas descreídos que, cuando su patrón les diga que hay sirenas a punto de cantar, no solo atarán de pies y manos a ese Señor farsante y teatrero, como se hizo con Ulises, sino que lo arrojarán por la borda, como una auténtica «promesa de felicidad» para los tiburones.

Cada vez que alguien me habla de Utopía descubro un vientre hinchado, unas manos decorativas, unos ojillos de zorro tras la carnicería, un corazón de síntesis y un cerebro lleno de huevos de gallinas muertas.

Maquetación 1

Pedro García Olivo

Buenos Aires, 4 de noviembre de 2017